22 Nadie la creerá
23 de enero de 1693
Silas pasó el día siguiente al descubrimiento buscando una manera de usar lo que sabía, y al caer la tarde había entendido que no la había, y que el propio hecho de no haberla era la obra maestra de aquella niña.
Lo intentó de todas las formas que se le ocurrieron, sentado a la mesa prestada con la cabeza entre las manos, ensayando en el papel jugadas que se derrumbaban solas. Podía levantarse en el tribunal, cuando llegara la causa de Temperance, y declarar que la verdadera bruja era Mercy Danvers. Ya había recorrido ese camino la noche anterior y sabía dónde acababa: en la confesión que estaban esperando, un juez comprado y una acusada aliados contra la más inocente de las víctimas, la horca para los dos y ni un rasguño para la niña. Podía escribir a Boston, a la corte superior que preparaba la reforma, y denunciarlo por escrito. Pero ¿denunciar qué? No tenía un solo hecho. Un magistrado que acusa por carta a una huérfana doliente, sin una prueba, mientras lleva semanas retrasando el juicio de la bruja a la que esa huérfana señala, no le parecería a nadie en Boston un hombre cabal: le parecería, en el mejor de los casos, un hombre alterado, y en el peor, un hombre alcanzado. Podía ir a ver al reverendo Cobb, contárselo a solas, apelar a su inteligencia. Pero Cobb había criado a Mercy como a una hija, la creía con toda la fe de su alma limpia, y era justo esa fe sincera lo que la volvía intocable: Cobb no dudaría de ella ni un instante; se limitaría a mirar con espanto al magistrado que calumniaba a la niña más pura de la comarca, y a preguntarse en voz alta, delante de quien hiciera falta, qué le habría hecho la bruja al juez para ponerle esas palabras en la boca.
Ahí estaba el nudo, y cuanto más lo tiraba más se apretaba. No existía la manera de acusar a Mercy que no fuera, al mismo tiempo, la prueba que le faltaba a todo el mundo de que Temperance era una bruja y él, su cómplice embrujado. El sistema entero funcionaba como una cerradura de una sola dirección: la verdad entraba y no salía. Cada llave que Silas probaba abría, en realidad, la puerta de su propia celda.
Lo que más le pesaba, como jurista, era la elegancia del asunto. Admiraba muy a su pesar, desde siempre, los mecanismos bien hechos: una ley bien redactada, una prueba que encaja, un argumento sin fisuras. Y lo que aquella niña había construido era el mecanismo más perfecto que había visto nunca, porque no dependía de ninguna mentira suya. Ella no tenía que decir nada. No tenía que mover un dedo. Le bastaba con existir, con la cara que tenía y el sitio que ocupaba, para que cualquier verdad que se dijera contra ella se transformara, por su sola forma, en su contraria. Había convertido la inocencia en una armadura y el dolor en una espada, y las dos las llevaba puestas sin esfuerzo, mientras dormía. No se podía combatir eso con más razón. La razón era, precisamente, el material del que estaba hecha la trampa.
Y esa misma tarde, como si la niña hubiera querido enseñarle hasta dónde llegaba su alcance, Mercy movió ficha.
No lo hizo ella. Ese era el arte. Cobb había convocado a las afligidas en la casa de reunión para una comparecencia previa —había que dejar constancia del estado de las criaturas antes de que se vieran las últimas causas—, y Silas asistió, como magistrado, sentado a un lado con su cuaderno. Las niñas declararon sus tormentos de costumbre. Y entonces, sin que nadie la incitara, la mayor del corro, una tal Abigail, se puso rígida, echó la cabeza atrás y empezó a gritar que la Fell venía a ella por las noches, que su espectro se había vuelto más fuerte desde la última luna, que la pellizcaba y le susurraba, y que —esto lo dijo con una voz rara, ajena, que no era la suya— «no queda tiempo, hay que acabar con ella antes de la fiesta de las velas, o vendrá algo peor».
La sala se agitó. Vane se puso en pie. Cobb, pálido, preguntó qué fiesta, y la niña no supo contestar, porque las palabras no eran suyas; volvió a caer en sus convulsiones y no dijo más. Pero el daño ya estaba hecho, y era un daño de una precisión que a Silas le heló la sangre. En una sola frase, aquella criatura —o lo que hablaba por su boca— había conseguido dos cosas. Había puesto fecha. La «fiesta de las velas» no significaba nada para aquellos hombres que no guardaban más calendario que el suyo, pero significaba que había que darse prisa, y Vane, que llevaba semanas queriendo darse prisa, tomó la palabra para exigir que la causa de la Fell se viera de inmediato y la sentencia, si la había, se ejecutara sin demora: propuso una fecha, la del cómputo civil que caía en lo que Silas, con un vuelco, reconoció como el día de la Candelaria, y la sala la aceptó entre murmullos de alivio, como se acepta cerrar por fin una puerta que dejaba entrar el frío. Quedó fijado, allí mismo, sin que a Silas se le ocurriera a tiempo un solo motivo procesal para oponerse que no lo delatara: Temperance Fell moriría en la horca la mañana de la Candelaria.
Y había conseguido lo segundo, que era peor y más callado. Al decir que el espectro de la Fell «se había vuelto más fuerte desde la última luna», la niña había plantado, sin nombrarlo, un pensamiento en cada cabeza de la sala: que la bruja estaba operando con nueva fuerza, y que si operaba con nueva fuerza sería porque algo o alguien le había dado nuevas licencias. Silas notó las miradas. No hacia él, todavía, no del todo; pero de reojo, con esa desconfianza que hasta entonces solo era de Vane y que empezaba a extenderse. El magistrado que retrasaba el juicio. El magistrado que bajaba de noche a la cárcel «a instruir». El magistrado que había peleado por aplazar el lote de la comadrona. Nadie dijo nada. Nadie hacía falta que dijera nada. Mercy no lo acusó, ni movió a nadie a acusarlo; solo puso en el aire una idea, y dejó que la idea buscara sola su blanco, sabiendo que en un pueblo asustado las ideas siempre encuentran a quién morder. Su deshonra no empezaba con una denuncia. Empezaba con una sospecha sin dueño, que era imposible de contestar porque nadie la había formulado en voz alta.
Silas conocía ese mecanismo mejor que nadie, porque era el mismo que había usado él sin saberlo contra tantas mujeres: no hacía falta probar que alguien era culpable si se conseguía que todos lo dieran por hecho antes de mirar las pruebas. Él había sido, durante años, la mano limpia que le daba forma legal a esa clase de certezas. Y ahora la miraba operar sobre sí mismo, desde el otro lado, y comprendía por dentro lo que se sentía al ser el nombre que el aire ha empezado a morder. No podía defenderse. Levantarse a decir «no estoy embrujado» era, en aquella lógica, exactamente lo que diría un embrujado; protestar por su honra era darle cuerpo a la sospecha que aún no lo tenía. Lo único que le quedaba era seguir con la cara serena y ver cómo, día a día, dejaban de escucharlo, hasta que su firma no valiera ya para salvar a nadie porque nadie se fiaba de la mano que la ponía.
Silas buscó a la niña con la mirada, una sola vez, entre el revuelo. Mercy estaba sentada muy quieta en su banco, con las manos en el regazo, mirando a Abigail convulsionarse con una expresión de pena serena, la niña buena que sufre por el tormento de su amiga. No lo miró a él. No hizo nada. Y ese no hacer nada, esa perfecta ausencia de gesto en el centro de una tormenta que ella había levantado con una frase, fue lo más aterrador que Silas había visto en su vida, más que las astas de hueso en la linde, porque las astas al menos no fingían.
Salió de la casa de reunión con dos certezas nuevas y ninguna esperanza. Temperance tenía fecha de muerte. Y él, la única mano tendida que le quedaba, estaba dejando de servir, porque a un juez sospechoso de estar embrujado no lo escucha nadie. Lo habían apartado del tablero sin tocarlo. Fue derecho a la cárcel, porque no sabía adónde más ir.
* * *
Temperance ya lo sabía cuando él llegó. Las noticias en un pueblo pequeño corren más deprisa que los hombres, y el carcelero cojo, que le tenía ley desde lo de la cadera, se lo había soltado casi con lástima: fecha puesta, la mañana de la Candelaria, poco más de una semana.
Lo recibió sin aspavientos. Llevaba tres meses sabiendo que aquello acabaría en una soga; que ahora tuviera día en el calendario no cambiaba la sustancia, solo la afinaba. Escuchó a Silas contarle la comparecencia, la aflicción de la tal Abigail, la frase sobre la fiesta de las velas, la sospecha que había empezado a rodearlo a él, y fue encajando cada pieza con la frialdad del que ha aprendido que llorar es gastar. Cuando terminó, se quedó un rato callada, ordenándolo.
—Lo ha hecho bien —dijo por fin, y no había admiración en su voz, sino el reconocimiento seco de un oficio ante otro—. En una tarde le ha puesto a usted la sospecha encima sin acusarlo, me ha puesto a mí fecha sin ensuciarse las manos, y las dos cosas con la boca de otra niña. No podemos ir contra ella, ya lo hemos visto: cada piedra que le tiremos nos vuelve a la cara. Y ahora, además, nos ha quitado el poco tiempo que teníamos y le ha cortado a usted las alas antes de que pudiera usarlas. —Movió la cabeza, despacio—. Está limpiando el tablero. Nos está dejando sin jugadas una a una, en orden, como quien apaga las velas de una habitación antes de cerrarla.