El Último Juicio de Salem 16 La Luna del Lobo #2
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16 La Luna del Lobo #2

No lo vio entero. Ese fue, quizá, lo único que le permitió seguir cuerdo el tiempo suficiente para huir: que la oscuridad y los árboles y su propio terror solo le dejaron ver pedazos, y que su mente, misericordiosa, se negó a juntarlos del todo. Vio algo alto. Más alto que un hombre, mucho más, alzándose contra el cielo de luna donde debería haber estado la copa de un árbol y no la había. Vio, saliéndole de lo alto, una enramada pálida, ramificada, como la cornamenta de un ciervo pero demasiado grande y demasiado blanca, blanca de hueso, blanca de escarcha, con dedos de hielo creciéndole en las puntas mientras la miraba. Vio, más abajo, donde en una bestia estaría el cuerpo, una arquitectura que no supo nombrar: costillas, quizá, o ramas, o las dos cosas, cubiertas de una escarcha que se movía, que reptaba y florecía sola, viva. Cada vez que intentaba abarcarlo con la vista, entender qué era aquello, dónde empezaba y dónde acababa, la forma se le escurría, como se escurre una palabra que se tiene en la punta de la lengua, y lo dejaba con la certeza de haber visto algo y sin poder decir qué. Era como mirar una cosa hecha de un material para el que sus ojos no estaban preparados, una cosa que estaba a la vez muy cerca y a una distancia imposible, muy quieta y temblando toda ella, hecha de invierno y de hueso y de una paciencia que llevaba esperando más tiempo del que el mundo llevaba teniendo hombres. Y estaba viva. De todo lo que no entendía, eso sí lo entendía, con cada pelo del cuerpo erizado: que aquello, fuera lo que fuese, estaba vivo, y lo sabía a él, y lo miraba sin ojos con una atención total, hambrienta, antiquísima, como se mira lo que se va a comer. No tenía ojos que Silas pudiera encontrar. No tenía cara. Y era esa ausencia de cara, en algo tan enorme y tan atento, lo peor de todo, hasta que Silas, cometiendo el error de mirar un poco más adentro, un poco más abajo, hacia el hueco oscuro que aquella cosa tenía en el centro del pecho de escarcha, encontró la cara.

No era la de la cosa. La cosa no tenía. Era la cara de una mujer.

Estaba dentro. Atrapada dentro, como se atrapa una hoja en el hielo de un charco, a media profundidad, mirando hacia fuera. Una cara de mujer, pálida, de una belleza extraña y antigua, con los ojos abiertos y la boca abierta en un gesto que no era grito ni ruego, sino algo peor: un hambre. Una sed sin fondo, congelada, eterna. Y Silas, que se había quedado clavado en la nieve incapaz de moverse, sintió que el suelo se le abría por dentro, porque conocía aquella cara. La había visto. La había visto en sueños, noche tras noche, aquellas últimas semanas, la cara en el hielo, y había despertado con un nombre en la boca que no sabía de dónde le venía ni qué significaba, un nombre que ahora, delante de la cara de verdad, volvió a subírsele a los labios él solo, temblando:

—Deliverance.

Y la cara, dentro del hielo, dentro de la cosa, al oír el nombre, movió los ojos y lo miró a él.

Y en esa mirada —porque la cara del hielo lo miró, con unos ojos que llevaban un siglo o mil años sin parpadear— Silas leyó algo que lo destrozó más que todo lo anterior: que aquella mujer, la que fuera, la que él había estado soñando sin saber por qué, no era la cosa. Era una víctima de la cosa. Estaba dentro como está dentro un ahogado en el hielo de un lago, mirando la superficie desde abajo, sin poder salir y sin poder morir, con un hambre que no era suya metida en el cuerpo. Y por un instante insoportable, aquellos ojos le pidieron algo. No que la salvara; parecían saber que eso ya no se podía. Le pidieron que la viera. Que alguien, por una vez en cien años, la viera de verdad, y supiera que ella había estado allí, y que aquello no era lo que ella había querido ser. Luego el hambre volvió a cerrarse sobre la cara como el agua sobre una piedra, los ojos volvieron a ser los de una bestia congelada, y llegó el tirón.

Fue entonces cuando llegó el tirón.

No fue una mano. No fue nada que empujara ni que agarrara. Fue una llamada, una invitación dulcísima que le entró a Silas por debajo del terror y le habló en el idioma en que uno se habla a sí mismo, y le dijo, sin palabras, que se acercara. Que cruzara la linde. Que entrara en el bosque. Que allí, junto a aquella cosa, junto a aquella cara hambrienta, no hacía frío; que allí lo esperaban; que descansara, que soltara el peso, que diera los pocos pasos que faltaban y todo se acabaría, la culpa y el insomnio y el horror y las noches sin dormir. Y Silas, con espanto, notó que su pie derecho se levantaba de la nieve. Que quería ir. Que una parte enorme y cansada de él quería, más que nada en el mundo, obedecer aquella voz y caminar hacia los árboles y dejarse tomar, como se había dejado tomar el pobre Ezra sonriendo. Entendió, en ese instante, con todo el cuerpo y no con la cabeza, lo que le había pasado al chico. Lo entendió porque le estaba pasando a él. Y dio un paso adelante.

Y la cosa, que lo esperaba, hizo algo que Silas no entendió entonces ni entendería en mucho tiempo: dudó.

Fue apenas un parpadeo del mundo. En el momento en que él cruzaba el peso de su cuerpo hacia el pie de delante, dispuesto ya a caminar hacia su propia muerte, la cara del hielo lo miró de otro modo, y la enramada blanca se detuvo en su crecer, y la llamada dulce vaciló, como vacila alguien que reconoce de pronto una cara entre la multitud y no está seguro. Como si aquella cosa, que se tragaba a los inocentes sin pensarlo, hubiera notado en Silas algo que la hizo detenerse un instante a mirar. Algo que reconocía. Algo suyo, muy antiguo.

Y ese instante de duda fue todo lo que hizo falta.

Porque en ese mismo latido, allá en el norte y aquí en la linde y en la celda a media legua donde una mujer arrodillada empujaba de vuelta con toda su alma, la Luna del Lobo pasó su cenit. El mundo, muy despacio, empezó a espesarse otra vez del lado bueno. El velo, que había estado a punto de rasgarse, aguantó por un hilo. Y el tirón que sujetaba a Silas por dentro se soltó de golpe, como se suelta una cuerda tensada, y lo tiró de espaldas sobre la nieve, y el frío frontal se retiró hacia los árboles, y la cosa alta se deshizo o se apagó o dejó sin más de estar donde él la miraba, replegándose a lo que fuera que la contenía, llevándose consigo la enramada y la escarcha viva y la cara hambrienta de la mujer, hasta que en la linde no quedaron más que los troncos negros, y la nieve, y la luna otra vez blanca y muerta como debe estar la luna, y un silencio distinto, vacío, del que se ha ido algo enorme.

Silas se quedó de espaldas en la nieve, temblando, con la cara mojada de un llanto que no había sentido empezar, incapaz durante un rato largo de hacer otra cosa que respirar. Le castañeteaban los dientes, y no solo de frío. Tenía la sensación física, en las piernas, en el pecho, de haber estado a un solo paso —a un solo paso que su propio pie había empezado a dar— de desaparecer del mundo como había desaparecido Ezra, sonriendo, sin que nadie volviera a saber de él salvo un cuerpo tieso al pie de un árbol. Y esa cercanía de su propia muerte, sentida en la carne y no imaginada, le arrancó de cuajo algo que ya no iba a volver a crecerle: la última brizna de duda.

Cuando por fin logró ponerse en pie y volver hacia el pueblo, a trompicones, cayéndose, mirando cada pocos pasos hacia atrás con el terror de que la cosa volviera a asomarse, no era el mismo hombre que había salido de casa de Vane tres horas antes. Aquel hombre estaba convencido desde siempre de que el mundo se podía explicar, y que lo que no se podía explicar todavía se explicaría un día, y que un juez sensato administraba pruebas y descartaba supersticiones. Ese hombre se había quedado tirado en la nieve de la linde, y en su lugar volvía otro, uno que había mirado con sus propios ojos lo que había al otro lado de las cosas, que había oído su llamada por dentro, que había levantado el pie para ir hacia ella, y que sabía ahora, no en la cabeza: en los huesos, en un sitio del que ya no se podía echar atrás nunca, que Temperance Fell no había mentido en una sola palabra, que había algo real y antiguo y hambriento pujando contra los bordes del mundo, y que él, Silas Thorne, magistrado de Boston, formaba parte de la máquina que estaba a punto de colgar a la única persona capaz de mantenerlo fuera.

No sabía qué era la mujer del hielo. No sabía por qué la había soñado antes de verla, ni por qué la cosa había dudado al mirarlo a él, ni qué significaba nada de aquello. Solo sabía que faltaban tres semanas para la Candelaria, otra de las noches delgadas, la peor de todas según los viejos; que aquella noche la puerta había aguantado por un hilo y solo porque la luna había pasado a tiempo; y que la próxima, si nadie la guardaba, no aguantaría. Y la única que sabía guardarla estaba en una celda, esperando una soga que él tenía en su mano el poder de firmar o no firmar. Llegó a las primeras casas de la aldea cuando clareaba, con las botas llenas de nieve y el alma llena de algo peor, y no fue hacia casa de Vane. Fue, sin decidirlo, con el mismo hilo tirando de él que lo había llevado a la linde, hacia la cárcel.