El Último Juicio de Salem 30 La máscara
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30 La máscara

2 de febrero de 1693 — Candelaria

Volver dolió más que cruzar.

Temperance no supo, después, cuánto tiempo habían estado al otro lado; en aquel sitio el tiempo no se dejaba medir. Pero cuando el frío empezó a soltarla, cuando la oscuridad de escarcha se adelgazó y volvió a haber, muy despacio, un arriba y un abajo, un aire que se respiraba, un peso de cuerpo, supo que estaban saliendo, y salir fue como nacer al revés: contra la corriente, arrancándose de una dulzura que aún tiraba de ella pidiéndole que se quedara. Apareció de rodillas en la nieve de la linde, con la mano de Silas todavía agarrada a la suya, tosiendo un frío que le salía de dentro, y durante un instante largo no supo si estaba viva o si aquello era otra estancia más del hambre.

Estaba viva. Pero no había vuelto entera, y lo notó en el mismo momento en que lo pensó. Había un punto en su pecho, hondo, a la izquierda, donde el frío había echado raíz y no pensaba irse: una brizna de aquel adentro que se traía prendida bajo las costillas, una frialdad pequeña y permanente en un sitio donde antes solo había habido calor. No dolía como una herida. Estaba, sin más, como estaba ahora la escarcha en su piel, en las puntas del pelo, en el aliento que le salía blanco aunque el aire de la linde ya no era el aire mordido del otro lado. Se había dejado algo allí, y se había traído algo de allí, y las dos cosas eran verdad a la vez, y supo sin necesidad de mirarse que ya no era del todo la mujer que había cruzado.

Le vino a la memoria, mientras se lo pensaba, lo que había leído en la finca sin acabar de creerlo: que quien cruza no vuelve entero. Lo había leído como se lee una advertencia, con la cabeza, dándole el valor de las cosas que le pasan a otros; y ahora lo tenía dentro, físico, un peso frío del tamaño de una moneda alojado donde antes latía sin más el corazón. Se preguntó, con una calma extraña, qué le habría costado a Silas, qué se habría dejado él al otro lado, porque el libro decía quien cruza, sin distinguir, y habían cruzado los dos. No lo sabría hasta más tarde. Por lo pronto le bastaba con estar de rodillas en la nieve de su tierra, respirando el aire de este mundo, notando cómo la escarcha de las puntas del pelo empezaba, muy despacio, a volverse agua.

Lo que sí había cambiado, y esta vez para bien, era todo lo demás. El aire. El frío del otro lado, ese que llevaba meses subiendo del bosque y espesándose noche a noche, el que se apoyaba contra la cerca del mundo con su hambre paciente, se había ido. No quedaba. Donde había habido una presión, una atención, una cosa enorme empujando el pestillo, ahora solo había el frío limpio y honesto de una noche de febrero. El espino de la linde, que un rato antes se había puesto blanco de escarcha hasta la última espina, empezaba a deshelarse, y las gotas caían de sus púas con un ruidito menudo que era lo único que se oía en todo el prado. Porque el prado estaba en silencio. Y cuando Temperance levantó la cabeza, vio por qué.

El pueblo seguía allí.

Los había dejado, al cruzar, desbandándose de terror ante el Invitado que se alzaba; y ahora los encontraba paralizados donde el espanto los había clavado, un centenar de personas con las antorchas medio apagadas en las manos, mirando el umbral por el que acababan de ver salir, de rodillas y vivos, a la bruja que el Diablo se había tragado delante de sus ojos y al juez que se había llevado con ella. Y en las caras de todos ellos, Temperance vio empezar a resquebrajarse algo que había sido, hasta aquella noche, más sólido que la piedra: la historia que se habían contado. Porque el Diablo no devuelve lo que toma. Y ellos acababan de ver al Diablo devolver a dos.

Temperance conocía a aquella gente. A algunos los había curado; les había vendido remedios, coordinado sus miedos en la cárcel, visto colgar a los suyos. Sabía cómo pensaban, y sabía que lo que estaban a punto de sentir era peor que el miedo que los había traído hasta allí con antorchas. Porque el miedo tiene un culpable fuera, y da permiso; lo que empezaba a asomar en aquellas caras no tenía a nadie fuera a quien echárselo. Era la primera grieta de una pregunta que aquella aldea iba a tardar generaciones en dejar de hacerse: si el Diablo devolvía a la bruja que se había tragado, entonces quizá nunca había sido una bruja, y entonces qué habían estado haciendo ellos, salmo tras salmo, soga tras soga, durante todo aquel invierno.

* * *

Silas se puso en pie despacio, con las piernas de otro hombre, y lo primero que hizo fue buscar a la niña.

La encontró donde la había dejado: junto a la horca vacía, un poco apartada del gentío, con la carita pálida vuelta hacia el umbral. Y en el instante en que la miró, entendió que estaba presenciando el derrumbe de la obra más perfecta que había visto construir a nadie, y que se estaba derrumbando por dentro, en silencio, sin que Mercy moviera un dedo.

Porque el poder se le había ido. Silas no lo vio con los ojos —no había nada que ver, ningún relámpago, ningún signo—, pero lo entendió con la misma sangre que le había enseñado a leer aquella tierra: al aquietarse la cosa del otro lado, al recibir por fin descanso el hambre que Mercy había estado ordeñando desde el otoño, la fuerza robada con la que la niña había tenido a todo un pueblo comiendo de su mano se había apagado como se apaga una lámpara sin aceite. El frío que salía de detrás de ella, el que había fingido padecer, el que congelaba el agua bendita y helaba los muros y mataba a los inocentes, ya no estaba. Y sin esa fuerza detrás, la máscara —el llanto perfecto, el temblor en el momento justo, la carita de huérfana doliente a la que todos querían proteger— era solo una máscara, una cara que una niña ponía, sin nada que la sostuviera.

Silas había pasado semanas sin poder explicarse cómo una criatura movía a un pueblo entero de hombres hechos y derechos, jueces incluidos, y ahora lo veía al derrumbarse: no había sido solo astucia. La astucia le habría bastado para engañar a unos pocos; para engañarlos a todos, a la vez, contra la evidencia, durante meses, había hecho falta la otra cosa, la fuerza vieja que salía de detrás de ella y que le nublaba a la gente el juicio antes de que la gente pudiera juzgar. Esa fuerza era la del hambre del bosque, la misma que ahora descansaba al otro lado; Mercy la había estado usando como se usa una corriente, y mientras la corriente empujaba, nadie que se pusiera dentro de ella podía ver claro. Ahora la corriente se había parado. Y sin ella, lo que quedaba era lo que siempre había estado por debajo, solo que invisible: una niña, y una mentira, y un pueblo que de golpe podía volver a usar los ojos.

Y el pueblo, por primera vez en meses, la miró sin el velo delante de los ojos.

Fue lo más lento y lo más terrible que Silas había visto. No hubo un grito, ni un señalar de dedos, ni ninguna de las cosas que la aldea había hecho tantas veces con sus acusadas. Hubo, en cambio, un girarse despacio de las cabezas, primero unas pocas, luego todas, desde el umbral por el que habían vuelto los muertos hacia la niña que había pedido colgar a la Fell; y en ese girarse, en el silencio absoluto de aquel prado helado, Silas vio cómo cada uno de ellos empezaba a ver. A ver de verdad. A recordar, ahora que la fuerza que les nublaba el juicio se había ido, la quietud rara de aquella niña que desentonaba con su edad; la manera en que el frío siempre parecía peor cerca de ella; la puntería con que sus aflicciones habían caído, una tras otra, sobre las mujeres que tenían tierra, o saber, o soledad; el hecho, tan simple y tan enterrado, de que la víctima más creída de Salem había estado siempre, en cada horror, curiosamente en el centro. Estaban viendo. Meses de fe se les caían de las manos como se les habían caído las antorchas, y por debajo quedaba, desnuda, la cosa que Silas había reconocido en la cárcel y que no había podido decir en voz alta sin firmar su propia horca: que el lobo había estado dentro del cordero todo el tiempo, y que ellos lo habían llevado en brazos.

Temperance habló entonces. No gritó. Con la voz gastada de quien acaba de volver de donde había vuelto, de pie en el umbral con la escarcha en el pelo y la autoridad terrible de haber entrado en el Diablo y haber salido, dijo solo, señalando a la niña:

—Ahí tenéis a la que os hizo colgarlas. No en el bosque. Ahí.

Y esta vez —esa fue la diferencia, y a Silas se le encogió el pecho al comprenderla— nadie pensó que era una bruja mintiendo. Porque una bruja no vuelve del abrazo del Diablo. Habían visto con sus propios ojos quién había sido tragado y quién había salido caminando, y la historia que les habían contado durante medio año se dio la vuelta entera en un instante, como se da la vuelta un guante. La palabra de Temperance, que la víspera no habría valido nada, cayó ahora sobre un pueblo que ya lo estaba viendo por su cuenta, y no hizo más que ponerle nombre a lo que todas aquellas caras acababan de entender.

Silas buscó a Cobb entre la multitud, y lo encontró, y aquello fue lo más difícil de mirar de toda la noche. El reverendo estaba a unos pasos de la niña que había criado como a una hija, con la Biblia caída a sus pies en la nieve, y en su cara no había furia, ni siquiera todavía horror: había el desconcierto absoluto de un hombre bueno al que se le acaba de desfondar el suelo del mundo. Cobb había creído. Había creído de verdad, con toda su alma, que hacía la obra de Dios; y ahora, en el silencio de aquel prado, empezaba a entender que la mano que había guiado su fe sincera durante meses, la que había puesto las palabras en las bocas de las niñas y los nombres en las listas de los condenados, había sido la de la criatura a la que él acunaba por las noches. Silas, que sabía mejor que nadie lo que era descubrirse pieza limpia de una máquina sucia, sintió por él una piedad que no esperaba sentir. Cobb no había sido malo. Había sido usado. Y esa, para un hombre de fe, era quizá la condena más cruel de todas.