19 Silence
19 de enero de 1693
La noticia llegó de Boston tres días antes, y a Silas debería haberle dado esperanza. Le dio, en cambio, un miedo peor que todos los anteriores.
Venía en una carta, medio rumor y medio orden, y decía que en la capital había cambiado el viento. Que las voces sensatas —hombres de leyes, un par de pastores de peso, el propio gobernador presionado desde el otro lado del mar— habían empezado a mirar con horror lo que estaba pasando en aquellos pueblos, y que se preparaba una instrucción para atar corto a los tribunales: que no bastaría la prueba espectral, que un sueño o una visión de una moza no podría volver a colgar a nadie, que las causas dudosas pasarían a una corte superior de garantías. Era, en el papel, el principio del fin de la locura. Y Silas, que llevaba semanas rezando en su fuero interno por algo así, lo leyó y se le heló la sangre, porque conocía a Vane, y conocía la aritmética de los hombres como Vane, y supo al instante lo que la carta significaba para los presos de aquella cárcel: que había que darse prisa.
Era la peor de las ironías, y Silas la sintió como una bofetada: que la salvación viniera de camino y que su misma cercanía firmara la sentencia de los que aún no habían caído. Si la carta hubiera llegado un mes antes, o si Vane hubiera sido un hombre menos cabal en su fanatismo, aquellas mujeres habrían vivido. Pero llegaba ahora, y Vane era quien era, y la carrera estaba echada: de un lado, unos jinetes con una orden de clemencia cabalgando desde Boston por caminos de nieve; del otro, un pastor y un terrateniente decididos a colgar a cuanta gente pudieran antes de que aquellos jinetes llegaran. Y en medio, en una cárcel de tablas, una docena de personas cuya vida o muerte dependía de cuál de las dos cosas fuera más rápida.
Y se dieron prisa.
Vane convocó al tribunal esa misma tarde, con una urgencia que disfrazó de celo y que era pánico puro: pánico a que le arrebataran su obra antes de terminarla. Sobre la mesa puso un lote de causas —las más maduras, las que ya tenían confesiones o testimonios de las afligidas—, y propuso verlas y sentenciarlas juntas, sin más dilación, «antes de que la tibieza de la capital nos ate las manos y devuelva a estas gentes al Enemigo». Cobb lo secundó con su vozarrón de duelo, todavía caliente de Ezra. Y entre las causas del lote, con su hoja delgada y su acusación miserable, estaba la de Silence Marsh.
Silas peleó. Lo hizo del único modo que le quedaba, el modo que no lo delataba: con la ley en la mano. Argumentó que sentenciar a la carrera, sabiendo que se avecinaba una instrucción superior, era exponer al tribunal entero a la revisión y a la vergüenza; que la prueba contra la Marsh —la palabra de una moza y un parto malogrado dos años atrás— no se sostendría ni un minuto ante una corte de garantías; que lo prudente, lo que salvaba la cara de todos, era esperar. Habló como el mejor jurista de la sala, midiendo cada palabra, sin dejar asomar ni una vez lo que de verdad sabía, porque decir «esa mujer es inocente y colgarla alimenta a la cosa del bosque» era regalarse a sí mismo a la horca sin salvar a nadie. Vane lo escuchó con paciencia de propietario y le respondió, sin alzar la voz, que un magistrado que a estas alturas dudaba de la prueba de las afligidas debería preguntarse de qué lado estaba; que la capital estaba lejos y la turba, cerca; y que si las causas no se resolvían con firmeza y pronto, el pueblo, alterado como estaba tras la muerte del pobre Ezra, se tomaría la justicia por su mano, y entonces sí que rodarían cabezas sin proceso ninguno. Lo dijo como quien hace un favor. Cobb añadió, con lágrimas de verdad en los ojos, que cada día que aquellas mujeres seguían vivas era un día que el Enemigo tenía asidero en Salem, y que él no pensaba responder ante Dios por haber sido tibio. Y los demás magistrados, hombres pequeños y asustados, miraron al suelo y votaron con Vane. Silas oyó su propia voz pedir, por última vez, que al menos se separara la causa de la Marsh, la más floja de todas, para verla con más calma. Nadie lo secundó. Y perdió. Perdió porque Vane no quería prudencia sino cadáveres antes del deshielo político; perdió porque Cobb invocó a los muertos y al Enemigo y el miedo de la sala pesó más que la lógica; perdió porque era uno contra una máquina, y ni siquiera podía usar la única arma que la habría parado. Le concedieron una sola cosa, y no por él: las dos presas embarazadas quedaron aplazadas hasta que dieran a luz, porque ni Vane se atrevía a colgar a un no nacido. A las demás las sentenciaron aquella tarde. La ejecución se fijó para la mañana siguiente.
Silas había visto muchas salas de justicia torcerse, pero nunca había visto con tanta claridad lo que de verdad era una sala así: una máquina para convertir el miedo de unos cuantos hombres en actos con sello y firma, disfrazada de templo de la verdad. Aquella tarde no se pesó ni una prueba de veras. Se contó una sola cosa: cuántos votos quería Vane y cuántos tenía. Y los tenía. Silas había argumentado con toda la frialdad de su oficio, había sido el más inteligente de la sala, y no había servido de nada, porque la inteligencia no vota; votan los hombres, y los hombres de aquella mesa tenían más miedo de la capital que de Dios, y más miedo de Dios que de su propia conciencia. Se descubrió, al levantarse, pensando algo que tres meses atrás lo habría espantado: que él, con su ley y su rigor y su expediente impecable, había sido durante años exactamente eso —un voto con toga, una pieza limpia de una máquina sucia—, y que la única diferencia entre él y Vane era que Vane no lo sabía.
Silas salió del tribunal y vomitó en la nieve, detrás de la casa de reunión, donde nadie lo viera.
La mañana amaneció despejada y cruel, de ese frío limpio y azul que no tiene la decencia de acompañar el luto con nubes. Subieron a las condenadas a la loma, a la sombra del mismo roble del que llevaba colgada desde septiembre, tiesa y ennegrecida por las heladas, la soga que nadie se había molestado en descolgar. Se había juntado gente. No toda la que Silas temía —había caras en las ventanas que no salieron, y un par de hombres que se quitaron el sombrero y miraron al suelo—, pero sí suficiente: los curiosos, los devotos, los que necesitaban ver el mal derrotado para dormir tranquilos. Hacía un frío que quemaba. La nieve de la loma estaba pisoteada y sucia de tanta gente, y el aliento de la multitud subía en una nube que se deshacía enseguida en el aire quieto. Subieron primero a las otras condenadas, mujeres a las que Silas apenas conocía de nombre, y una a una fueron cumpliendo el mismo trámite terrible y breve con una eficacia que era quizá lo más obsceno de todo: la costumbre. Salem había colgado a tanta gente aquel año que ya lo hacía sin ceremonia, como quien sacrifica reses antes del invierno. Nadie gritó. Un par de mujeres rezaron. El verdugo trabajaba con la cara cerrada de un hombre que hace un oficio que odia y del que no puede salirse. Silas estaba obligado a asistir, con los otros magistrados, en la primera fila del horror. No apartó la vista. Se lo debía; era lo único que ya podía darle, mirar sin pestañear lo que su firma y su cobardía ayudaban a hacer.
Silence Marsh subió a la loma la última, y subió como había subido Remember: sin encorvarse, sin rogar, sin confesar una culpa que no tenía. Le habían quitado la cofia y llevaba el pelo gris suelto al viento helado. Miró a la multitud con esos ojos suyos de comadrona que habían visto entrar y salir de este mundo a media aldea, y no encontró en ellos ni terror ni súplica; encontró algo mucho más terrible para quien supiera mirar: una pena enorme y serena, la pena de quien conoce a la gente que la está matando, de quien ha traído al mundo a algunos de los que ahora la miran morir. Cuando el reverendo le ofreció una última ocasión de confesar y salvar su alma, Silence habló, con voz clara, sin rabia, lo justo para que la oyeran los de delante: dijo que había pasado la vida trayendo criaturas de Dios a la luz con estas dos manos, y que si por eso la colgaban, la colgaban por su oficio, y que Dios sabría reconocer sus manos cuando le llegara la hora. No dijo más. No hacía falta más. El pastor apartó la cara. Le echaron el lazo. Fue rápido, y fue silencioso, y fue lo más terrible que Silas había visto en su vida precisamente por lo poco que tardó y lo poco que se oyó: un instante había una mujer de pie al viento, con el pelo gris suelto, mirando al frente, y al siguiente ya no la había, y el mundo seguía igual, con su cielo azul y su frío limpio, como si no acabara de faltarle nada. Y Silas Thorne, magistrado de Su Majestad, de pie en la nieve azul con las manos cruzadas a la espalda para que no le temblaran, vio morir a una mujer buena por un delito que no existía, y sintió cómo lo poco que quedaba de él se hacía pedazos, y supo, con una certeza fría y definitiva, que no había vuelta atrás, que había cruzado a un lugar del que ningún hombre regresa siendo el mismo, y que ya nunca podría llamarse limpio.
* * *
En la celda, Temperance había pasado la última noche despierta, con la cabeza de Silence apoyada en su hombro.