El Último Juicio de Salem 12 Mercy de cerca #2
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12 Mercy de cerca #2

Lo dijo en voz baja, casi para sí, pero en el silencio que había dejado el sermón se oyó igual. No lo dijo como una acusación ni como una amenaza; lo dijo como una constatación, con una extrañeza tranquila, como quien repara en algo que no cuadra y lo señala en voz alta sin darle importancia. Y era verdad. Esa era la costura, la que solo Temperance vio, y solo a medias, y sin saber leerla: que de todas las mujeres de aquellas celdas —la Pratt aterrada, Rebecca deshecha, hasta la serena Silence, que había hecho las paces con su suerte pero le temía a la mentira que quedaría de ella—, la niña se había fijado precisamente en la única a la que el miedo no le había podido, y lo había notado, y le había importado. A los otros la frase les sonó distinta. A Cobb se le encendió la cara de una tristeza santa, porque él la oyó como la oía todo el mundo: que aquella mujer estaba tan endurecida en su pacto, tan entregada al Enemigo, que ya ni el temor de Dios la alcanzaba. La prueba, en boca de la niña más pura, de que la Fell era la peor de todas.

Y ahí estaba la perfección de la cosa, la que a Temperance le heló algo más hondo que la nuca: que no le quedaba una sola manera de defenderse de aquello. Si callaba, era una bruja endurecida. Si protestaba, era una bruja rabiosa. Si lloraba, era una bruja fingiendo arrepentimiento para salvar el cuello. La niña había dicho tres palabras ciertas —esa no tiene miedo— y las tres palabras, en aquel cuarto y en aquellas bocas, se habían transformado en otra soga, tejida esta vez con la única virtud que a Temperance le quedaba. Le habían quitado hasta el derecho a no tener miedo.

—No, hija —murmuró Cobb, y le apretó el hombro—. A esa el miedo no la salva. Que Dios se apiade de ella.

Mercy no contestó. Dejó que su tío la atrajera contra el costado, se dejó abrazar con la docilidad de una niña rota que busca refugio, apoyó la mejilla en la tela negra de la sotana. Todo el mundo vio a una huérfana buscando consuelo. Pero por encima del brazo de Cobb, mientras la sostenían y la compadecían y la ponían de ejemplo, los ojos de Mercy no se cerraron ni buscaron el pecho del tío como buscan refugio los que de verdad lo buscan. Se quedaron abiertos, y quietos, y clavados en Temperance por encima del hombro del hombre que la creía a salvo entre sus brazos. Sin parpadear. Con esa paciencia sin fondo. Como quien no ha terminado de mirar una cosa y quiere asegurarse de dónde queda para volver.

* * *

Se los llevaron poco después. Cobb bendijo el corredor, prometió volver, exhortó por última vez a las obstinadas a salvar su alma mientras quedaba tiempo, y sacó a su rebaño de niñas al frío limpio de la calle. Las tres afligidas salieron todavía hipando, agotadas del esfuerzo. Mercy salió la última, la única serena, de la mano de su tío, y no volvió la cabeza. No le hizo falta. Ya había mirado bastante.

La cárcel tardó un rato en asentarse. La Pratt temblaba y había que calmarla; Rebecca lloraba; hasta Ashby, que llevaba días sin levantar la vista, murmuraba en su rincón. Silence se acercó a Temperance por el ruido de fondo de las demás y le habló bajo, con esa manera suya de ir siempre al grano:

—Menudo teatro. —Meneó la cabeza—. Pobres crías. La mitad no saben ya ni por qué empezaron.

—La mitad, no —dijo Temperance.

Silence la miró, esperando más. Y Temperance abrió la boca para decírselo —para decir «la de en medio, la callada, esa no es como las otras, esa sabe lo que hace»—, y no lo dijo. Porque en cuanto trató de ponerlo en palabras, se le deshizo entre los dedos como se le deshace a uno un sueño al contarlo. ¿Qué iba a decir? ¿Que una huérfana de trece años, la niña más piadosa y más doliente de toda la comarca, la que había perdido a su familia entera en la peste y a la que su tío consolaba como a una hija, le daba mala espina? ¿Que la había mirado raro? ¿Que había sentido frío cuando la niña la miraba, como si esa cría fuera una rendija por la que se colaba el mismo aire que ella custodiaba en la linde? Se oyó a sí misma pensándolo y le sonó exactamente igual que sonaba todo en aquel pueblo enfermo: le sonó a acusación de bruja. A señalar a una inocente por una corazonada, por un escalofrío, por un no-me-gusta-cómo-me-mira. A hacer, con aquella niña, exactamente lo que le estaban haciendo a ella y a las otras veinte. Y esa era la trampa perfecta, aunque Temperance no la vio como trampa sino como decencia: que la única defensa que le quedaba —desconfiar de la corazonada, no condenar a nadie por lo que se siente y no se puede probar— era justo lo que dejaba a la niña fuera de toda sospecha.

Porque esa era la cárcel dentro de la cárcel. Remember le había enseñado que una guardiana no acusa; que el oficio de las Fell era exactamente el contrario del que ejercía aquel tribunal —no señalar culpables, sino sostener una linde—, y que el día en que una guardiana empezara a ver el mal en la cara de la gente en lugar de en el bosque, se habría vuelto ella misma parte del bosque. De modo que todo lo que Temperance era, todo lo que la separaba de Cobb y de las niñas y de Vane, le prohibía hacer lo único que su instinto le pedía a gritos aquella tarde: apartar a aquella criatura de las demás y no perderla de vista nunca más.

—Nada —dijo al fin—. Que esa aguanta mejor la comedia. Será que su tío la tiene bien enseñada.

Silence se encogió de hombros y volvió a lo suyo, a calmar a la Pratt. Temperance se quedó en su rincón con la espalda contra la piedra, y esperó a que el frío de la nuca se le fuera. Tardó más de lo que debía. Mucho después de que la puerta se hubiera cerrado y de que en el corredor no quedara más que el olor a incienso barato de la Biblia de Cobb, seguía teniéndolo ahí, prendido en el cogote, como si la mirada de la niña se hubiera quedado en la celda aunque la niña se hubiera ido.

Se dijo que eran los nervios. Se dijo que llevaba tres meses presa y que era normal ver enemigos hasta en una cría. Se dijo, con la parte de ella que había heredado la cordura terca de Remember, que no iba a empezar a temerle a los niños, que por ahí se bajaba a un pozo del que no se sube. Y casi se lo creyó. Pero por debajo de todas las razones sensatas, en el sitio donde una guardiana sabe cosas que no puede demostrar, quedó una certeza pequeña y fría que no logró apagar del todo, y que archivó sin querer para no tener que mirarla: que de todo lo que había entrado aquella tarde en la cárcel —el sermón, el teatro, las cuatro niñas, el pueblo entero metido en aquel cuarto en forma de una Biblia y un dedo acusador—, lo único de veras peligroso había sido lo único que nadie temía. La que no gritaba. La que solo miraba. La que, de todas las mujeres condenadas de aquel valle, la había elegido a ella para mirarla despacio y aprenderse el camino de vuelta.

No sabía para qué. No tenía manera de saberlo. Pero se durmió aquella noche —las pocas horas que durmió— con la sensación exacta de quien ha sido apuntado en una lista que no ha llegado a ver, por una mano tranquila, para un día que todavía no tiene fecha.