19 Silence #2
No hablaron mucho. No hacía falta; llevaban semanas diciéndoselo todo con menos palabras cada día. Se conocían de poco y de mucho a la vez: de poco, porque hacía apenas unas semanas que compartían aquella paja y aquel frío; de mucho, porque no hay intimidad como la de dos mujeres que esperan la horca en el mismo rincón y deciden no mentirse. Silence le había contado su vida en retazos a lo largo de aquellas noches —el marido pescador que se tragó una galerna, los hijos que no llegaron, los cientos de criaturas ajenas que sacó a la luz con estas manos para llenar el hueco—, y Temperance, que a casi nadie le contaba nada, le había contado más de lo que le contaba a nadie, aunque nunca lo más hondo, nunca lo de Remember, porque eso no se lo contaba ni a sí misma. Habían llegado a quererse con ese cariño áspero y sin aspavientos de la gente que ha sufrido demasiado como para gastar ternura en tonterías. En algún momento de la madrugada, Silence rompió el silencio para decir, con esa sequedad cálida que era su manera de acariciar, que no tuviera Temperance pena por ella, que a los cuarenta años una comadrona ya ha visto morir a bastante gente como para haberle perdido el respeto y casi el miedo a la muerte, y que lo que le esperaba en la loma no era lo peor que le podía pasar a una mujer, ni de lejos. Lo peor, dijo, y ahí sí le tembló un poco la voz, era otra cosa. Lo peor era que dentro de veinte años las criaturas que ella había sacado a la vida —incluidas dos de las mozas que la habían señalado, que ella misma había ayudado a nacer una noche de tormenta— crecieran contándose que la comadrona Marsh había sido una bruja, una sierva del Hombre Negro, y que sus manos, las manos que las habían recibido, habían sido manos del Diablo. Eso, dijo, sí que era morir del todo.
Y Temperance le hizo la única promesa que podía hacerle, la que ya se habían hecho en voz baja semanas atrás y que ahora selló como se sella un juramento: que ella se acordaría. Que mientras a Temperance le quedara un día de vida, habría en el mundo una persona que sabría la verdad de quién había sido Silence Marsh: no una bruja, sino una mujer que se pasó la vida metiendo las manos en la sangre y el frío de las cuatro de la mañana para que otras no murieran solas. Que ese recuerdo verdadero existiría, guardado, aunque todo el pueblo repitiera la mentira. Era lo único que la máquina no podía robar, y Temperance juró guardarlo, y Silence, oyéndolo, se quedó por fin tranquila, y hasta se rió un poco, bajito, de algo que no dijo.
Antes de que clareara le pidió una última cosa, la única que pidió en toda la noche, y la pidió como quien encarga un recado sin importancia: que cuando aquello acabara —lo dijo así, «cuando aquello acabe», dando por hecho que Temperance saldría de allí de un modo o de otro, porque Silence, que sabía leer a la gente casi tan bien como ella, había entendido hacía tiempo que la muchacha del rincón no pensaba morir en aquella loma— fuera a ver a una comadrona de la aldea vecina, una tal viuda Hobbs, y le dijera que Silence Marsh le dejaba sus cosas: el arca de los partos, los hierros, las hierbas. Que el oficio no se perdiera. Que siguiera habiendo en el valle unas manos que supieran recibir la vida, aunque a las suyas las hubieran colgado por ello. Temperance se lo prometió, y fue una promesa rara de hacer, con la mujer todavía viva y caliente a su lado; pero las dos entendieron que era la manera que tenía Silence de seguir trabajando después de muerta, y ninguna lo estropeó llorando.
Cuando vinieron a por ella al amanecer, Silence se levantó sola, se alisó la falda, apretó una vez la mano de Temperance —una sola vez, fuerte, como apretaba Remember— y salió sin mirar atrás, porque mirar atrás era pedir, y ella tampoco pedía.
Temperance no la vio morir. Pero la sintió.
Estaba de pie en el centro de la celda, agarrada a los barrotes, con la vista clavada en el norte, cuando le llegó. Supo la hora exacta de la muerte de Silence sin necesidad de campanas, porque en el instante en que ocurrió sintió el tirón, ese tirón que ya conocía de más veces de las que quería, pero esta vez cargado de una obscenidad nueva, personal, insoportable: sintió cómo la muerte de Silence —de su Silence, de la mujer que le había apoyado la cabeza en el hombro toda la noche— no se perdía en el vacío ni subía a ningún cielo, sino que era arrastrada, robada, tragada por la cosa del bosque como un buen bocado que le echaban desde la loma; sintió la Atadura ceder un palmo entero de golpe, con un gemido en algún hueso del mundo que solo ella oía; sintió engordar a lo que esperaba en el umbral, y acercarse un poco más la Candelaria, y volverse un poco más fino el velo, todo a costa de la vida de la mejor mujer que había conocido en aquella cárcel. No había en el mundo obscenidad más grande, y Temperance la sintió entera: que a Silence no le hubiera bastado morir a manos de los hombres, que su muerte fuera encima a engordar a lo mismo contra lo que las Fell llevaban siglos plantadas; que la comadrona que se pasó la vida trayendo vida terminara de pasto de la cosa que se alimenta de muerte. Era como si el mundo se hubiera puesto del revés y celebrara la peor de sus caras. Le habían quitado a su amiga y con el mismo gesto habían alimentado a su enemigo. La injusticia y el horror eran, de pronto, la misma cosa, entrando por la misma herida.
Y Temperance no se derrumbó. Podría haberlo hecho; casi habría sido un descanso. Pero se quedó de pie, agarrada al hierro, con los ojos secos y ardiendo, dejando que el dolor se le endureciera dentro hasta convertirse en otra cosa, en algo con filo, en una rabia fría y sin fondo contra la máquina de hombres asustados que colgaba sanadoras para dárselas de comer a la oscuridad sin saber siquiera lo que hacía. No lloró. Llorar era gastar. Se juró, en cambio, tres cosas, apretando los barrotes hasta que el hierro le dejó marca en las palmas: que se acordaría de Silence, como le había prometido; que si conseguía salir de aquella celda la noche de la Candelaria, plantaría a la cosa del bosque en la linde y le haría devolver, con intereses, cada palmo que le habían regalado; y que la mano que estaba detrás de todo aquello, la que Silas veía y no podía nombrar, la que dirigía las bocas de las niñas hacia mujeres como Silence, iba a lamentar el día en que empezó.
Estaba en eso, dura y seca como una piedra, cuando oyó pasos en el corredor, y una llave, y la puerta, y levantó la cara esperando al carcelero.
Era Silas.
Venía de la loma. Traía la nieve derretida en los hombros y en el pelo, y traía en la cara algo que Temperance no le había visto nunca: no el desasosiego del juez con dudas, ni el terror del hombre que ha visto al Invitado, sino la cara lisa y hueca de quien acaba de romperse del todo y todavía no lo sabe. Se quedó al otro lado de los barrotes sin decir nada, mirándola, con las manos vacías colgando a los costados. No había ido a interrogar a nadie ni a cumplir ningún trámite ni a traer ninguna noticia; había ido, sin más, porque era el único sitio del mundo donde había otra persona que sabía exactamente lo que acababa de perderse en aquella loma, y no podía estar en ningún otro.
Se miraron a través del hierro sin decirse nada, mucho rato. No había nada que decir que sirviera de algo. Él no le pidió perdón —sabía que no había perdón que pedir, y que ofrecerlo habría sido una obscenidad más—, y ella no lo consoló, porque no le quedaba consuelo para nadie y porque él tampoco lo buscaba. Solo estuvieron el uno frente al otro, cada uno con su pedazo del mismo duelo, dos personas a las que aquella mañana les había quitado algo que no iban a recuperar; y por primera vez desde que se conocían no hubo entre ellos ni desprecio, ni cálculo, ni desconfianza, ni la ley, ni el bosque: solo dos seres humanos rotos compartiendo el peso de una muerte. Y Temperance, que llevaba toda la mañana convirtiendo el dolor en piedra para no partirse, miró a aquel hombre deshecho al otro lado del hierro —el juez que había fracasado en salvar a su amiga, el enemigo que ya no era enemigo, la otra mitad rota de algo que ninguno de los dos entendía todavía del todo— y sintió que la piedra que se había construido dentro empezaba, muy despacio y muy peligrosamente, a resquebrajarse.