27 El lazo se cierra
30 de enero de 1693
A Silas le tocó ver de cerca cómo se cerraba la máquina, y fue el peor castigo que podían haberle puesto, porque la conocía por dentro: la había servido toda la vida, y una parte de ella la había armado él con su propia firma.
Había pasado años siendo un engranaje de aquella clase de máquina, uno de los limpios, uno de los que no ensucian: el que revisa el pliego, el que pone el sello, el que le da a la sangre la forma de la ley. Desde ese sitio, la máquina se veía razonable, casi decente, una sucesión de trámites correctos hechos por hombres correctos. Ahora la veía desde el otro lado, desde el lado de la que va a colgar, y desde ahí no tenía nada de razonable: era una cosa ciega y hambrienta con forma de procedimiento, que se ponía en marcha despacio, con papeles y firmas y sermones, y que una vez en marcha no había manera humana de parar, porque cada hombre que la componía se creía a sí mismo solo una pieza pequeña que cumplía con su parte, y ninguna pieza pequeña se siente responsable de lo que hace la máquina entera. Él lo sabía porque había sido una de esas piezas. Y ahora la máquina venía hacia la casa, montada de esas mismas piezas que se creían inocentes, y él, desde dentro, no podía hacer más que reconocerla.
Lo supo por lo que se veía y se oía desde la finca a lo largo de aquel día. Al filo de las piedras, donde la partida llevaba acampada desde el veintiséis sin atreverse a cruzar, empezó a haber movimiento nuevo: más hombres, llegados del pueblo y de las granjas de alrededor; caballos; el brillo de las armas de la milicia del condado, que Vane había conseguido por fin poner en marcha. Y en medio de todo, yendo y viniendo entre los corros de hombres con su Biblia bajo el brazo, la figura larga y negra del reverendo Cobb, que no traía un arma pero traía algo peor, que era la certeza. Silas lo miró desde la ventana y entendió que aquello ya no era una turba dudando al borde de una tierra maldita. Era una decisión tomándose. Y sabía, por haber estado tantas veces del otro lado de esa misma escena, exactamente qué decisión era.
No iban a llevarla de vuelta al pueblo. Esa era la novedad, y Silas la leyó en la manera en que los hombres dejaban de mirar hacia Salem y empezaban a mirar hacia la casa, hacia la linde, hacia el espino negro que se recortaba contra los árboles. La sentencia que Mercy había hecho fijar semanas atrás decía que Temperance Fell moriría en la horca la mañana de la Candelaria, en la loma del pueblo, como habían muerto Remember y Silence y todas las demás. Pero eso era antes de la fuga. Ahora la bruja se había escapado de una cárcel cerrada —lo cual, para el pueblo, no hacía sino confirmar su brujería—, se había refugiado en su guarida sobre la tierra torcida, y se había llevado con ella al juez de Boston que el Diablo le había puesto en el bolsillo. Una cosa así no se resolvía trayéndola mansa de vuelta al patíbulo. Se resolvía yendo a por ella y acabando allí mismo, sobre su propia tierra maldita, en la víspera de la fiesta de las candelas, cuando la luz vuelve al mundo y hay que limpiarlo de lo que se le ha metido en la oscuridad. Colgarla en el umbral de su casa de brujas, la noche antes de la Candelaria, no era para el pueblo un adelanto de la sentencia. Era una purificación.
Silas conocía esa clase de razonamiento porque lo había oído en boca de Cobb una docena de veces, y sabía que no había en él ni pizca de cinismo, y que eso era lo que lo volvía imparable. Cobb creía. Creía de verdad que había un mal en el mundo y que Dios lo había puesto a él a combatirlo, y desde esa fe todo encajaba: la fuga confirmaba la brujería, el juez perdido confirmaba el poder del Diablo, la tierra torcida confirmaba dónde anidaba el mal, y la víspera de las candelas era el momento que la providencia le regalaba para arrancarlo de raíz. No estaba montando una injusticia. Estaba, en su cabeza, salvando a su pueblo. Y contra un hombre que hace el mal creyendo hacer el bien no sirve ninguna razón, porque cada argumento que se le opone lo lee como una tentación más del enemigo. Silas lo sabía. Había sido, a su manera fría, otra versión de lo mismo.
Y ahí, en esa lógica limpia y horrible, Silas reconoció, con un escalofrío, la mano que no se veía. Porque la niña no necesitaba mandar nada. Solo necesitaba que el pueblo, siguiendo su propia fe hasta el final, decidiera por su cuenta hacer precisamente lo único que a ella le servía: matar a la última Fell en el umbral, la víspera, la noche más delgada del año. Mercy había dejado que la fuga y el horror y el celo de Cobb hicieran el trabajo, y el trabajo había dado exactamente donde ella lo necesitaba. La ejecución de la loma se había convertido, sin que nadie moviera un hilo a la vista, en el sacrificio en el umbral que abría la puerta. Silas lo vio entero, y no pudo hacer nada con verlo, porque no había un solo hombre en aquel campo que fuera a creerle una palabra.
* * *
Temperance miró venir el cerco desde la otra ventana, la que daba al norte, y contó lo que tenía delante como contaba siempre las cosas: con frialdad, para no dejar que el miedo le comiera la cabeza.
La finca estaba en una trampa de geografía, y ella la conocía palmo a palmo. A la espalda de la casa, pasada la hilera de piedras y el espino viejo, empezaba el bosque, negro y apretado, y en el bosque estaba la cosa, de modo que por ahí no había huida: correr hacia los árboles era correr a los brazos de lo que llevaban generaciones guardando. Y por delante, entre la casa y el pueblo, en el prado abierto que bajaba hacia el camino, se estaba juntando la milicia. Estaban atrapados entre las dos únicas cosas que podían matarlos, el hambre vieja de un lado y el miedo de los hombres del otro, y las dos, se dijo con una amargura seca, empujaban en la misma dirección. No había puerta de atrás. Nunca la había habido.
Recorrió con los ojos, por última vez, la tierra que había sido de su familia durante generaciones, y la vio convertida en lo que siempre había sido por debajo del prado y las cercas: una línea de frontera. La casa, plantada justo en la costura entre el mundo de los hombres y el otro; la hilera de piedras que sus abuelas habían mantenido siglo tras siglo, ahora pisoteada por botas que no sabían lo que pisaban; el espino viejo, negro contra los árboles, la mata de púas que había dado nombre a la sangre de Silas y que la cosa no cruzaba de buena gana. Todo aquello había sido durante siglos un puesto de guardia, y ella era la última que sabía leerlo como tal. Los hombres del prado veían la guarida de una bruja. Ella veía la trinchera de una guerra que llevaban librando, sin que el pueblo lo supiera nunca, desde antes de que el primer Salem tuviera nombre. Y la iban a perder esta noche. No la vencía el enemigo de fuera. La vencía el pueblo al que protegía, que había venido a entregarla, cantando, al hambre de la que lo protegía.
Pensó en Silence. Le vino sin buscarlo, mirando aquel campo lleno de hombres con antorchas y certezas: pensó en Silence subiendo la loma erguida, en la comadrona que se había pasado la vida trayendo niños al mundo y a la que aquel mismo pueblo colgó por bruja sin que le temblara la fe; y pensó en Remember, y en las mujeres cuyos nombres no sabía, todas las que habían muerto en aquella máquina mientras los que las mataban cantaban salmos. Se había jurado guardar el recuerdo verdadero de Silence, y allí estaba, cumpliéndolo de la peor manera, viendo cómo la misma máquina que se la llevó a ella venía ahora a por la última Fell sin haber aprendido nada, sin dudar nada, tan segura de hacer la obra de Dios como el primer día. Ese era el horror que le apretaba la garganta más que el propio cuello: no que fueran a colgarla, sino que fueran a hacerlo convencidos de que estaban limpiando el mundo, y que al día siguiente dormirían tranquilos, y que Silence y Remember y todas seguirían siendo, para ellos, brujas bien colgadas.
Y de todo aquello sacó, en lugar de desesperación, una rabia fría y útil, la misma que la había sostenido desde el otoño. Si iban a colgarla creyéndose justos, al menos ella podía hacer que su muerte no fuera lo que ellos creían. No iban a colgar a la bruja soberbia que se figuraban. Iban a colgar a la última de una estirpe de mujeres que llevaban mil años muriéndose en silencio para que aquel mismo pueblo ingrato pudiera dormir; y esta vez, si le daba tiempo, si el plan funcionaba, esa muerte no alimentaría a la cosa como la de Remember y la de Silence: la acabaría para siempre. Sería la primera de todas cuya entrega sirviera de verdad. Se aferró a eso. Era lo único que podía oponer a la fe de treinta hombres armados: la suya propia, más vieja y más callada.
Porque contra eso no había defensa, y Temperance lo sabía mejor que nadie. Podía tener toda la razón del mundo —la tenía— y no le servía de nada, porque el pueblo no la iba a colgar por lo que había hecho, sino por lo que creía de ella, y lo que creía se lo había puesto en la cabeza una niña a la que adoraban como a una santa doliente. La fe del pueblo en Mercy era el muro, y era un muro que ninguna verdad podía escalar. Si Temperance gritaba la verdad, era una bruja mintiendo. Si Silas, un magistrado, la respaldaba, era un juez embrujado. La niña se había hecho intocable poniéndose la cara de la víctima, y ahora esa cara movía a todo un pueblo armado contra ellos sin que ella tuviera que abrir la boca. Los estaba matando con la fe de los demás.