El Último Juicio de Salem 20 Lo indecible
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20 Lo indecible

20–21 de enero de 1693

Se quedaron mucho rato así, cada uno a un lado del hierro, sin decir nada que sirviera de algo, hasta que el carcelero cojo asomó a decir que se hacía tarde y que él tenía que echar el cerrojo o le costaría el puesto, y Silas le puso en la mano lo que hiciera falta para que el cerrojo se echara con Silas dentro y no fuera, y el hombre, que llevaba semanas viviendo de aquellas monedas y de aquellos silencios, miró para otro lado como sabía mirar y los dejó.

Y entonces se quedaron los dos solos en la celda, de este lado de los barrotes, en la oscuridad y el frío, con el peso entero de la mañana encima.

Ninguno habló durante un rato largo. No había prisa, y no había nada útil que decir. Fuera, la aldea seguía con su vida: se oían, muy lejos, un perro, una puerta, la campana llamando a algún oficio, todos los ruidos pequeños de un pueblo que aquella mañana había colgado a una comadrona y ya lo había medio olvidado, ocupado en el pan y el ganado y el frío. Esa indiferencia del mundo, que seguía girando como si Silence Marsh no hubiera existido nunca, era casi peor que la horca; Temperance la sintió como una segunda muerte, la de la memoria. Y se acordó del pacto, y de que ella era ahora la única persona del valle que sabía la verdad de quién había sido Silence, y el peso de esa soledad se le juntó con todos los demás pesos que ya cargaba.

Temperance llevaba tres meses guardándose. Lo había hecho bien; era buena guardándose; se le daba tan bien como leer a un carcelero o contar los pasos de una ronda. Había mantenido a raya a aquel hombre desde el primer interrogatorio, lo había usado sin fiarse de él, le había puesto en la cara que no le servía un juez enamorado sino un juez con miedo, y había tenido razón en cada una de esas cosas. Pero Silence estaba muerta, colgada aquella misma mañana del roble de la loma, y Temperance había pasado el día convirtiendo el duelo en piedra para no partirse, y estaba cansada. Cansada de un modo que no tenía que ver con el sueño. Cansada de cargarlo todo sola, de ser la única de este lado del mundo que sabía, de no tener a nadie a quien contarle lo que le pesaba dentro desde septiembre. Y tenía delante, roto como ella, al único ser humano vivo que la creía, que había ido solo de noche a mirar a la cosa del bosque, que había peleado por salvar a Silence y había perdido, y que estaba allí, en su celda, no por deseo ni por trámite ni por interés, sino porque no podía estar en ningún otro sitio.

De modo que tomó una decisión, como tomaba todas: mirándola de frente y sabiendo lo que costaba. Decidió dejar de guardarse. No porque hubiera dejado de tener miedo, ni porque de pronto se fiara; los Fell no se fiaban a la ligera, y ella menos que ninguno. Lo decidió porque guardarse ya no la protegía de nada que importara, y porque había una cosa que llevaba a la espalda desde el otoño, más pesada que la horca, que necesitaba soltar antes de la Candelaria en la única boca del mundo que podía entenderla. Bajó la guardia como quien abre por fin una mano que llevaba demasiado tiempo cerrada en un puño. A propósito. Sabiendo que ya no la volvería a cerrar del todo.

Sabía lo que arriesgaba. Sabía que aquel hombre era, sobre el papel, todavía su juez; que la instrucción de Boston podía llegar a tiempo de salvarla de la horca o no llegar, y que en cualquiera de los dos casos ella tenía pensado hacer algo la noche de la Candelaria que no dependía de él ni de su clemencia. Nada de eso cambiaba con lo que iba a hacer. Bajar la guardia no era rendirse ni entregarle las llaves de nada; era dejar de estar sola con lo que llevaba dentro, una noche antes de tener que ir a jugarse la vida. Una guardiana elige cuándo se queda y cuándo se abre, igual que elige cuándo mira y cuándo aparta la vista. Aquella noche eligió abrirse. Fue una decisión, no una debilidad, y la tomó ella.

—Le voy a contar una cosa —dijo, en voz baja, en la oscuridad—. Y no quiero que me diga nada cuando termine. Ni que me consuele, ni que me perdone, ni que me diga que no fue culpa mía. Solo quiero que lo sepa, para que cuando lleguemos a la Candelaria sepa con quién va. ¿Me lo promete?

Silas la miró un momento en la penumbra y dijo que sí.

* * *

—A mi abuela la colgaron en septiembre —empezó Temperance—. Eso ya lo sabe. Lo que no sabe es lo otro.

Se sentó en la paja, con la espalda contra la pared fría, y Silas se sentó a su lado, sin tocarla, escuchando. Ella miraba al frente, a la oscuridad, no a él. Era más fácil así.

—La finca necesita a una de nosotras en la linde ciertas noches —dijo—. Ya se lo expliqué. La Atadura se renueva estando, y a veces se paga con algo más que estar. Hay noches en que el trato pide una entrega, y esas noches una Fell tiene que ir al umbral y darla, sea lo que sea, cueste lo que cueste. Remember me lo enseñó de niña. Me plantó sola en la piedra de la linde a los nueve años para que aprendiera a quedarme. Yo sabía hacerlo. Lo sabía hacer bien.

Hizo una pausa. No fue una pausa dramática. Fue la pausa de quien coge aire para leer en alto una cuenta larga.

—La noche que vinieron a por ella era una de esas noches —dijo—. Una noche de las que piden. Lo supe en cuanto se la llevaron; lo noté en el aire, como lo noto siempre. La linde iba a quedarse sin nadie justo la noche en que hacía falta pagar, y solo quedaba yo para ir. Remember lo sabía también. Cuando la sacaban de la casa, atada, entre los hombres de Vane, me buscó con los ojos. No dijo nada; no podía decir nada delante de ellos sin condenarme también a mí. Pero me miró, y yo entendí lo que me pedía con la mirada tan claro como si me lo hubiera gritado. Me pedía que fuera. Que la dejara a ella con su suerte y me fuera a la linde a ocupar su puesto y a pagar lo que hubiera que pagar aquella noche, porque eso era lo único que importaba, más que ella, más que yo, más que nada.

Silas no dijo nada. Cumplía su promesa. Temperance siguió, con la voz igual de plana, igual de seca, como si leyera el acta de otra persona.

—Y no fui —dijo—. Cerré la puerta de la casa con llave, me metí dentro, y no fui. Me quedé sentada en el suelo de la cocina, con la llave en la mano, oyendo alejarse a los hombres y a mi abuela, y no me moví en toda la noche. Amaneció, y no pasó nada esa madrugada; la cosa no cruzó, no se llevó a nadie, y durante unas horas hasta llegué a decirme que quizá me había asustado por nada, que quizá la linde aguantaba sola. Me lo dije mientras encendía el fuego, con las manos temblando. Y luego, a media mañana, lo sentí. No con los oídos. Con lo de dentro. Sentí la Atadura ceder, muy despacio, como cede una costura a la que le falta un punto: no se rompe de golpe, se afloja, y ya nunca vuelve a apretar del todo. Supe que había abierto algo que no se podía cerrar, y que lo había abierto por no atreverme a pagar una noche lo que había que pagar. Esa mañana tampoco lloré. Me quedé mirando el caldo enfriarse. Tuve miedo. Miedo de lo que había que pagar; miedo de ir sola al umbral en la peor de las noches con veintitrés años y sin nadie detrás; miedo, sobre todo, de morirme yo también. Así que me quedé dentro, a salvo, con la puerta cerrada, y dejé la linde vacía la noche que más falta hacía. Y por la mañana la Atadura se había agrietado. La sentí ceder desde la cocina, igual que sentí ceder lo de Silence esta mañana. Yo la abrí. El hielo que entra ahora, la cosa que engorda, el bosque que se acerca, las mujeres que cuelgan: todo eso entra por la grieta que abrí yo aquella noche por no atreverme a ir.

Se quedó callada un momento.

—A Remember la colgaron tres semanas después —dijo—. No volví a hablar con ella. No sé si me perdonó. Me imagino que no; yo no lo haría. Su última palabra hacia mí fue esa mirada pidiéndome que fuera, y lo último que supo de mí, si es que lo supo, fue que no fui. Que la nieta a la que enseñó a quedarse fue lo único que un Fell no debe ser, que fue una cobarde, y que corrió a esconderse la única noche en que su miedo tenía un precio de verdad. —Por fin volvió la cara hacia él, en la penumbra—. Por eso no ruego, magistrado. No es fortaleza. Es que ya gasté todo mi derecho a salvar el pellejo aquella noche, y no me queda. Y por eso, cuando salga de aquí en la Candelaria, voy a ir al umbral aunque me cueste lo que le costó a Remember, porque es la única manera que me queda de no ser del todo lo que fui aquella noche. No voy a la linde a ser valiente. Voy a pagar una deuda.

Terminó. Y se hizo el silencio del que se dice una cosa demasiado grande, el mismo silencio que se había hecho cuando le contó lo de Deliverance, solo que peor, porque esto no era lore de familia ni cosa antigua: esto era ella.

Silas cumplió su promesa hasta el final: no la consoló, no le dijo que no había sido culpa suya, no intentó arreglarla. Hizo algo mejor, y peor, y más difícil, que fue quedarse dentro de aquello con ella, sin escaparse por la puerta fácil del consuelo. Tardó en hablar. Y cuando lo hizo, no dijo lo que dicen los que quieren que un dolor se acabe pronto.