15 El nombre del patrón #2
De modo que su plan había dejado de ser sobrevivir al juicio. Su plan era salir de aquella celda. No para huir —la idea la habría hecho reír si tuviera ganas de reír; correr era lo único que los Fell no hacían—, sino para estar, esa noche, donde tenía que estar. Iba a hacer, comprendió con una calma sombría, exactamente lo que la aldea entera creía que hacían las brujas: escaparse de una cárcel cerrada en plena noche. Solo que no iba a escaparse hacia la libertad. Iba a escaparse hacia lo único de lo que cualquier persona con dos dedos de frente huiría, hacia el bosque, hacia la cosa que se había llevado a Ezra, para plantarse delante y decirle que todavía quedaba una.
Y para eso necesitaba cosas concretas, así que empezó a reunirlas con la paciencia de quien enhebra una aguja a oscuras. Estudió al carcelero como había estudiado su cadera: cuándo bebía, cuándo dormía la mona, qué noches libraba y quién lo relevaba, y descubrió que el relevo de las noches sin luna era un mozo medio lelo que se dormía antes de la medianoche. Aprendió, contando por el frío y por las campanas de la casa de reunión, las horas exactas de las rondas. Consiguió, a cambio de destrabarle una deuda a la mujer del molinero por medio de un recado, que le entraran escondido en un pan un pequeño gancho de hierro con el que ya había abierto, en la oscuridad y sin ruido, el cerrojo viejo de su propia celda tres veces, volviéndolo a cerrar cada vez para que nadie lo supiera. No confió el plan a nadie, ni siquiera a Silence, porque un plan que sabe otra boca ya no es un plan, es un rumor esperando a que el miedo lo suelte. Y no contó con Silas para nada de aquello. El magistrado, con su mano temblando sobre los barrotes y su alma de funcionario hecha pedazos, podía servirle todavía para algo —un juez con miedo aún podía retrasar una firma—, pero para esto no. Esto lo iba a hacer sola, como había hecho sola todo lo importante desde que le colgaron a su abuela. Cada noche, después de cerrar otra vez el cerrojo practicado, se tumbaba en la paja y contaba los días que faltaban, y el número bajaba, y con él subía en su pecho, junto al miedo, una cosa parecida al alivio, porque por primera vez en tres meses había vuelto a tener algo que hacer que dependía de ella.
* * *
El día del Señor, Silas fue a la casa de reunión como iba todo el mundo, y vio a Cobb encender al pueblo.
No fue un sermón de amenazas. Cobb era demasiado buen predicador para eso. Fue un sermón de duelo, que es mucho peor, porque el duelo no se discute. Habló del pobre Ezra, del inocente de Dios, del más pequeño de sus hermanos, arrancado de su jergón en plena noche por una maldad que no descansa y llevado a morir de frío en el bosque como un corderillo entre lobos. Lloró, y con él lloró media iglesia. Y desde ese duelo, sin levantar apenas la voz, con la seguridad terrible del que cree, fue tejiendo lo que hacía falta tejer: que la muerte del simple no había sido una desgracia sino un crimen; que el crimen tenía autoras entre ellos, encerradas y todavía vivas; y que mientras la justicia de los hombres se demorase en sus trámites y sus tachaduras, el Enemigo seguiría cobrándose corderos. Nombró el orgullo endurecido de las que no se arrepentían. No pronunció el apellido Fell —no le hizo falta—, pero cuando habló de la más soberbia de todas, de la que ni ante la muerte de un inocente doblaba la cerviz, de la bruja que se creía por encima del temor de Dios, toda la iglesia supo a quién se refería, y Silas sintió los cuellos girarse, no hacia el púlpito, sino hacia donde todos sabían que estaba la cárcel, con un odio nuevo, un odio con nombre y con cara. A la salida, en el atrio, Silas oyó lo que el sermón había sembrado. Ya no eran murmullos. Un grupo de hombres hablaba sin bajar la voz de que la ley de Boston era lenta y blanda, de que en los buenos tiempos una bruja probada no llegaba a ver dos lunas, de que a lo mejor hacía falta que unos cuantos vecinos temerosos de Dios le recordaran a los señores magistrados cuál era su deber. Una mujer decía, apretando a su crío contra las faldas, que no iba a dormir tranquila mientras esa siguiera respirando a media legua de la cuna de sus hijos. Y nadie los mandaba callar. El reverendo, en la puerta, despedía a sus fieles con la mano en alto y una tristeza dulce en la cara, sembrador satisfecho de su siembra, sin sospechar —porque tampoco él sospechaba nada, ese era el veneno— que acababa de ponerle fecha a un asesinato.
Silas escuchó aquello sentado en su banco de magistrado, con la toga puesta y las manos quietas sobre las rodillas, y fue una de las horas peores de su vida. Porque no podía hacer nada. No podía levantarse y decir que había visto morir a Ezra con sus propios ojos y que no lo había matado ninguna bruja, que lo había llamado algo del bosque que ningún sermón de Cobb sabría nombrar. No podía decir que la mujer a la que todos aquellos cuellos odiaban era la única persona del valle que entendía lo que de verdad estaba pasando. No podía decir nada de lo que sabía sin acabar, él también, señalado, y sin dejarla a ella todavía más sola. De modo que se quedó sentado, callado, prestándole a aquella injusticia el peso de su presencia y de su toga, que era justo lo que Temperance le había dicho: que él era la cara amable de la máquina, y que la cara amable, cuando llegaba la hora, se callaba y dejaba hacer. Y lo que más lo hundió, sentado allí con su toga prestándole solemnidad a una mentira, fue caer en la cuenta de que Cobb no mentía. Ese era el horror que no se le iba de la cabeza: que ni Cobb, ni Vane, ni los cuellos que se giraban hacia la cárcel con odio nuevo, ni las niñas que gritaban, ni él mismo con su firma, ni uno solo de los engranajes de aquella máquina que iba a colgar a una inocente, se tenía por malvado. Todos hacían, cada uno a su modo, lo que creían justo. Y una máquina así, hecha de gente buena convencida de estar del lado del bien, era la cosa más imparable que Silas había visto nunca, porque no tenía un solo tornillo del que uno pudiera tirar diciéndole: tú eres el malo, para.
Salió de la iglesia con el pueblo, entre el murmullo de la gente que ya hablaba en corros de que no había que esperar a ningún juicio, y el aire de la calle le supo a nieve y a algo más, a esa sed espesa que huele en el ganado antes de la tormenta. Miró, sin querer, hacia el norte. Sobre los tejados de la aldea, más allá de los últimos cercados, el bosque estaba quieto bajo un cielo bajo y plomizo, y a Silas le pareció —él, que ya había aprendido a no fiarse de lo que le parecía— que aquella quietud era distinta de la de otros días. Más densa. Más atenta. Como la de una bestia que ha oído acercarse a su presa y ha dejado, muy despacio, de masticar. Faltaban pocos días para la luna llena de enero, la que los viejos llamaban la Luna del Lobo, aunque él no lo sabía y no habría sabido qué hacer con el dato. Solo sabía dos cosas, y las dos le pesaban como piedras camino de la casa de Vane: que se le acababa el tiempo por todos lados a la vez, y que en algún lugar de una lista que había tenido abierta sobre la mesa aquella misma madrugada estaba escrito, de su puño y letra, el nombre que lo explicaría todo, esperando a que él tuviera los ojos para verlo.