11 El patrón #2
Silas despertó con el nombre en la boca y la mejilla pegada al papel, empapado en un sudor que se le había enfriado y le hacía tiritar. Tardó un momento largo en saber dónde estaba. La vela se había consumido. Por la ventana entraba una luz gris y sucia. Y el nombre seguía allí, absurdo, nítido, colgado en el aire de la habitación como si acabara de decirlo alguien de carne: Deliverance. No conocía a ninguna Deliverance. No había ninguna en las causas, ni entre las presas, ni en los papeles de Vane; lo habría recordado, porque recordaba todos los nombres, era su oficio. Y sin embargo aquel le pesaba en la memoria como si lo llevara puesto desde antes de nacer, como si no lo hubiera soñado sino recordado, y esa idea —que hubiera cosas que él recordaba sin haberlas vivido— le dio más miedo que las astas y que el hielo, porque era la clase de idea contra la que un hombre de leyes no tiene ningún argumento. Por un instante, medio dormido todavía, tuvo la certeza insensata de que aquella mujer del hielo lo conocía a él; de que el nombre que repetía no era solo suyo, sino también, a su manera, una llamada dirigida a él, a algo suyo muy antiguo que él no sabía que llevaba dentro. Luego la razón volvió a su puesto, como un centinela que se hubiera dormido, y le dio vergüenza. La apartó. Se lavó la cara con el agua helada del aguamanil, se dijo que eran los nervios y la falta de sueño, y volvió a los papeles, porque en los papeles no había caras dentro del hielo.
* * *
Fue entonces, buscando refugio en el orden, cuando encontró la hoja.
Estaba en el legajo de Temperance Fell, entre los pliegos que él mismo había ido apartando, y era nueva; no había estado allí la última vez. Una declaración fechada tres días después del solsticio, tomada a una de las afligidas y refrendada por dos vecinos, en la que se juraba que el espectro de la Fell del norte se había aparecido aquella noche terrible en la casa de reunión, junto al frío que heló el agua bendita, y había tocado con su mano de escarcha al hombre marcado. Era mentira, por supuesto. Temperance había pasado aquella noche encadenada en una celda a cuatro calles, y Silas lo sabía porque él mismo la había interrogado la víspera y la había dejado allí. Pero eso ya no importaba. Después del solsticio, ninguna mentira parecía imposible, y aquella hoja, si viajaba al tribunal de enero con las demás, valía por sí sola una soga. En el segundo interrogatorio, ocho días atrás, él le había arrancado a la causa la vieja declaración de Ashby —la de octubre, la única prueba con algún peso que había contra la Fell— y había creído, con la ingenuidad de quien todavía se creía capaz de frenar algo, que con eso la dejaba a salvo. Se había equivocado. La máquina, con la misma facilidad con que un río rodea una piedra, había fabricado otra prueba más nueva y más venenosa en cuanto le hizo falta. No se la paraba tachando hojas. Por cada hoja tachada, escupía tres.
Silas se quedó mirando la hoja mucho rato, a la luz gris del amanecer, sabiendo perfectamente lo que un magistrado debía hacer con ella, que era nada: dejarla en el legajo, remitirla con el resto, y confiar en que el tribunal hiciera justicia. Sabía también que el tribunal no iba a hacer justicia, que iba a hacer lo que llevaba meses haciendo, y que dejar aquella hoja en su sitio era firmar, con las manos limpias de quien solo cumple el trámite, la muerte de una mujer por un crimen que era físicamente imposible que hubiera cometido.
Conocía ese cruce mejor que nadie. Había visto a hombres buenos, jueces con más años y más fe que él, empezar por una piedad pequeña —una prueba incómoda que se traspapela, un testigo al que no se llama— y terminar convencidos de que la ley eran ellos, de que la justicia era lo que ellos sentían que era justo. Ese era, exactamente, el mecanismo que había llenado de horcas la loma: hombres seguros de tener razón corrigiendo el proceso con sus propias manos. Y ahora el hombre a punto de meter la mano en el proceso era él.
Acercó la hoja a la llama de la vela nueva que había encendido.
No la quemó de golpe. La sostuvo un instante junto al fuego, dándose una última oportunidad de ser el hombre que había entrado en Salem, el que no torcía una causa ni por lástima ni por asco, el que se enorgullecía de que su firma no matara nunca a la ligera ni salvara nunca por capricho. Ese hombre habría dejado la hoja en el legajo. Ese hombre ya no existía; lo había enterrado, sin darse cuenta del todo, en algún punto entre una declaración tachada y un bosque mirado de frente. El que quedaba en su lugar acercó el papel un dedo más, y vio prender la esquina, y vio subir la llama comiéndose la mentira línea a línea —el espectro, la mano de escarcha, las dos firmas de los vecinos—, hasta que no quedó de la hoja más que un rizo negro que se deshizo entre sus dedos y una peste a papel quemado en la habitación de Vane.
Y sintió vergüenza. No la vergüenza limpia del que se arrepiente, que al menos deja volver atrás, sino la otra, la que se queda: la de saberse, ya sin discusión posible, un juez corrupto. Porque eso era, exactamente, lo que acababa de hacer. Destruir una prueba para salvar a una acusada a la que debía juzgar sin favor. Daba igual que la prueba fuera falsa; falsear el proceso para corregir una injusticia seguía siendo falsear el proceso, y él, mejor que nadie, sabía adónde llevaba ese camino cuando lo tomaban hombres convencidos de tener razón: llevaba, exactamente, a una loma con veinte horcas. Y no se mintió: aquello no lo hacía por la ley, sino contra ella. Lo hacía porque no soportaba la idea de aquella mujer colgando por una mentira, y esa incapacidad suya de soportarlo, que no tenía nombre decente y a la que él se negaba todavía a ponerle el que empezaba a sospechar, pesaba ahora más que su juramento, más que su carrera, más que el hombre entero que había sido.
Barrió las cenizas de la mesa con el canto de la mano. Fuera, la aldea sin fiestas empezaba a despertarse a otro día de labor y de miedo, y en algún lugar al norte, más allá de las últimas cercas, seguía en pie una cosa con astas que él había visto en sueños y una cara de mujer atrapada en el hielo repitiendo un nombre que él no conocía y que, sin embargo, no iba a poder olvidar mientras viviera. Silas Thorne, magistrado de Su Majestad, se frotó los ojos que ya no descansaban, miró el patrón que había descubierto y no sabía nombrar, miró la ceniza de lo que acababa de hacer, y comprendió que se estaba hundiendo en algo que no entendía, con los ojos abiertos, y que había dejado de querer salir.