15 El nombre del patrón
8–10 de enero de 1693
Silas había creído siempre que el caos era la ausencia de un plan, y aquella semana descubrió que a veces el caos es un plan que uno todavía no ve.
Llevaba tres noches sin apenas dormir —eso ya no era noticia— y las había gastado con los legajos extendidos sobre la mesa de la casa de Vane, todos a la vez, no ya la causa de una acusada sino todas las causas juntas, las cerradas y las abiertas, ordenadas por fechas como quien tiende un mapa. Se lo había prohibido a sí mismo durante semanas, porque mirar el conjunto era mirar la cosa a la cara, y él había preferido el consuelo de las piezas sueltas. Pero después de la muerte de Ezra ya no le quedaba consuelo que proteger, y una noche, harto de fingir que no veía, había puesto los papeles en orden de calendario y se había obligado a leerlos como leería la contabilidad de un comerciante sospechoso: buscando no la culpa: el patrón.
Y el patrón estaba ahí. Se veía en cuanto uno dejaba de mirar cada caso por separado y miraba el dibujo que hacían todos juntos en el tiempo.
Un pánico verdadero se extiende como una mancha de aceite. Empieza en un punto y va manchando alrededor sin orden ni concierto, cada quien acusando a su vecino por sus propias rencillas, un revoltijo sin dirección. Aquello no se parecía a una mancha de aceite. Aquello tenía forma de rueda. Las primeras aflicciones, meses atrás, habían salido todas de un mismo corro de muchachas, un puñado de crías que se juntaban y que a partir de cierto día habían empezado, casi a la vez, a caer y a señalar. Y desde ese corro, como radios de una rueda, salían disparadas las acusaciones hacia afuera, hacia el pueblo, en todas direcciones. Hasta ahí, nada que no supiera ya. Lo nuevo, lo que le heló los dedos alrededor de la pluma aquella madrugada, fue darse cuenta de a quiénes apuntaban los radios.
No apuntaban al azar. Ese era el punto entero. Silas había pasado un cuarto de hora convenciéndose de que se equivocaba, buscando el caso que rompiera la regla, y no lo había encontrado. Cada mujer señalada por aquel corro encajaba en el patrón que él ya había descubierto en diciembre: mujeres solas, mujeres con tierra que otro codiciaba, mujeres que sabían de partos o de hierbas, mujeres que en algún momento habían dicho que no. Un pánico ciego habría colgado también a inocentes inútiles, a pobres sin nada, a los que no le estorbaban a nadie. Aquel corro no fallaba ni una. Aquel corro elegía. Con una puntería que ninguna cría de doce o trece años podía tener por su cuenta, sin más ciencia que el resentimiento, aquellas muchachas iban señalando, una tras otra, exactamente a las personas cuya muerte le convenía a alguien, y lo hacían envueltas en gritos y convulsiones y llanto, de modo que lo que era una lista de encargos parecía una plaga del cielo.
Había una mano detrás. No una mano cualquiera —no Vane, que era demasiado torpe y demasiado obvio y solo aprovechaba la marea; no los magistrados, que llegaban de fuera; no siquiera Cobb, que creía cada palabra que predicaba con una fe que a Silas le constaba sincera—, sino una mano oculta dentro de aquel corro de niñas, una que conocía el pueblo hasta el tuétano, que sabía qué finca lindaba con cuál y qué viudo quería qué prado y qué comadrona había perdido a qué crío, y que usaba los ataques de las demás como un arquero usa el arco: apuntando. Silas lo veía tan claro que casi podía tocarlo. Había una inteligencia fría en el centro exacto de aquella rueda, dirigiéndolo todo, y el pueblo entero, y los magistrados, y él mismo con su firma, no eran más que la flecha que esa inteligencia disparaba. Y esa idea, que llevaba tres noches rondándole y que aquella madrugada por fin se dejó pensar entera, era mil veces más aterradora que cualquier diablo de los sermones de Cobb. Un pueblo enloquecido de miedo era una desgracia, una fiebre colectiva que un día subía y otro bajaba, sin malicia, como bajan las fiebres. Aquello no era una fiebre. Aquello era un asesinato. Veinte asesinatos, o los que fueran a ser, cometidos a plena luz, con toda la maquinaria de la ley y de la fe puesta a su servicio, por alguien que había descubierto que en un pueblo asustado se puede matar a quien uno quiera sin mancharse las manos, sin más arma que la boca de unas niñas y la credulidad de unos hombres de bien. Silas era, de oficio, cazador de eso: de la maldad disfrazada de otra cosa. Y por primera vez en su carrera tenía delante una obra maestra del ramo, y no sabía de quién era la firma.
Lo que no conseguía era ponerle cara.
Volvió sobre los nombres del corro. Eran ocho o nueve muchachas; las conocía a casi todas de las exhibiciones. Las repasó una por una, buscando a la que mandaba. La mayor era ruidosa y tonta, incapaz de urdir nada; dos eran seguidoras natas, de las que gritan cuando grita la de al lado; otra tenía fama de mentirosa desde antes de todo aquello, demasiado marcada para ser el cerebro de nada. Ninguna le encajaba en el hueco de la mano fría. Y su cabeza de jurista, entrenada para descartar, fue tachándolas a todas, hasta que se quedó mirando la lista con la desagradable sensación de que la respuesta estaba en ella, delante de sus ojos, y de que la pasaba por alto precisamente porque era la que menos sentido tenía sospechar. Se dijo que estaba cansado. Se dijo que ninguna niña de aquel pueblo tenía la sangre fría de un general. Y guardó los papeles al amanecer sin haber resuelto el enigma, con la mano fría de la rueda todavía sin rostro, y sin sospechar —esa era la crueldad de la cosa— lo cerca que había estado, ni cuántas veces había leído aquella madrugada, y pasado de largo, el nombre correcto.
No le dieron tiempo a volver sobre ello. A media mañana Vane lo abordó en el zaguán, con la untuosidad de siempre mal disimulada bajo una preocupación de hombre público. El pueblo estaba alterado, dijo. La muerte del pobre simple lo había puesto todo del revés. La gente no entendía por qué la peor de las brujas, la Fell, seguía viva en su celda comiendo el pan de la parroquia cuando su maleficio ya había matado a un inocente. Se hablaba, dijo Vane bajando la voz, de que si la justicia tardaba, la justicia se tomaría por otra mano. Y él, como magistrado sensato que era, ¿no creía que lo más prudente, lo más piadoso incluso, era ver esa causa cuanto antes y quitarle a la gente la tentación? Silas escuchó la amenaza envuelta en consejo —porque era una amenaza, y las dos partes lo sabían— y contestó con la voz plana del funcionario que las causas se verían en el orden fijado por el tribunal, y no en el que dictara el humor de la calle. Vane sonrió, dijo «por supuesto, por supuesto», y se marchó. Pero Silas se quedó en el zaguán sabiendo que el aplazamiento que había arrancado con tanto trabajo se le acababa entre los dedos, que la rueda lo empujaba también a él, y que cada día que ganaba para ella lo ganaba en una partida que estaba perdiendo.
* * *
En la cárcel, Temperance había hecho sus propias cuentas, y le salían iguales de mal, pero ella no tenía el lujo de quedarse mirándolas.
Le llegaban las noticias por el mismo camino por el que le llegaba todo: por el carcelero cojo, que hablaba mientras ella le untaba la cadera con la cataplasma de consuelda, y por los recados que entraban y salían con el sebo robado. Sabía lo de Ezra. Sabía que el pueblo se lo había colgado a las brujas. Sabía que Vane apretaba y que el reverendo Cobb tenía anunciado un sermón para el día del Señor, y no le hacía falta oírlo para saber de qué iba a hablar ni contra quién. Ató los cabos con la frialdad de siempre y el resultado fue una sola frase, sin adornos: no iba a salir de aquello por la puerta del tribunal. La iban a colgar. Podía ser dentro de una semana o dentro de dos, pero la sentencia ya estaba escrita en el humor de la aldea antes de que ningún juez levantara la pluma, y ni las tachaduras de un magistrado enamorado —descartó el pensamiento con desprecio, como se aparta una mosca— iban a torcer una crecida como aquella.
Otra se habría dejado ir. Habría rezado, o llorado, o empezado a ensayar una confesión con la que ablandar la horca en cadena perpetua, como habían hecho tantas. Temperance hizo lo contrario de dejarse ir: se puso a trabajar.
Porque había una fecha que a ella le importaba más que la del juicio, aunque no se la había dicho a nadie vivo. Faltaban tres semanas y pico para la Candelaria. Y la Candelaria, aquel año, iba a encontrar la finca de los Fell sin nadie que velara la linde por primera vez en más generaciones de las que ella sabía contar, porque la única que quedaba para hacerlo estaba encadenada a media legua, esperando una soga. Eso —no su cuello— era lo que le quitaba el sueño. Remember, cuando le llegó su hora, había tenido a quién dejarle el puesto: la había tenido a ella. Temperance no tenía a nadie. Y si la colgaban antes de la Candelaria, o si el día de la Candelaria ella estaba en aquella celda en vez de en la linde, la puerta que su familia llevaba siglos sosteniendo cerrada se quedaría, esa noche, sin una sola mano en el pestillo, en la peor noche para dejarla sola. No sabía, ni siquiera ella, todo lo que pasaría si la linde se quedaba sin guardia la noche en que el año vuelve a abrirse. Remember nunca se lo había explicado del todo, quizá porque tampoco ella lo sabía entero, quizá porque hay cosas que no se cuentan hasta que toca hacerlas. Pero Temperance había crecido oyendo, en las pocas palabras que su abuela le daba sobre aquello, un miedo antiguo y sin fondo cada vez que la Candelaria se acercaba con la finca desatendida, y ese miedo heredado le bastaba. No hacía falta entender la cerradura para saber que no se deja una puerta abierta de par en par la noche menos indicada. Le bastaba con conocer la forma del asunto. Las tuercas, si Dios quería, ya las averiguaría cuando estuviera allí.