16 La Luna del Lobo
12–14 de enero de 1693
Temperance supo que la noche había llegado por cómo le pesó el aire en el pecho al despertar, mucho antes de que ninguna campana diera la hora.
La luna llena de enero. La Luna del Lobo, la llamaban los viejos, la de la mitad más muerta del invierno, cuando el hambre echa a los lobos de los bosques hacia los corrales y hay que velar el ganado. Pero eso era lo que sabían los que no sabían nada. Los que sabían la llamaban por otra cosa: por ser, junto con el solsticio y la Candelaria, una de las noches en que el mundo se pone delgado, en que la piel que separa lo de aquí de lo de allá se afina hasta el papel. El solsticio había sido tres semanas atrás, y aquella noche, encadenada, ella había velado sin cerrar los ojos y la piel había aguantado. Pero desde entonces habían colgado a más gente, y habían dejado morir a Ezra sin llorarlo, y habían llenado el valle de un odio espeso que era justo el alimento que la cosa del bosque sabía comer. Y ahora venía la Luna del Lobo a encontrarlo todo peor: más fuerte la cosa, más fino el velo, y la linde de los Fell sin una sola mano en el pestillo por primera vez en más años de los que ella sabía contar.
Remember le había hablado poco de aquella noche, y siempre con la voz baja con que se habla de lo que da miedo de verdad. Le había dicho que el solsticio era la noche del año que muere, cuando la cosa se acerca a la cerca a olfatear, pero que la Luna del Lobo era otra clase de peligro: la noche en que el hambre aprieta. Que si el solsticio era la cosa mirando la casa desde el bosque, la Luna del Lobo era la cosa probando el pestillo. Y que a una Fell le tocaba estar en la linde esa noche más que ninguna, despierta, plantada, haciendo con su sola presencia el trabajo que no se hace con nada más, porque en esa noche no bastaba con haber velado el año entero: había que estar, esa noche, ahí.
Sintió cómo empezaba. No con los ojos, ni con los oídos: con esa parte de ella que Remember había pasado la vida enseñándole a no cerrar, la parte que sabía cosas que no se pueden demostrar. Sintió, desde su celda a media legua, cómo el frío se juntaba allá en el norte, en la linde, sobre la nieve intacta del umbral de la casa muerta, y cómo lo que llevaba siglos empujando contra aquella puerta encontraba, por fin, la puerta sin guardia y el mundo delgado, y empujaba con todas sus ganas. Notó la contención cediendo, no de golpe, sino como cede un dique al que le sobra agua: un gemido en la piedra, un palmo ganado, otro. Y notó, con una angustia que le apretó la garganta hasta hacerle daño, lo que significaba estar donde estaba: que la única persona viva capaz de plantarse en aquella linde y decir «aquí estoy, no pasas» se encontraba tumbada en la paja de una cárcel, con un gancho de hierro inútil escondido en la manga, a media legua de donde hacía falta, y sin ninguna manera de llegar a tiempo aquella noche.
Se levantó. Se puso de rodillas en el suelo helado, no a rezar —los Fell no le rezaban a nada que ella supiera— sino porque no soportaba sentir aquello tumbada, como una enferma. Y por primera vez desde que la prendieron, hizo lo único que le quedaba por hacer, que era ridículo y que no iba a servir de nada y que hizo igual: se concentró en la linde con toda su alma, con todo lo que Remember le había metido dentro, y empujó de vuelta. Desde lejos. Sin estar. Como quien intenta sostener con la mirada una puerta que se abre a una legua de distancia. Sabía que no bastaba. Sabía que la guarda no se hacía con las ganas sino con el cuerpo, con estar, con quedarse; que se pagaba de otra manera; que una guardiana en una jaula no era una guardiana sino una mujer arrodillada en el frío haciéndose ilusiones. Pero era lo único que tenía, y lo dio entero, apretando los dientes, mientras allá en el norte el dique gemía y el frío ganaba palmos y algo muy viejo y muy hambriento se asomaba, por primera vez en un siglo, a un umbral que nadie guardaba.
Nunca lo había sentido tan fuerte. Ni de lejos. En el solsticio, la cosa había mirado; aquella noche, la cosa empujaba, y empujaba con un hambre que Temperance notaba como se nota el calor de una hoguera a través de una pared: enorme, paciente, a punto de pasar al otro lado. Arrodillada con la frente pegada a la piedra helada y los ojos apretados, empujando de vuelta con una fuerza que sabía insuficiente, hizo lo otro que le quedaba además de empujar, que fue hablarle. Sin voz, hacia el norte, hacia la linde, hacia lo que fuera que estaba a punto de cruzar por la puerta de su familia. Le dijo: todavía queda una. No has ganado. Y no supo si aquello, lanzado desde una jaula a media legua, llegaba a alguna parte, ni si servía de algo, ni si la cosa entendía las palabras o solo el hueso de terquedad que había debajo. Solo supo que lo dijo con todo lo que era, y que al decirlo, allá en el norte, por un instante que no supo medir, tuvo la sensación imposible de que algo se detenía a escucharla.
* * *
A media legua de allí, Silas Thorne caminaba hacia el norte por la nieve sin saber muy bien por qué.
Llevaba tres horas dando vueltas en el catre de casa de Vane, y cuando por fin se había levantado y echado la capa por encima, lo había hecho sin un plan, empujado por una necesidad sorda y sin palabras de ir hacia allí. Hacia el norte. Hacia los últimos cercados y el bosque de detrás, hacia la finca vacía de los Fell, a la que solo había ido una vez, de noche, con ella. No sabía qué lo llamaba. Se dijo, mientras las botas se le hundían en la nieve azul de luna, que iba a comprobar una hipótesis, que si en aquel lugar pasaban cosas raras quizá una noche de luna llena pasarían más y podría verlas con sus propios ojos de magistrado. Pero era mentira, y en el fondo lo sabía. Ningún hombre en su sano juicio sale a caminar solo, de madrugada, con un frío que mata, hacia el sitio del que debería huir. Lo que lo movía venía de más abajo que la cabeza, de un sitio suyo que no tenía nombre, de algo que llevaba semanas tirando de él hacia aquella linde como tira el hilo del anzuelo clavado, y que aquella noche, la de la luna gorda, tiraba tan fuerte que había dejado de poder resistirlo.
Cruzó el pueblo dormido sin encontrarse a nadie, y le pareció, aunque se dijo que eran figuraciones, que las pocas luces de las ventanas se apagaban a su paso, como si la aldea entera se encogiera y cerrara los ojos para no ver lo que venía. Los perros no ladraron. Eso lo recordaría después: que en todo el camino ni un solo perro ladró, cuando un forastero cruzando de noche debería haber levantado a la jauría del valle. Estaban callados. Encogidos en sus casetas, gimiendo bajito, con esa sabiduría de los animales que huelen la tormenta antes que el cielo. Y cuanto más se acercaba a los últimos cercados, más se le encogía a él también algo por dentro, un animal viejo agazapado en la boca del estómago que le decía, con la misma voz sin palabras de los perros, que aquel no era sitio para un hombre, que se volviera, que aún estaba a tiempo. Siguió andando.
El frío empezó a cambiar cuando llegó a la altura del último cercado.
Lo notó porque era el mismo cambio que había sentido la noche que se llevaron a Ezra, y que no había vuelto a sentir desde entonces, y que su cuerpo reconoció al instante con un espasmo de terror animal. El frío dejó de venir de todas partes, como viene el frío del invierno, y empezó a venir de delante. De un solo sitio. De la linde de la finca, de la línea donde la nieve del prado se encontraba con la primera fila de troncos negros del bosque. Y a medida que Silas se acercaba —porque siguió acercándose, aunque cada paso le costaba más, aunque una parte de él aullaba que se diera la vuelta—, aquel frío frontal se volvió otra cosa. Se volvió una presión. Un silencio con peso. El aire mismo pareció espesarse y quedarse quieto, como el agua de un estanque helándose, y a Silas se le taponaron los oídos, y el corazón le retumbó en el cráneo, y la luna, muy blanca y muy redonda sobre los árboles, le pareció de pronto la luz fría de un sitio que no era este mundo.
Y entonces, entre los troncos, en la línea misma de la linde, lo vio.