El Último Juicio de Salem 14 Comprometido #2
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14 Comprometido #2

Se quedaron los dos así, la mano de él suspendida sobre la de ella sin llegar a posarse, y en ese hueco de aire de un dedo de ancho estaba dicho todo lo que él no iba a decir con la boca, más claro que en cualquier confesión: que la quería libre no por justicia sino por hambre, que había vendido su alma de funcionario no por la ley sino contra ella y por ella, que si de él dependiera abriría aquella celda con sus propias manos y ardería por ello sin arrepentirse. Todo eso estaba en el dedo de aire que separaba las dos manos. Y Temperance lo vio. Silas supo que lo vio, porque le vio a ella los ojos moverse hacia la mano suspendida y volver a su cara, y en esos ojos, donde otra clase de historia habría escrito ternura, o alivio, o rendición, solo había cálculo. Había la mirada limpia y fría de una mujer que registra un dato nuevo y peligroso y decide en el acto qué hacer con él, y ese «me quiere» le trajo recelo en vez de esperanza, como quien descubre que la única cerradura de su celda la guarda un hombre que ha perdido la cabeza.

* * *

Silas retiró la mano.

La retiró como se retira de un fuego, de golpe, y dio un paso atrás, y otro, hasta que la espalda le tocó el muro de enfrente. El corazón le iba a martillazos, y lo que se lo aceleraba era el horror: el horror puro y frío de haberse visto, por fin, de cuerpo entero, en el espejo que ella le había puesto delante sin decir una palabra. Porque lo que Silas había visto en el hueco de aire entre las dos manos no era una mujer a la que amar. Era en lo que él se había convertido. Un magistrado que deseaba a la reo. Un hombre de ley que, colocado entre su deber y su apetito, había elegido el apetito y lo había disfrazado durante tres semanas de escrúpulo, de rigor, de justicia. Todas sus tachaduras, todos sus aplazamientos, toda la fina arquitectura de corrupción que había levantado creyéndola una lucha contra una injusticia… ¿y si nunca había sido eso? ¿Y si desde el primer día, desde la primera vez que la miró en aquel cuarto de interrogatorios y algo se le torció por dentro, no había estado haciendo justicia sino cortejando a una condenada con las herramientas del tribunal? La sola posibilidad le daba náuseas. Envenenaba hacia atrás cada cosa buena que había creído hacer. Un hombre puede vivir sabiéndose corrupto por una causa. No sabe cómo vivir sabiéndose corrupto por un deseo que ni siquiera puede saciar sin condenarse. Y lo peor, lo que le cerró la garganta allí de pie contra el muro, fue darse cuenta de que ni siquiera podía prometerse enmienda. Porque para enmendarse tendría que dejar de protegerla, y no iba a dejar de protegerla, y sabía que no iba a dejar de hacerlo; y esa certeza —la de que volvería a corromperse mañana, y pasado, y cada día que le quedara hasta el juicio— lo dejaba sin la última salida del culpable, que es el propósito de la enmienda. No hay arrepentimiento posible en un hombre que piensa seguir pecando.

—Os pido perdón —dijo, y le salió ronco—. No debí… —Pero no terminó la frase, porque no sabía cómo terminarla sin mentir. ¿No debí venir? Había venido. ¿No debí levantar la mano? La había levantado. No había manera honrada de acabar aquella disculpa, y él ya estaba harto de acabar frases de manera deshonrada.

Ella seguía mirándolo desde el otro lado del hierro, sin haberse movido, con la misma calma peligrosa. Y cuando habló, fue para avisarle, con la voz de quien le explica a un niño por qué el hielo del estanque no aguanta.

—Escúcheme bien —dijo—, porque esto es lo más útil que voy a decirle. Lo que le pasa a usted es su problema, no el mío, y no puede ser el mío, porque yo no me puedo permitir el lujo de que sea el mío. —Se acercó un dedo a los barrotes, tanto como él se había alejado—. Usted es la máquina. Es la cara amable de la cosa que me va a colgar. Y una mujer en mi sitio, si tiene dos dedos de frente, no confía en la cara amable de la máquina por muy amable que se ponga, porque la cara puede cambiar, y porque el día que a usted el miedo le pueda más que lo que sea que siente ahora, será usted quien firme mi traslado con el pulso firme y se diga que era la ley. Así que no me pida perdón. No me pida nada. Vaya, haga su trabajo torcido mientras se atreva, y no vuelva a levantarme la mano, porque no me sirve de nada un juez enamorado. Me sirve de mucho más un juez con miedo. —Sostuvo su mirada un instante más y añadió, más bajo, sin una gota de crueldad, que fue lo peor—: Lo suyo se le pasará. Lo mío es una soga.

Silas no contestó. No había nada que contestar que no fuera darle la razón. Ella había leído la situación con más limpieza y más valentía que él, había separado en tres frases lo que él llevaba tres semanas incapaz de separar, y le había devuelto, con una frialdad que era en sí misma una forma de piedad, la única verdad que a él podía servirle: que su deseo, lejos de ser una tabla de salvación para ella, era un peligro más, uno que ella no controlaba y que por tanto tenía que descontar de sus cuentas. No se había ablandado. No había caído. Estaba, si acaso, más sola que antes, porque acababa de descubrir que la única mano tendida hacia ella al otro lado de los barrotes era la de un hombre en el que no podía confiar. Y él tuvo que quedarse quieto y encajar también eso: que su gesto, el único gesto de ternura que había podido permitirse en tres semanas, en vez de aliviarla la había cargado con un peligro más. Que quererla —si es que aquello era querer y no otra cosa más sucia— le hacía daño. Que la mejor manera que tenía de cuidarla era no volver a acercarse. Ni siquiera en eso, comprendió, le estaba permitido ser bueno.

Subió del sótano al frío de la calle con el paso de un hombre que huye, aunque nadie lo perseguía. Sobre los tejados, la escarcha brillaba igual que la noche que se llevó a Ezra, y hacia el norte, donde empezaban los últimos cercados y el bosque, el aire tenía otra vez esa quietud atenta que él había aprendido a temer sin entender por qué le hablaba a él más que a nadie. No la miró. Aquella noche no le quedaba coraje para más de una cosa horrible, y ya había tenido la suya. Caminó hacia la casa de Vane con la mano —la que había levantado— cerrada dentro de la capa, como si sujetara algo que se le pudiera escapar, y no se perdonó ni un solo paso del camino. Faltaban días para el juicio. Iba a sentarse a juzgarla. Y ya no era, ni lo sería nunca más, un hombre que pudiera fingir que no sabía de qué lado estaba.