El Último Juicio de Salem 27 El lazo se cierra #2
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27 El lazo se cierra #2

Era, cuando Temperance lo miraba de frente, la obra más perfecta que había visto nunca. Cualquier otro enemigo se habría expuesto: para mover a un pueblo hay que mandarlo, y quien manda se deja ver, y a quien se deja ver se le puede señalar. Mercy no mandaba a nadie. Solo lloraba en el sitio justo, temblaba en el momento justo, decía la frase justa con su voz de niña rota, y dejaba que la bondad de los demás —su fe, su miedo, su amor por una huérfana doliente— hiciera cada cosa terrible que a ella le hacía falta. Los verdugos ni siquiera sabían que lo eran; se creían salvadores. La niña había convertido la virtud del pueblo en su cuchillo, y no había forma de arrancárselo de las manos sin cortar al pueblo entero, porque el cuchillo era el pueblo. Temperance, que siempre había admirado en silencio a quien sabía leer un tablero, la recorrió un horror admirado ante aquella criatura que jugaba al ajedrez con almas.

Y lo más amargo de todo, lo que Temperance no le dijo a Silas para no cargarlo con ello, era la ironía: que aquellos hombres, creyendo arrastrarla al matadero, la estaban llevando exactamente adonde ella necesitaba llegar. Al umbral. La noche más delgada. Iba a acabar en la linde de todas formas, con o sin ellos. Solo que había querido llegar allí por su propio pie, como guardiana, dueña de lo que iba a hacer; y en vez de eso iba a llegar maniatada, entre soldados, colgada de una soga, con su plan de cruzar convertido en una apuesta desesperada que nunca nadie había probado y que dependía de que fuera capaz de dar la vuelta a su propia muerte en el instante justo. Tenía la respuesta. No tenía ninguna garantía de que le fueran a dar tiempo a usarla.

* * *

Cayó al anochecer, y cayó rápido, como caen las cosas cuando por fin se deciden.

Silas lo vio empezar desde la ventana: Cobb reunió a los hombres en el prado, alzó la voz sobre el frío —no les hablaba de una detención, les hablaba de una misión, de las candelas y la luz y el deber de arrancar el mal de raíz antes de la fiesta—, y cuando terminó, los hombres que llevaban cuatro días sin atreverse a pisar la tierra Fell echaron a andar sobre ella todos a la vez, en tropel, porque el miedo a la tierra maldita ya no podía con las ganas de hacer lo que un santo varón les acababa de decir que Dios quería. La fe los cruzó por donde el valor no los había cruzado. Pasaron la hilera de piedras sin detenerse, y el prado se llenó de antorchas subiendo hacia la casa.

Silas sintió, mientras miraba subir las antorchas, un frío que no venía del invierno. Venía del otro lado, del bosque, y aquella noche era distinto de todas las veces anteriores: más denso, más despierto, con una cualidad de atención que le erizó la nuca, como si la cosa de la linde, que llevaba generaciones esperando paciente al otro lado de las piedras, hubiera notado el tumulto, el miedo, la sangre a punto de derramarse en su umbral la noche más delgada del año, y se hubiera arrimado a mirar. El pueblo subía por delante creyendo que venía a matar al Diablo, y a su espalda, en los árboles, lo que fuera aquello —que no era el Diablo de sus sermones— aguardaba, hambriento, la ofrenda que aquellos hombres piadosos le traían sin saberlo. Silas lo notó en el cuerpo, con la certeza que le había dado la sangre, y quiso gritarlo, y supo que gritarlo era inútil, porque los que subían no habrían oído más que a un juez embrujado defendiendo a su bruja.

No hubo defensa que valiera, y Silas no se engañó fingiendo que la había. Eran dos, sin más arma que un atizador y la desesperación, contra treinta hombres armados y ciegos de certeza. Atrancaron la puerta y aguantó lo que aguanta una tabla contra una marea; la echaron abajo a hachazos, y entraron con las antorchas y el frío de fuera y la seguridad tranquila de quien sabe que hace lo correcto. A Temperance la agarraron dos hombres que un mes atrás quizá le habían comprado remedios para la tos de sus hijos, y ahora la sujetaban como se sujeta a algo peligroso, sin mirarla a los ojos. A Silas lo tiraron contra la pared y le torcieron los brazos a la espalda, y él no forcejeó, porque forcejear era gastar y porque una parte de él, la peor, sabía que aquello era, en el fondo más torcido de sí mismo, lo que se había estado buscando desde que puso la primera firma limpia sobre un proceso sucio.

Los ataron. Les ataron las manos con cuerda de establo, apretada, y los sacaron a empujones al prado, al frío que ya no era el frío de enero sino el otro, el que subía del bosque y que aquella noche parecía más cerca que nunca, como si la cosa hubiera notado que la fiesta se acercaba y hubiera arrimado la cara a la cerca. Y en medio del gentío y las antorchas y las oraciones que empezaban a levantarse, Silas, con la mejilla contra la escarcha del suelo un instante antes de que lo pusieran en pie, tuvo la lucidez entera y espantosa de lo que estaba pasando. La máquina que él había ayudado a sellar, la que colgó a Remember y a Silence y a los inocentes, había venido por fin a cobrarse a la única mujer capaz de pararla, y él, que un día se creyó su juez, estaba tirado en el barro con las manos atadas, sin nombre, sin ley, sin nada, incapaz de detener ni un solo minuto de lo que él mismo había puesto en marcha meses atrás con la punta de su pluma.

Pensó, con la cara contra el barro helado, en la primera firma. En la primera vez que puso su nombre limpio al pie de un traslado sin preguntarse de dónde salía la prueba, allá en Boston, años atrás, sintiéndose un hombre riguroso que cumplía con su deber. Todo aquello venía de ahí, de una cadena de gestos pequeños y correctos, cada uno razonable por su cuenta, que sumados habían levantado una loma llena de horcas y lo habían traído a él, al final del camino, atado en el barro de la tierra que iban a regar con la sangre de la mujer a la que amaba. No había un solo punto en toda la cadena en que pudiera decir «aquí me equivoqué del todo»; solo una sucesión de medias claudicaciones limpias que habían acabado en aquello. Así era como se hacía el mal grande, entendió: nunca de golpe ni con monstruos; a firmas, despacio, con la conciencia tranquila.

Buscó a Temperance con los ojos entre el revuelo. La habían puesto en pie a unos pasos, maniatada como él, con el pelo suelto sobre la cara y la barbilla alta, sin rogar, sin llorar, mirando a los hombres que la sujetaban con aquella calma suya que a ellos les daba más miedo que cualquier maldición. Ella le encontró la mirada por encima de las cabezas, y no dijo nada, y no hizo falta. En sus ojos no había derrota. Había otra cosa, más terrible y más firme: la de quien sabe que la llevan al sitio exacto adonde iba a ir de todas formas, y que va a intentar, con lo poco que le queda, darle la vuelta a todo en el último instante o morir en el intento.

Y viéndola así, atada y arrastrada y sin embargo entera, Silas sintió algo que no esperaba sentir en el peor momento de su vida, y era una especie de orgullo feroz y desesperado. Habían perdido; estaba claro que habían perdido, maniatados hacia el umbral, rodeados de hombres que los querían muertos, con un plan que era más una plegaria que una estrategia. Y aun así ninguno de los dos había rogado, ni había llorado, ni le había dado a aquella máquina la satisfacción del miedo que venía a buscar. Iban a llegar al umbral de pie por dentro, aunque los llevaran a rastras por fuera. Y si lo que Temperance había resuelto en la finca era verdad —si de veras había una manera de darle la vuelta a la propia muerte en el instante justo—, entonces aquellos hombres, sin saberlo, no los llevaban al matadero. Los llevaban al único sitio del mundo donde todavía quedaba una posibilidad, por delgada que fuera, de ganar. Silas se agarró a esa idea con las dos manos, porque era lo único caliente que le quedaba en aquel frío.

Los hombres empezaron a arrastrarlos hacia la linde, hacia el espino y las piedras y el bosque negro que esperaba detrás, entre antorchas y salmos, en la víspera de la Candelaria. Sobre ellos, el cielo se había puesto de ese gris de hierro que precede a las noches más frías del año. Y en algún lugar del pueblo que quedaba a su espalda, sin necesidad de estar presente, sin mover un dedo, una niña había ganado la partida que llevaba meses jugando: la última Fell iba camino del umbral, la noche más delgada, para morir en él.

Faltaban dos días. Empezaba la parte más oscura.