El Último Juicio de Salem 21 La afligida
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21 La afligida

22 de enero de 1693

Silas no había vuelto a dormir desde la loma, y aquella noche, la segunda después de que colgaran a Silence, la pasó como pasaba ya casi todas: con los legajos abiertos sobre la mesa prestada de casa de Vane y una vela consumiéndose, buscando en el papel una salida que sabía que no estaba.

Solo que ahora miraba el papel con ojos nuevos. Antes había buscado un asesino: un hombre que aprovechara el pánico para colgar a quien le estorbaba, alguien con tierras que ganar o deudas que borrar. Había encontrado ese patrón —la tierra, la viudez, el saber— y había supuesto detrás una codicia corriente. Pero después de lo que le había contado Temperance, después de haber visto él mismo la cosa del bosque y haber leído el libro de su abuela, la pregunta ya no era quién ganaba tierras. Era quién ganaba con las muertes algo peor que tierras. Quién sabía que cada ahorcada no llorada engordaba a lo que esperaba en la linde, y las elegía por eso, y las servía.

Esa pregunta cambiaba a quién buscar. Un ladrón de tierras podía ser cualquiera con codicia; los había a montones. Pero alguien que supiera lo del bosque, que sintiera la cosa, que conociera el precio de las muertes no lloradas y lo cobrara a propósito, ese no podía ser cualquiera: tenía que ser, por fuerza, de la rara estirpe de los que perciben lo que hay al otro lado —la estirpe de Temperance, la suya propia sin él saberlo, la de los que nacen oyendo lo que los demás no oyen—. Y en un pueblo pequeño no había muchos así. Los que sentían la cosa eran pocos, y Silas empezó a repasar, ya no a los ambiciosos, sino a los sensibles: a quién, en Salem, se le erizaba la piel en los sitios y las horas justas.

Volvió a la rueda. En diciembre había cruzado todas las causas por sus fechas y había visto que las acusaciones no se esparcían al azar, como una mancha de aceite, sino que irradiaban de un mismo corro de afligidas, como radios de una rueda con un centro. Había buscado el centro. Había repasado a las ocho o nueve muchachas del corro una por una, y las había ido tachando: esta demasiado tonta para urdir nada, esta demasiado nueva, esta demasiado asustada de verdad. Y se había quedado sin candidata, con la certeza incómoda de que la respuesta estaba en la lista, delante de sus ojos, y de que la estaba pasando por alto.

Aquella noche entendió por qué la pasaba por alto. La pasaba por alto por la misma razón que la pasaba por alto todo el mundo: porque era la que menos sentido tenía sospechar. Porque en su lista figuraba, entre las demás, una niña de trece años, huérfana de la peste, pupila del reverendo Cobb, que no gritaba con las otras: lloraba quieta, que decía cosas que conmovían a la sala, y a la que el pueblo entero tenía por la más pura de todas, la víctima principal, la corderita a la que el Diablo cebaba con más saña. Nadie sospecharía jamás de ella. Ese era, se dio cuenta Silas con un frío que le subió por la espalda, exactamente el motivo por el que funcionaba. La coartada perfecta no era la falta de pruebas. Era la cara. Nadie busca al lobo dentro del cordero.

Y entonces, con la vela casi apagada, empezaron a encajar las piezas pequeñas, las que había archivado meses atrás como incomodidades sin sentido. El perro. El primer día, en la exhibición del corro, un perro del pueblo se había puesto a gruñir y a erizarse, y todos habían dicho que la bestia sentía al Diablo en las niñas afligidas; pero el perro no gruñía a las niñas, ahora lo recordaba con claridad: gruñía hacia una sola, y esa una era la quieta. El frío. En el solsticio, en la casa de reunión, cuando reventó la escarcha imposible en el muro del norte, la niña estaba en el centro del grupo, más quieta que ninguna, con la cara vuelta hacia el muro, «casi de atención», y el frío parecía juntarse alrededor de ella; todos lo habían leído como que el Maligno la asediaba a ella con más fuerza. Silas lo leyó ahora al revés: el frío no la asediaba. El frío venía con ella. Salía de detrás de ella, como sale el agua de un manantial. La niña no era la víctima del centro. Era el centro.

Se llamaba Mercy Danvers. Y Silas, que se había pasado semanas buscándole la cara al arquero, se dio cuenta de que la había tenido delante desde el primer día, llorando muy bien, dejándose consolar, mirándolo todo con esos ojos graves, y de que la había mirado cien veces sin verla, precisamente porque miraba buscando a un monstruo y ella tenía trece años y la cara limpia.

Se quedó mirando la mecha ahogándose en el sebo, con el estómago revuelto, ordenando lo que aquello significaba. Significaba que durante meses, mientras él cruzaba fechas y descartaba sospechosos con toda su inteligencia de jurista, la persona que buscaba había estado sentada en el primer banco de cada sesión, llorando en los momentos justos, y él le había dado, como todos, la única cosa que necesitaba para seguir operando: su compasión. La había protegido sin saberlo. Todos la habían protegido. El pueblo entero era su escudo, y el escudo estaba hecho de la pena que daba. Nunca había visto una defensa más perfecta, y llevaba diez años viendo a hombres defenderse. Los culpables se esconden; ella se había hecho intocable exhibiéndose, poniéndose en el centro, dejando que todos la miraran, porque sabía que cuanto más la miraran menos la verían.

Se levantó, apagó de un soplo lo que quedaba de vela, y salió hacia la cárcel en lo oscuro, sin sentir el frío, con una sola certeza terrible y todavía sin nombre para lo que iba a hacer con ella.

* * *

Cuando Silas terminó de contárselo, en voz baja, de este lado de los barrotes, Temperance se quedó un rato largo sin decir nada, porque estaba ocupada en dejar de mentirse.

Ella lo había sabido. No con la cabeza; con lo de dentro, que era donde una Fell sabía las cosas de verdad. Lo había sabido el día que Cobb llevó a las afligidas a la cárcel, cuando aquella niña quieta paseó la mirada por toda la celda y la posó en ella, y con la mirada llegó un frío que no venía de la niña sino de detrás de la niña, y la niña dijo, con una voz demasiado vieja para su cara, «esa no tiene miedo». Temperance lo había sentido entonces con una claridad que le había puesto el vello de punta: que aquella criatura no la miraba como mira una acusadora a una acusada, sino como mira algo a algo de su misma especie que va por el camino contrario. La había reconocido. Y Temperance la había reconocido a ella. Y luego había hecho lo que le había enseñado Remember, lo que tenía que hacer una guardiana decente: se lo había quitado de la cabeza. Se había dicho que sospechar de una huérfana doliente por una corazonada era hacer con ella exactamente lo que la máquina hacía con las acusadas; que una guardiana ve el mal en el bosque y no en la cara de la gente, so pena de volverse ella parte del bosque; que el instinto que le gritaba «esa niña está mal» era la misma voz que hacía colgar a inocentes. Y se había obligado a callarlo, y a dudar de sí misma, y a dejar libre a la única persona del valle a la que su instinto había señalado con razón. Ahí estaba la broma más cruel de todas, y Temperance la saboreó entera, amarga: que lo mismo que la hacía guardiana —la decencia de no acusar sin pruebas, la regla de ver el mal en el bosque y no en la cara de la gente— era justo lo que la dejaba indefensa ante una que se aprovechaba de esa decencia. Remember le había enseñado a no señalar a nadie, y esa enseñanza, que era buena, que la separaba de la máquina, era también la que le había atado las manos ante la única persona a la que sí había que señalar. Mercy contaba con eso. Contaba con que las mujeres decentes se morderían la lengua por miedo a volverse como Vane. La bondad de las guardianas era una de las herramientas de la anti-guardiana.

Ahora Silas le traía, por el camino de la razón, del papel y las fechas y los patrones, lo mismo que ella había enterrado por decencia. Y ya no lo podía enterrar más.

—No es lo que usted cree —dijo, despacio—. No es una asesina que aprovecha el pánico. Es peor. Es una de las mías puesta del revés.

Silas la miró sin entender, y Temperance buscó cómo decirlo, porque no había tenido nunca que decirlo, porque Remember le había hablado de muchas cosas del oficio pero nunca de esta, quizá porque nunca le había tocado verla.

—Una Fell guarda la linde estando —dijo—. Siente lo que hay al otro lado, se planta delante y no lo deja pasar. Es un don y es una carga; una nace oyendo lo que los demás no oyen, y luego elige toda su vida usarla para tener la puerta cerrada. —Miró la oscuridad—. Pues esa niña tiene la misma oreja. Siente la cosa igual que la siento yo, está conectada al umbral igual que yo, el frío la sigue como me seguiría a mí si yo hiciera lo que ella hace. Solo que ella no usa el don para cerrar la puerta. Lo usa para abrirla. Para llevarle de comer. Para engordar a la cosa en vez de tenerla a raya. Es lo que sería una guardiana si en lugar de guardar sirviera al hambre. Por eso el frío sale de detrás de ella, Silas. A ella el Diablo no la asedia; ella es la corriente por donde el Diablo pasa. Es la anti-guardiana. Y lleva desde el otoño, desde que colgaron a Remember y la linde se quedó sin nadie, cebando a la cosa con toda la gente que este pueblo quiere colgar, y nadie la ve porque va vestida de víctima.

Se hizo un silencio. Silas estaba blanco.

—¿Y por qué me miró a mí? —dijo Temperance, más para sí que para él, y sintió por primera vez, encajando esa última pieza, un miedo distinto de todos los anteriores—. En la cárcel, aquel día. De todas las presas, ¿por qué se fijó en mí? —No tenía la respuesta entera; le faltaban trozos que aún no sabía. Pero tenía el filo—. Porque soy la única Fell que queda viva. Porque para lo que sea que está haciendo, para lo que venga en la Candelaria, me necesita a mí, o necesita algo de mí, y ya me tiene apuntada. Me marcó aquel día como se marca una res antes del invierno. Y yo lo sentí, y lo callé, y me convencí de que era mala persona por pensarlo.