12 Mercy de cerca
30 de diciembre de 1692
Trajeron a las niñas a la cárcel el penúltimo día del año.
Vino con ellas el reverendo Cobb, y venía a hacer una obra de misericordia, o eso creía él, que era peor. Faltaba poco más de una semana para que el tribunal nuevo empezara a ver las causas, y Cobb, que era hombre de fe entera y sin dobleces, no soportaba la idea de que ninguna de aquellas mujeres fuera a la horca sin haberle ofrecido antes, una última vez, la puerta del arrepentimiento. Así que se plantó en el corredor húmedo de las celdas con su Biblia y su voz de domingo, y detrás de él, apretadas y pálidas como un ramo de flores de invierno, entraron cuatro de las afligidas.
Temperance las conocía a todas de nombre, aunque no de trato. Eran las niñas cuyos ataques habían llenado las celdas: la mayor tendría dieciséis años; la menor, once. Las miró llegar con la misma atención fría con que miraba todo, buscando la costura de la representación, porque a aquellas alturas ya no le cabía duda de que era una representación, aunque no supiera del todo quién escribía el papel. Y la encontró enseguida en tres de ellas. Se les veía el miedo verdadero —el de meterse en una cárcel de brujas, que para ellas eran brujas de verdad— y se les veía, debajo, otra cosa: la conciencia incómoda de las que han empezado un juego que ya no pueden parar, y que rezan por dentro para que nadie les pregunte cuándo fue exactamente la primera mentira. Niñas asustadas de sí mismas. Eso eran tres de las cuatro. Temperance sintió por ellas algo parecido a la lástima, porque sabía que también a ellas la máquina las había atrapado, y que el día que despertaran de aquel sueño iban a tener que vivir el resto de su vida sabiendo a cuántas habían ayudado a colgar.
Lo que la máquina había entendido, y ella empezaba a entender viéndola funcionar tan de cerca, era que no hacía falta que las niñas fueran malas para que aquello matara. Bastaba con que fueran niñas: con que tuvieran, como todas las crías, hambre de que las miraran, miedo del castigo, la lealtad ciega de la manada, y una edad en la que una mentira gorda, si la aplauden bastantes adultos, se vuelve indistinguible de la verdad. El pueblo no las obligaba a mentir. Las premiaba por hacerlo. Les daba, a unas crías que nunca habían tenido voz, el poder de que un hombre hecho y derecho temblara cuando ellas señalaban con el dedo, y ese poder era una droga demasiado fuerte para una niña de doce años. La máquina se cebaba de eso: de la debilidad más común y más perdonable del mundo —la de querer ser importante—, puesta al servicio de la horca.
Cobb abrió el libro y empezó. Habló del Enemigo y de sus siervas, de la misericordia infinita que aún aguardaba a la que confesara, del fuego sin fin que esperaba a la que muriera en su obstinación. Tenía buena voz y creía cada palabra, y ahí estaba lo terrible: no era un hipócrita, era un hombre bueno equivocado de raíz, que iba a firmar sentencias de muerte con el corazón limpio. Mientras hablaba, dos de las niñas empezaron a temblar. Luego a gemir. Una cayó de rodillas señalando a la vieja Pratt, que ni siquiera oía bien lo que la acusaban de hacer, y gritó que la sorda le clavaba alfileres desde el otro lado de los barrotes; y la Pratt, aterrada, se apretó contra el muro sin entender por qué. Otra se retorció en el suelo llamando a su madre.
Temperance había oído contar aquellas escenas durante meses, desde la celda, en boca de carceleros y de recién llegadas, pero oírlas contar y verlas eran cosas distintas. De cerca no tenían nada de sobrenatural. Tenían algo mucho peor: se les veía el mecanismo. Se veía a una niña mirar de reojo a las otras antes de caer, para no caer sola. Se veía cómo un grito llamaba al siguiente, cómo el temblor se contagiaba igual que se contagian el bostezo o la risa floja en un banco de iglesia. Se veía a los adultos —el carcelero, un par de vecinos que habían entrado detrás— beberse el espectáculo con los ojos muy abiertos, asintiendo, confirmándose unos a otros que sí, que aquello era el Diablo, porque necesitaban que lo fuera; porque a esas alturas resultaba más soportable creer en brujas que aceptar que unas crías les habían tomado el pelo y que ellos habían colgado a sus vecinas por un teatro de aldea.
Era el espectáculo de siempre, el que había puesto la soga en veinte cuellos, y a Temperance se le revolvió el estómago de verlo tan de cerca, tan sucio, tan pequeño: unas niñas fingiendo dolor y un pueblo entero dispuesto a matar por creerlas.
Y en medio de todo aquel ruido, había una niña que no hacía nada.
* * *
Estaba un paso por detrás de las otras, muy quieta, con las manos recogidas delante del delantal, y no gritaba, ni se retorcía, ni señalaba. Miraba. Temperance supo quién era antes de que Cobb la nombrara, porque había oído hablar de ella hasta en la cárcel: la sobrina del reverendo, la huérfana que la peste había dejado sin nadie, la afligida a la que todo Salem creía sin reservas porque su dolor no daba voces, la niña Danvers. Mercy. La que lloraba callada mientras las otras berreaban, y a la que esa misma quietud había convertido en la prueba viviente de que aquello era real: si hasta la mansa sufría, ¿cómo iba a ser mentira?
De cerca, la quietud era otra cosa. Temperance había criado —o casi— y había visto crecer a bastantes niñas para saber cómo se está quieta a los trece años, que es de una manera que no lo está del todo: siempre hay un pie que se mueve, un mechón que se enrosca en un dedo, un peso que pasa de una cadera a la otra, un cuerpo joven al que le cuesta no ser un manojo de impaciencia. Mercy estaba quieta como está quieta el agua de un pozo. Sin fondo aparente. Como si por dentro no le pasara nada de lo que a esa edad pasa, o como si le pasara algo tan distinto que no se traducía en ninguno de los pequeños movimientos de una cría. Estaba quieta con una paciencia que Temperance no había visto nunca en alguien tan joven, y que solo había visto, pensó sin querer y apartando enseguida el pensamiento, en cosas muy viejas que saben esperar.
No es que la niña pareciera mayor de lo que era; ese era el error que cometían los demás al llamarla «muy hecha para su edad», y por eso no veían nada. No parecía mayor. Parecía vacía de lo que llena a una niña. Donde en cualquier otra cría de trece años había un hervidero —impaciencia, susto, ganas, vergüenza, todo a la vez y mal contenido, asomándose por los ojos y por las manos—, en aquella no se adivinaba hervor ninguno: solo una calma lisa y atenta, la calma de quien observa desde muy lejos algo que le interesa sin que le importe. Temperance se dijo que eran figuraciones suyas, cansancio de tres meses de encierro, ganas de encontrarle una cara al mal que la estaba matando. Se lo dijo, y siguió mirándola.
Cobb la llamó a su lado. «Mira, Mercy», dijo, con una ternura que le suavizaba la voz de trueno, «mira lo que el Enemigo hace de las almas.» Y la puso delante, con una mano en el hombro estrecho, como se enseña un tesoro o una herida. Las otras tres niñas seguían con lo suyo, pero todos los ojos —los de Cobb, los del carcelero que se había santiguado dos veces, los de las presas— fueron a la mansa, a la que sufría sin ruido, porque era a ella a quien todos querían proteger. Y Mercy paseó despacio la mirada por las celdas, por la Pratt encogida, por Rebecca que lloraba, por Silence que le sostuvo los ojos con su calma de comadrona, y siguió, sin detenerse en ninguna, hasta que llegó a Temperance.
Y se detuvo.
No fue nada que nadie pudiera ver. No hubo mueca, ni sonrisa, ni un brillo de más en los ojos; nada que Temperance hubiera podido señalar y decir «ahí, ¿lo veis?», porque no había nada que señalar. Fue solo que la mirada de la niña, que había resbalado sobre todas las demás como el agua sobre la piedra, en ella se posó. Se quedó. La miró como se mira algo que se estaba buscando. Y con la mirada llegó el frío.
Temperance lo conocía. Ese era el punto. Llevaba tres meses en aquella celda helada y sabía distinguir el frío del invierno —el de la piedra, el de la humedad, el que entra por el ventanuco— de aquel otro frío, el que había sentido crecer en el muro del norte la noche del solsticio, el que venía del otro lado de las cosas. Y el frío que llegó cuando los ojos de la niña se posaron en ella no venía del invierno: venía del otro lado de las cosas. Le llegó por la nuca, finísimo, como si en algún lugar detrás de aquella criatura de once arrobas y cara de pena se hubiera entreabierto un dedo la misma puerta que ella custodiaba desde la linde de una finca vacía. No venía de la niña, o eso quiso creer Temperance: venía de detrás de la niña, de algún sitio al que la cría daba la espalda sin volverse, igual que en el solsticio se la había dado al muro del norte. Como si aquella niña fuera, sin más, el punto por donde el frío había encontrado la manera de entrar en una habitación cerrada. Se le puso la carne de gallina, y no de miedo —Temperance no tenía miedo—, sino de reconocimiento, que es peor.
—Esa no tiene miedo —dijo Mercy.