22 Nadie la creerá #2
Lo decía sin miedo, porque el miedo era un lujo que no se podía permitir, pero por dentro reconocía algo que la desasosegaba más que la propia soga: que aquella criatura pensaba como pensaba ella. Con la misma paciencia, la misma economía, la misma costumbre de mirar el tablero entero y mover lo justo. Temperance se había pasado la vida siendo la más lista de cada cuarto en el que entraba, la que veía tres jugadas más allá, la que manejaba carceleros y ordenaba celdas. Y por primera vez tenía enfrente a alguien que jugaba a su mismo nivel, o por encima, y que además tenía todas las cartas: la cara que la protegía, el pueblo que la creía, el tiempo corriendo a su favor. Enfrentarse a una fuerza tonta y grande daba miedo. Enfrentarse a una inteligencia igual que la suya, metida en el cuerpo de una niña a la que nadie tocaría, daba algo peor que miedo.
Pero fue al decir la fecha en voz alta cuando algo se le movió por dentro, un desasosiego que no era solo el de saberse con los días contados. Se quedó mirando el muro, haciendo sus cuentas, las de siempre, las del calendario oculto que le enseñó Remember. La Candelaria. La noche más delgada del invierno, la primera bisagra del año, la noche en que el velo se abría al revés y el umbral pedía. La peor noche. Y a ella la iban a colgar precisamente esa mañana.
No era casualidad. Temperance lo supo con esa certeza de las tripas que rara vez le fallaba, y sintió un frío distinto del de la celda. Aquella niña sabía lo mismo que ella del calendario; sentía la cosa igual que ella; conocía, por fuerza, lo que era la Candelaria y lo que pedía. Y había maniobrado para que a la última Fell del valle la colgaran justo esa mañana. ¿Por qué esa mañana y no cualquier otra? ¿Por qué gastar una jugada tan fina en la fecha, si una soga cuelga igual en enero que en marzo? Solo había una respuesta, y a Temperance no le gustó ninguna de sus formas: que Mercy la quería a ella en un sitio concreto, en un momento concreto. Que la fecha no era el final de un plan, sino una pieza de otro. Que la estaba colocando.
No sabía para qué. Le faltaban trozos —qué quería exactamente la niña de la Candelaria, qué papel le tenía guardado a ella, por qué necesitaba a una Fell y no le bastaba con matarla y ya está— y sabía que no iba a averiguarlos a tiempo desde una celda. Pero tenía el filo, y el filo bastaba para entender lo esencial y espantoso: que todo lo que a Temperance se le pudiera ocurrir hacer la noche de la Candelaria era, probablemente, exactamente lo que aquella niña quería que hiciera.
* * *
Y aun así, esa misma noche, Temperance decidió hacerlo.
Se lo explicó a Silas de este lado del hierro, en voz baja, con la calma del que ha dejado de tener alternativas y encuentra en eso una extraña libertad.
—No voy a salir por la puerta del tribunal —dijo—. Eso ya lo sabíamos, y ahora tengo fecha para confirmarlo. No podemos denunciar a la niña sin colgarnos los dos. A usted lo están apartando, así que dentro de unos días no le quedará ni el poco poder que tenía. Cada camino que hemos mirado está tapiado. Todos menos uno. —Lo miró—. El que ella misma me está abriendo sin querer, o queriendo, da igual. Me van a colgar la mañana de la Candelaria. Eso quiere decir que la noche de antes, la noche que importa, la noche más delgada, yo todavía estaré viva y en esta celda. Y esa noche pienso salir de aquí.
Le contó entonces lo que no le había contado a nadie, ni a Silence: el relevo lelo de las noches sin luna, las horas de las rondas aprendidas por el frío y las campanas, el gancho de hierro escondido con el que ya había abierto su cerrojo tres veces. Le contó que su plan, desde hacía semanas, no era huir —los Fell no corren— sino volver a su puesto: plantarse en la linde de la finca, sin guardia por primera vez en un siglo, y estar allí la peor noche, como le enseñó su abuela. Solo que ahora ese plan era otra cosa, más grande y más clara.
—Antes iba a ir a la linde a guardar —dijo—. A ponerme delante de la cosa y aguantar. Ahora sé que no basta con aguantar, porque no es solo la cosa: es ella, con un designio que no entiendo, empujando hacia esa noche. Así que no voy a ir a defender una puerta. Voy a ir a la fuente. A donde todo esto nace, a la linde, la noche en que ella lo ha preparado todo, a plantarme en medio de lo que sea que quiere hacer y a zanjarlo allí, porque es el único sitio del mundo donde todavía se puede hacer algo. En el tribunal no. En Boston no. En la cara de esa niña delante de la gente, no. Allí. Esa noche. Es la única salida que me queda, y tiene la gracia amarga de ser, seguramente, adonde ella quiere llevarme. Pues iré con los ojos abiertos. Prefiero caer en su trampa haciendo algo a que me cuelguen por la mañana sin haberlo intentado.
Y había algo más, algo que no le dijo a Silas porque no le hacía falta decírselo a nadie, algo que llevaba dentro desde la noche que confesó. Aquella era, por fin, la manera de pagar la deuda. La noche que se llevaron a Remember, Temperance había cerrado una puerta con llave y no había ido al umbral en su lugar, y el hielo entraba por esa grieta. Ahora la Candelaria le ofrecía la única cosa que aquella cobardía no le había dejado tener: volver al umbral, esta vez de verdad, esta vez sin llave y sin miedo bastante para detenerla, a hacer lo que aquella noche no hizo. No sabía si sobreviviría; casi contaba con que no. Pero prefería morir en la linde, de cara a la cosa, como le enseñó Remember, que en la loma, colgada, dándole a Mercy la última pieza limpia de su plan sin haber movido un músculo por impedirlo. Si iba a caer, caería quedándose. Los Fell se quedan.
Silas la escuchó sin interrumpir, y cuando ella terminó, entendió que le tocaba a él, y entendió también, con una humildad nueva, que su papel no era salvarla ni resolver nada, porque no sabía cómo, y porque esta salida no era suya: era de ella. Lo suyo era otra cosa.
—Entonces no irá sola —dijo—. El libro decía que hacían falta las dos ramas, ¿recuerda? Los Fell y los míos, dos manos de un cuerpo. Llevo un siglo de deserción a la espalda y no sé guardar ni cerrar nada, eso ya lo sabemos; pero tengo el libro, y tengo la sangre, y por primera vez en cien años las dos manos están vivas a la vez. No sé si servirá de algo. Puede que no sirva de nada. Pero si usted va a esa linde la noche de la Candelaria, yo voy a estar con usted, porque es el único sitio donde mi sangre y su puesto valen para lo mismo, y porque no pienso quedarme en un banco viendo cómo la máquina hace lo suyo una vez más.
Temperance no le dio las gracias —seguía sin ser mujer de dar las gracias— pero asintió una vez, despacio, y en ese asentimiento había más de lo que había habido nunca entre ellos. Quedó fijado, sin ceremonia: la noche de la Candelaria, los dos, en la linde de la finca. Ella saliendo de una cárcel cerrada para volver a un puesto vacío; él bajando con un libro de hace un siglo y una sangre que apenas empezaba a entender. Contra una niña de trece años que ya los esperaba allí, que había limpiado el tablero pieza a pieza para que solo quedara ese cuadro, y que contaba, tranquila, en la casa del reverendo, las mismas noches que contaban ellos.
Era una cita extraña la que habían concertado sin decirlo del todo: los tres convergiendo en un mismo punto del mapa y del calendario, la linde de la finca Fell, la noche más delgada del año. La niña iría a rematar un designio de meses. Ellos irían a plantarse en medio, con un libro viejo, una sangre a medio despertar y un puesto que llevaba un siglo esperando a alguien que se quedara en él. Cuál de las dos cosas pesaría más cuando llegara la hora, ni Temperance, con todo su cálculo, era capaz de adivinarlo. Solo sabía que allí se decidiría, y que allí estaría ella, viva, en pie, mirando.
Faltaban diez.