29 de enero de 1693 #2
Porque tenía razón, y tenía razón de la única manera que a ella le valía. No le había dicho que no había hecho nada malo; eso lo habría despreciado, como despreciaba todo consuelo barato. Le había dicho algo mucho más difícil de soportar y mucho más verdadero: que la veía entera, con su cobardía y su deuda y su noche de la puerta cerrada, y que se quedaba. Que no la perdonaba con palabras, que era mentira poder hacerlo, sino con los pies, cruzando con ella al sitio del que a lo mejor no volvían. Y Temperance entendió, por fin, que llevaba desde el otoño esperando exactamente eso sin saber ponerle nombre: no que alguien le dijera que era inocente, sino que alguien supiera que no lo era y no se fuera.
Se dio cuenta, con una claridad que casi la mareó, de que había estado toda la vida entendiendo el perdón al revés. Había creído que perdonar era decir que lo hecho no importaba, borrarlo, hacer como si no hubiera pasado; y por eso había rechazado siempre el perdón, el suyo y el de los demás, porque lo hecho importaba, y borrarlo era mentir. Lo que Silas acababa de hacer no borraba nada. Le dejaba la culpa entera, intacta, con todo su peso, y se ponía a su lado a cargarla. Eso sí lo podía aceptar, porque no le pedía mentir. Podía seguir siendo la que cerró una puerta con llave, la que no fue, y no estar sola llevándolo. Era la primera vez en su vida que alguien le ofrecía esa clase de compañía, y le sorprendió lo mucho que pesaba y lo poco que pesaba a la vez.
—Los dos, entonces —dijo, y le tembló un poco la voz, cosa que no le pasaba nunca—. Cruzamos los dos. —Y luego, porque él le había puesto su parte encima de la mesa, puso ella la suya, plana, como una fecha—: Tu sangre desertó, sí. Y ahora la última rama Thorne va a cruzar una linde para soltar a la mujer que las tuyas dejaron tirada en el hielo hace cien años. No sé si eso repara un siglo de haberse ido. Pero sé que lo deshace. Vuelves al puesto la única noche que importa, y vuelves por tu propio pie. Yo te perdono lo de tu sangre, Silas, si es que me toca a mí perdonártelo. Y lo de Remember lo pago yendo al umbral que una vez no pisé, solo que esta vez voy a hacer algo mejor que morir bonito para aplazar el horror. Voy a acabarlo. Si voy a caer, caeré cerrando la herida, no dándole de comer. Creo que eso Remember sí me lo perdonaría.
No lloró. Se juró que no gastaría lágrimas en la víspera, que las guardaría por si al otro lado hacían falta, y no las gastó. Pero se levantó de la mesa, rodeó el libro que los había tenido separados toda la noche, y se sentó al lado de Silas, muy cerca, y le puso una mano en la cara, en la mandíbula áspera de tres días sin afeitar, y él cerró los ojos y se apoyó en aquella mano como quien lleva mucho tiempo sin que nadie lo toque sin miedo.
Lo que hubo después fue callado y sin prisa, más despedida que otra cosa, la clase de cercanía que se busca no por deseo sino por no querer pasar sola la última noche antes de una batalla que a lo mejor no se gana. Se buscaron en la penumbra de la casa muerta, con las hogueras del pueblo ardiendo lejos tras los postigos y el bosque esperando más allá, y en cada gesto había menos hambre que ternura, y en la ternura, el peso entero de lo que sabían: que quizá era la última vez, que quizá al otro lado del hielo uno de los dos no volvería, o volvería siendo otro. No se dijeron te quiero con esas palabras, porque ninguno de los dos era de decirlo así; se lo dijeron en la manera de agarrarse, en el cuidado con que se sostuvieron, en el silencio que no necesitó llenarse. Y por una hora, en aquella cocina helada, dejaron fuera a la niña y a la turba y a la cosa del bosque, y fueron solo dos personas que se habían encontrado demasiado tarde y habían decidido, aun así, cruzar juntas.
Fue una cercanía sin apuro, casi sin palabras, hecha más de quedarse que de buscarse, de aprenderse de memoria una cara y unas manos y el peso de un cuerpo por si al otro lado ya no estaban. Hubo silencios largos en que solo se miraban, con la vela apagada y la brasa del hogar tiñendo la penumbra, y en esos silencios cabía todo lo que no se habían dicho en tres meses y ya no hacía falta decir. Temperance, tan hecha a guardarse, se sorprendió de lo fácil que era, al final, no guardarse; de que hubiera hecho falta llegar al borde de perderlo todo para atreverse a no defenderse de nada. Pensó, fugazmente, que ojalá lo hubiera aprendido antes, y apartó el pensamiento, porque los ojalá eran para la gente que tenía tiempo, y ellos tenían cuatro días.
Cuando la luz creció del todo tras los postigos, seguían despiertos, ella con la cabeza en el pecho de él, escuchándole el corazón como quien memoriza un sonido por si acaso.
Se quedaron así mucho rato, sin hablar, con la casa muerta alrededor y el mundo entero esperándolos fuera. Temperance pensó en las mujeres de su sangre que habían pasado esta misma clase de noche —la víspera del día que les tocaba pagar—, y se preguntó si alguna la habría pasado acompañada, o si todas, una tras otra a lo largo de los siglos, se habrían quedado solas en aquella cocina con su miedo y su deber, sin nadie a quien escucharle el corazón. Sospechó que solas. Que ella era la primera Fell en mucho tiempo que llegaba a su umbral con una mano que sostener. Y aunque lo que iban a hacer costara lo que costara, aunque uno de los dos no volviera, o volviera roto, tener esa mano cambiaba algo que no sabía nombrar; algo que quizá era, sencillamente, que por primera vez en la historia de su linaje el sacrificio no iba a hacerse en soledad.
—No sabemos cuál de los dos —dijo Silas en voz baja, contra su pelo, y no hizo falta que dijera el resto: cuál de los dos pagaría más caro, cuál volvería roto o no volvería.
—No —dijo Temperance—. No lo sabemos. Y no vamos a poder elegirlo. —Cerró los ojos—. Así que hasta que llegue la noche, no lo pensamos. Lo tenemos. Y ya está.
Fuera, el frío seguía subiendo hacia la noche más delgada del año, y en la casa del reverendo una niña contaba los días con la paciencia de la piedra, sin saber que en la finca de las brujas dos personas acababan de arrancarle, sin ruido, la única baza con la que no había contado.
Faltaban cuatro días.