El Último Juicio de Salem 21 La afligida #2
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21 La afligida #2

Y ahora sabía, sin saber todavía los detalles, que la Candelaria no era solo el día en que la cosa podía cruzar por su cuenta: era el día que aquella niña llevaba meses preparando. Toda aquella matanza, todos aquellos nombres, Ezra, Silence, no eran el desahogo ciego de un pueblo asustado; eran los preparativos de algo, los pasos contados de alguien que caminaba hacia una fecha, engordando a la cosa comida a comida hasta dejarla a punto para lo que quería hacer con ella. Y en ese algo Temperance tenía un papel. No sabía cuál. Pero Mercy la había mirado como se mira una pieza que hace falta, no una enemiga que estorba, y esa diferencia —ser necesaria en vez de sobrar— era la que daba verdadero miedo.

* * *

Silas tardó en hablar, y cuando lo hizo, dijo la frase que faltaba por decir, la que convertía todo lo demás en una trampa.

—No podemos denunciarla —dijo.

No lo dijo con rabia. Lo dijo como un jurista lee una ley que no le gusta pero que es la ley: sin remedio. Y fue desgranando el porqué con esa precisión suya, la misma con que en otro tiempo habría redactado una sentencia, solo que ahora la sentencia era contra ellos dos.

—Piénselo desde fuera —dijo—. Yo soy un magistrado de Boston al que medio pueblo ya mira de reojo porque lleva semanas aplazando su causa. Usted es una acusada de brujería, la más soberbia, la que el reverendo Cobb ha señalado desde el púlpito. Si mañana yo me levanto en el tribunal y digo que la verdadera bruja, la que dirige todo esto, es Mercy Danvers, la huérfana, la pupila del reverendo, la niña más doliente y más pura de toda la comarca… ¿qué oye la sala? No oye una acusación. Oye la confesión que estaban esperando. Oye a un juez comprado y a una bruja aliados para atacar a la más inocente de las víctimas, que es justo lo que hace el Diablo: volverse contra los corderos. Denunciarla a ella es la prueba que le falta a Vane contra usted. Es firmar su horca y la mía con la misma pluma. Y a ella no le pasaría nada, porque no hay nada que probar: no hay tierra que herede, ni deuda que salde, ni un solo hecho que enseñar. Solo la palabra de dos culpables contra la cara de una niña que llora bien. —Se pasó la mano por los ojos—. El sistema entero está hecho para creer a la víctima. Y ella se ha puesto la cara de la víctima. Es intocable. No porque sea fuerte, sino porque nosotros somos, a los ojos de todos, exactamente lo que ella finge que la ataca.

Temperance escuchó aquello y sintió cerrarse la trampa como se cierra un cepo, despacio y sin ruido. Habían pasado la noche desenterrando la verdad, y la verdad, ahora que la tenían entera en las manos, no servía para nada. Sabían quién era el enemigo, y el enemigo tenía trece años y la coartada perfecta, y cualquier cosa que hicieran con lo que sabían se volvería contra ellos y a favor de ella. Era la peor clase de saber: el que no se puede usar.

Se quedó pensando, con una lucidez fría, en todo lo que ya no podía hacer. No podía contárselo a las otras presas, porque las asustaría sin poder protegerlas y alguna lo repetiría. No podía escribirlo, porque un papel es una prueba en la mano equivocada. No podía usarlo para negociar su vida, porque ofrecer «yo sé quién es la verdadera bruja» era, en aquella comarca, tender la soga con la que colgarse. El saber, que toda su vida había sido el arma de las Fell —«el saber es lo que nos protege», decía Remember—, se le había vuelto entre las manos un peso muerto, algo que solo servía para hacer más insoportable la espera. Sabía el nombre del enemigo y no podía pronunciarlo. Era como conocer la palabra que abría una puerta y descubrir que decirla en voz alta la cerraba para siempre.

Fue entonces cuando la oyeron. Fuera, en la callejuela, la voz del reverendo Cobb y un rumor de pasos pequeños: llevaba a las afligidas de vuelta de algún rezo, y el camino pasaba por delante de la cárcel. Temperance se acercó a la ventana enrejada, y Silas detrás de ella, y las vieron pasar en la penumbra del atardecer, un puñado de niñas envueltas en capas oscuras siguiendo al pastor como patitos. Y al final del grupo, sin prisa, iba la más pequeña.

Al llegar a la altura de la ventana, Mercy Danvers volvió la cabeza.

No fue un gesto de niña. Las niñas, cuando pasan por delante de una cárcel de brujas, o apartan la vista con miedo o la clavan con esa curiosidad morbosa de la infancia. Mercy no hizo ninguna de las dos cosas. Volvió la cabeza despacio, sin curiosidad y sin miedo, y buscó la ventana enrejada con una puntería que no tenía nada de casual, y encontró en la oscuridad los ojos de Temperance, y luego los de Silas, y los sostuvo un instante. Y en ese instante —solo ese, y solo para ellos dos, que eran los únicos en el mundo capaces de leerlo— la cara se le quedó lisa. Se le cayó, un segundo, la niña doliente, como se cae un paño, y debajo no había nada de trece años: había una atención vieja y tranquila, la de quien mira una cuenta que ya tiene resuelta. No sonrió. No los amenazó. No hizo nada que ningún testigo pudiera repetir después. Solo los miró, el tiempo justo de que los dos supieran que ella sabía que ellos sabían, y de hacerles entender, sin una palabra, que daba exactamente igual. Y luego volvió a ponerse la cara, tan deprisa que si Silas no la hubiera estado mirando habría jurado que se lo había imaginado, y giró de nuevo hacia delante, y una de las otras niñas la cogió de la mano, y Mercy se dejó llevar como se deja llevar una huérfana cansada, y el grupo dobló la esquina y desapareció.

Temperance se quedó agarrada a los barrotes de la ventana mucho después de que la esquina se hubiera quedado vacía. No dijo nada. Silas tampoco. No había ya gran cosa que decir. Habían empezado la noche creyendo que descubrir la verdad les daría una herramienta, y la terminaban sabiendo que la verdad era una jaula más, tan cerrada como la de tablas en la que estaba metida ella. Fuera se apagaba la luz sobre la nieve sucia de la callejuela, y en algún lugar de aquel pueblo una niña de trece años cenaba en la mesa del reverendo, se dejaba arropar y daba las buenas noches con su voz clara, y contaba, tranquila, las noches que faltaban para la Candelaria. Igual que las contaba la cosa en la linde. Las dos, la del bosque y la de la casa del pastor, esperando lo mismo.

Cobb, que iba delante, no había visto nada. Las otras niñas no habían visto nada. En todo el mundo, solo dos personas encerradas en una cárcel —una acusada de brujería y el juez que iba a juzgarla, es decir, las dos personas a las que nadie creería jamás— habían visto resbalar la máscara. Y las dos entendieron, mirando la esquina vacía por la que se había ido, que ese era justo el sentido de que solo la vieran ellos.