El Último Juicio de Salem 13 El giro del año
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13 El giro del año

1–2 de enero de 1693

El año de los hombres cambió a medianoche, y a Temperance no le dijo nada, porque ella llevaba la cuenta por otro lado.

Lo sabía porque el carcelero lo había dicho al pasar, medio en broma, que ya era otro año y que ojalá trajera menos brujas que el anterior. Pero era una cuenta prestada, la de él, y encima ni siquiera era la buena: para los magistrados y los pliegos de la ley, el año giraba en marzo, el día de la Anunciación, no en enero; y hasta entonces se escribían las fechas con los dos años a la vez, como quien no está seguro de en cuál vive. Enero uno era una costumbre a medias tolerada, una fiesta que los santos varones de la colonia miraban con recelo porque olía a papismo y a cosas más viejas que el papa. Los puritanos no celebraban el año nuevo. Desconfiaban de las fechas que no salían del Libro. Habían borrado del calendario todo lo que oliera a rueda, a estación, a fuego encendido en la noche más larga, y habían dejado en su lugar una hilera gris de domingos, todos iguales, contados desde la creación del mundo hasta el juicio final, sin más marcas que las que ponía Dios.

Y por debajo de esa hilera gris, callado, seguía girando el otro calendario. El de las mujeres. El que Remember le había enseñado a Temperance a leer en el cielo y en la tierra antes de que supiera leer letras. Se lo había enseñado como se enseña lo importante entre las mujeres que saben: sin escuela y sin libro, a base de sacarla de la cama de madrugada a mirar dónde salía el sol contra la loma y cómo el sitio cambiaba un poco cada semana; a base de enseñarle a leer la luna, y las aves que se iban y volvían, y el punto del año en que la savia se paraba en los árboles y el punto en que volvía a subir. Los hombres tenían su cuenta escrita en libros y púlpitos, una cuenta de propiedad, que servía para saber cuándo vencían las rentas y qué domingo tocaba qué sermón. Las mujeres que sabían tenían la otra, la que no se escribía en ninguna parte porque escribirla era perderla, y que no servía para cobrar rentas sino para algo mucho más viejo: para saber cuándo el mundo estaba abierto y cuándo cerrado, cuándo se podía sembrar y cuándo parir sin peligro y —en el caso de las de su sangre— cuándo había que velar con los dos ojos porque los bordes se adelgazaban.

Ese no giraba en enero ni en marzo. Ese calendario no se contaba en fechas: se contaba en umbrales. La noche más larga —la que los hombres habían tapado con un nacimiento y las mujeres seguían sabiendo que era otra cosa— acababa de pasar, hacía diez días, y con ella el punto en que el año moría del todo y el frío tocaba fondo. Ahora el mundo empezaba, despacio, imperceptiblemente, a volver hacia la luz. Y había un día, no muy lejos, en que ese vuelco se hacía notar por primera vez: el día en que la oscuridad soltaba un dedo su presa y se adivinaba, todavía a lo lejos, que el invierno tenía fin. Los cristianos lo habían bautizado con velas y lo llamaban la Candelaria, y creían que era una fiesta de la Virgen. Las mujeres que sabían lo llamaban por su nombre viejo, o no lo llamaban de ninguna manera, y sabían que era la primera bisagra del año, el punto flaco entre el invierno que se va y la primavera que no ha llegado, cuando el velo entre las cosas se pone tan fino como en el solsticio, pero al revés: no cerrándose hacia la muerte, sino abriéndose hacia lo que vuelve.

Temperance contó los días que faltaban sin querer, como se cuenta lo que se lleva en la sangre. Un mes justo. La Candelaria caía dentro de un mes. Y no supo por qué, en aquella celda helada la primera madrugada del año prestado de los hombres, contar los días que faltaban para la vieja bisagra le puso en el cuerpo un frío distinto del de la piedra, un desasosiego antiguo, como si una parte de ella que no razonaba supiera ya que aquel año no iba a llegar a la Candelaria de cualquier manera. Que aquel umbral, esta vez, iba a pedir algo.

Apartó el pensamiento. Faltaba un mes. Un mes era mucho tiempo. Se dijo eso, con la cordura terca de Remember, y casi se lo creyó.

* * *

Silas vio morir al chico la primera noche del año, y después de aquello ya no volvió a discutir consigo mismo si lo que pasaba en Salem tenía una explicación de este mundo.

No podía dormir, como no dormía desde hacía semanas, y en lugar de sudar la pesadilla del hielo y el nombre en el catre de Vane, se había echado la capa por encima y había salido a andar por el pueblo dormido, buscando en el frío una razón para el cansancio que le cerrara al fin los ojos. Hacía una noche brutal, sin viento, de esas en que el frío no empuja sino que se posa, y la escarcha cubría los tejados y los cercados con una capa azulada bajo una luna sin nubes. Todo estaba quieto. Demasiado quieto, pensó Silas, aunque no habría sabido decir respecto a qué.

Al chico lo conocía de vista, como lo conocía todo el pueblo. Era el simple de la aldea, un mozo de unos dieciocho años, grande y manso, con la cabeza de un niño de seis, al que llamaban Ezra y que hacía recados y espantaba pájaros y sonreía a todo el mundo sin distinguir a los que se reían de él de los que no. Vivía de la caridad de unos y otros, dormía en el pajar de quien lo acogiera, y era la clase de criatura a la que un pueblo tolera sin quererla, un mueble viviente al que se saluda por costumbre y del que nadie se acuerda hasta que falta. Silas lo vio salir de entre las casas y echar a andar por el sendero que subía hacia el norte, hacia los últimos cercados y el bosque que había detrás, descalzo sobre la escarcha y en camisa, con aquel frío que mataba.

—¡Eh! —le gritó Silas—. ¡Chico! ¿Adónde vas?

Ezra no se volvió. Andaba raro, con una fijeza que no le pegaba, como quien sabe muy bien adónde va aunque no sepa nada más, mirando un punto fijo entre los árboles del final del camino. Silas echó a andar tras él, aún sin alarmarse del todo, pensando que el pobre bobo se había desvelado y andaba sonámbulo, que había que llevarlo a un techo antes de que se helara. Pero cuando lo alcanzó y le puso una mano en el hombro para pararlo, y el chico se giró un instante hacia él, Silas vio en aquella cara mansa una cosa que le paró el corazón: Ezra sonreía. No de miedo, no de frío. Sonreía con una alegría boba y confiada, la de un niño al que llaman a jugar, y tenía los labios ya azules y las pestañas blancas de escarcha, y no temblaba. A aquella temperatura, descalzo y en camisa, no temblaba. Le dijo, con su media lengua de siempre, contento, señalando hacia el bosque:

—Me llaman. Del bosque. Dicen que allí no hace frío.

Y se soltó de la mano de Silas con la fuerza tranquila del que va a algo que quiere, y siguió andando hacia los árboles.

Silas fue tras él. Después no supo decir cuántos pasos dio ni cuánto duró, porque a medida que se acercaban a la linde del bosque el frío dejó de ser frío y pasó a ser otra cosa, algo que no venía del aire: venía de delante, del hueco negro entre los troncos, y que le entraba a Silas por la ropa y por la piel y por debajo de la piel, buscándole el hueso, y que traía consigo un silencio tan denso que se le taponaron los oídos. Le gritó al chico que parara. Le oyó su propia voz salir pequeña y ahogada, como si gritara dentro de un arca. Estiró la mano para agarrarlo otra vez y no llegó; los pies no le respondían, se le habían vuelto de plomo, y cada paso hacia aquel hueco negro le costaba como si caminara contra una corriente. Y Ezra, que no peleaba contra nada, que iba de buena gana, se le adelantó, cada vez más borroso en la oscuridad de los primeros árboles, hasta que fue solo una mancha pálida de camisa entre los troncos, y luego ni eso.

No hubo grito. Eso fue lo que a Silas se le quedó dentro para siempre. Un hombre que se muere de frío grita, o gime, o llama. Ezra no. Ezra entró en el bosque sonriendo, contento de que lo llamaran, y el silencio se lo tragó sin un ruido, como se traga el agua una piedra pequeña. El frío frontal cesó de golpe, igual que se cierra una puerta, y Silas, que había caído de rodillas en la nieve sin darse cuenta, se encontró solo en la linde, con el corazón dándole martillazos y el aire volviéndole a los pulmones a bocanadas que dolían.

Lo encontraron al amanecer, a veinte pasos dentro del bosque, sentado contra un tronco con las manos en el regazo y la cara vuelta hacia arriba, sonriendo, cubierto de escarcha, muerto y en paz. Y el pueblo, cuando lo supo, no lloró.

No lloró por dos razones, y las dos le revolvieron a Silas el estómago cuando las oyó en boca de los vecinos a lo largo de aquel día. La primera, porque era solo el bobo, el simple, una boca menos que mantener, una pena pequeña que se despachaba con un chasquido de lengua y un «pobre criatura» sin lágrimas detrás. Y la segunda, peor: porque en cuanto se supo, la aldea entera decidió, con una prontitud que ya no la sorprendía a ella misma, que a Ezra lo habían matado las brujas. Que su espíritu maligno lo había sacado de su jergón y lo había arrastrado al bosque a morir. De modo que la muerte del chico no fue un duelo. Fue combustible. Otra prueba, otra rabia, otro empujón para las horcas de enero. La aldea no enterró a Ezra: lo usó. Y Silas, que lo había visto entrar en el bosque llamado por algo que no eran las brujas, que había sentido con su propio cuerpo el frío frontal salir del hueco entre los árboles, supo dos cosas a la vez y ninguna le sirvió de consuelo: que las mujeres que iban a colgar por aquella muerte eran inocentes, y que la cosa que sí la había causado no tenía nombre en ninguno de sus libros.

* * *

Volvió a ella al día siguiente, ya de noche, y Temperance supo que algo se había movido en él nada más verlo cruzar la puerta del corredor.