El Último Juicio de Salem 20 Lo indecible #2
63%

20 Lo indecible #2

—Yo no tengo una noche —dijo, despacio, mirando también a la oscuridad—. Yo tengo un siglo. Los míos también tenían un puesto en esa linde, y también lo dejaron, solo que ellos no lo dejaron una noche por miedo: lo dejaron para siempre, por comodidad, por respetabilidad, por no tener que creer en nada que no cupiera en un expediente. Yo vengo de los que se fueron. Si usted abrió una grieta aquella noche, magistrada, los míos llevan cien años abriéndola, y yo he venido hasta aquí a rematar la obra sentándome en un banco a colgar a la última que la guardaba. —Tragó—. Así que no la voy a perdonar, porque no me lo ha pedido y porque no me toca a mí. Pero no le voy a decir que fue la única que falló, porque sería mentira. Falló usted una noche con veintitrés años y muerta de miedo. Nosotros fallamos un siglo entero sin siquiera el mérito de tener miedo. Si a usted la condena aquella puerta cerrada, a mí me condenan diez generaciones de puertas cerradas. No está sola en eso. Es lo único que le puedo ofrecer, y no es consuelo. Es compañía.

Y Temperance, que había pasado tres meses convencida de que aquella culpa era un peso que solo ella podía cargar, que ni siquiera se podía nombrar, se encontró de pronto con que no lo era. Que había otro que cargaba la misma, más vieja y más grande. Que los dos venían, cada uno por su lado, de haber dejado la misma puerta abierta. No era perdón, lo que le daba; el perdón no estaba en su mano, y él lo sabía, y por eso no se lo ofreció, porque habría sido una moneda falsa, y a Temperance las monedas falsas la ofendían más que el silencio. Le daba otra cosa, más pequeña y más verdadera: le quitaba la exclusiva del fracaso. Durante tres meses había cargado su culpa como algo único, monstruoso, una cobardía tan suya que no cabía compartirla con nadie porque nadie más había estado en aquella cocina con aquella llave en la mano. Y resultaba que sí cabía. Que enfrente tenía a otro que había dejado entrar lo mismo por su propia puerta. Y algo que llevaba cerrado en ella desde septiembre, más apretado que el puño, cedió por fin; no se deshizo, no se curó, pero cedió, dejó de doler como duele lo que se carga a solas.

* * *

No supo quién se movió primero. Quizá ninguno; quizá los dos a la vez, del modo en que dos personas que se caen del mismo sitio se agarran a lo primero que encuentran.

Fue en la oscuridad, y en el frío que no se iba, y con la paja fría debajo, y no hubo en ello nada suave ni bonito de los que salen en las coplas. Hubo dos personas rotas por la misma mañana, con la misma muerte encima y la misma muerte esperándolas dentro de doce noches, que dejaron de hablar porque ya se habían dicho lo único que quedaba por decirse y ya no hacían falta más palabras. Temperance le buscó la cara con las manos en lo oscuro, y le encontró la barba áspera y la mandíbula tensa y el pulso saltándole en el cuello, y lo notó vivo, urgentemente vivo, tan vivo como ella, los dos todavía calientes en un mundo empeñado en enfriarlos. Y eso era, quizá, lo único que importaba aquella noche: que estaban vivos, y solos, y juntos, y que por unas horas nadie iba a colgarlos ni a comérselos ni a pedirles nada.

Ella tenía las manos frías, de tanto agarrar el hierro; él se las cogió y se las metió bajo la capa, contra el pecho, para calentárselas, y ese gesto —el de un hombre preocupándose por unas manos frías en mitad de todo— la deshizo más que ningún otro. Había algo en aquello que no se parecía a las coplas: era más pobre y más hondo. Era el frío de verdad, y la paja que picaba, y la ropa tiesa que se resistía, y dos cuerpos flacos de cárcel buscándose calor como se buscan calor los que van a pasar la noche a la intemperie. Y era, debajo de todo eso, la primera vez en meses que alguien la tocaba a ella —no a la acusada, no a la guardiana, no a la bruja, no a la pieza de un expediente, sino a Temperance, a la mujer que había debajo de todos aquellos papeles—. Se dio cuenta, con los ojos escociéndole en lo oscuro, de cuánta hambre de eso tenía sin habérselo confesado nunca. Se buscaron despacio y luego sin despacio, con la torpeza y el hambre de dos que llevaban semanas sin tocarse porque no se lo permitían, apartando la ropa tiesa de frío lo justo, buscándose la piel por debajo como se busca una hoguera. Él le decía cosas contra el pelo que ella no llegaba a oír del todo y que tampoco necesitaba oír; le bastaba el tono, ronco y roto y tierno, para saber lo que eran. Ella lo agarró como quien se agarra a algo que no piensa soltar, con las dos manos, con las uñas, y él la sostuvo igual, y en algún momento el frío de la celda dejó de importar, y la loma y la horca y el bosque y la Candelaria dejaron de existir, y solo quedaron ellos dos, respirando el mismo aire caliente en la oscuridad, tomándose el uno al otro con una desesperación que era, por debajo, pura ternura: la ternura feroz de quien sabe que esto puede no repetirse, que agarra la vida con las dos manos precisamente porque la ve tan cerca de acabarse.

No hablaron mucho después. Se quedaron enredados en la paja y en la capa de él, calentándose el uno con el otro, mientras la noche giraba despacio hacia el alba y el frío volvía a apretar en los rincones de la celda. Temperance escuchó su respiración ir aflojándose hasta casi el sueño, y no lo despertó. Se quedó mirando la oscuridad, con la cabeza de él pesándole en el hombro igual que le había pesado la de Silence la noche anterior, y sintió una cosa rara, agridulce, que no supo si era paz o solo el descanso de un animal que por una noche no tiene que estar alerta. No se engañó. Sabía perfectamente lo que había hecho y lo que no había cambiado. La grieta seguía abierta. Silence seguía muerta. La Candelaria seguía viniendo, doce noches más adelante, con su umbral fino y su deuda que pagar, y nada de lo de aquella noche la iba a librar de ir a la linde a plantarse ante la cosa aunque le costara la vida. Todo eso seguía en pie, esperándola al otro lado del alba, exactamente igual de terrible que el día anterior.

Pero por primera vez desde septiembre no iba a ir hacia ello sola. Y aquello, que no arreglaba nada, lo cambiaba todo.

Pensó, con la cabeza de él pesándole en el hombro, en lo que le esperaba: la linde, el umbral, la cosa, la deuda. Nada de eso había menguado. Pero se dio cuenta de que había dejado de pensar en la Candelaria como en el final, como en el día de su muerte, y había empezado a pensar en ella como en una tarea: la más difícil de su vida, la que quizá no sobreviviera, pero una tarea, algo que hacer, con las manos, en un sitio concreto, por una razón concreta. Y hacia una tarea se podía caminar. Del miedo puro no se sale; de una tarea, sí, aunque sea la última.

Fuera, muy lejos, en la linde vacía de la finca, algo que llevaba un siglo esperando siguió esperando, y contó, a su manera, las noches que faltaban.