El Último Juicio de Salem 11 El patrón
33%

11 El patrón

28 de diciembre de 1692

Silas llevaba cuatro días sin dormir más de dos horas seguidas, y había dejado de pelear.

En lugar de dar vueltas en el catre de la casa de Vane, escuchando el frío arañar los bordes de la noche como un animal que quiere entrar, encendía una vela, extendía sobre la mesa los legajos de las causas y trabajaba. Era lo único que lo mantenía a flote: el trabajo, el orden, las columnas de una lista. Un hombre que se hunde se agarra a lo que sabe hacer, y Silas sabía leer un expediente mejor que nadie en la colonia. Si algo tenía sentido en aquel invierno demente, tenía que estar en los papeles, porque en los papeles el mundo aún se dejaba ordenar.

Se había hecho, en aquellas noches, una pregunta que no era la que le habían mandado hacerse. Ya no se preguntaba si aquellas mujeres eran culpables; esa pregunta se le había podrido en las manos hacía días, la noche del solsticio, delante de un pájaro helado que ningún libro suyo explicaba. Se preguntaba otra cosa, más fría y más útil: quiénes eran. Quiénes, exactamente, acababan en las celdas y en la loma de las horcas, y quiénes no. Porque un hombre acostumbrado a los patrones no puede mirar mucho tiempo veinte nombres escritos en columna sin empezar a buscar qué tienen en común. Y aquella columna tenía demasiado.

Empezó por lo más simple, las edades, porque las edades no mienten. Las anotó una a una al margen, y cuando terminó se quedó mirando los números un buen rato. No eran mujeres cualesquiera. La mayoría había pasado de los cuarenta, muchas de los cincuenta; había viudas de sesenta y setenta, como la Goodwife Pratt, a la que un «¿eh?» de sorda había bastado para condenarla. Las jóvenes eran la excepción, y las pocas que había —la muchacha de los Trask, de diecisiete— habían caído casi siempre por el señalamiento de otra, no por sospecha propia. El grueso de la cosecha eran mujeres mayores. Mujeres que ya no parían, que ya no servían para lo que aquella tierra esperaba de una mujer, y de las que, quizá, empezaba a sobrar la boca. Le vino a la memoria una frase que le había oído de niño a un tío suyo, granjero, hablando de las vacas viejas: que llegaba un invierno en que daba más cuenta el heno que la leche. Nadie lo decía de las mujeres en voz alta. Pero la lista lo decía por todos.

Siguió por el estado, y el frío de dentro se le hizo más hondo. Contó las casadas con marido vivo bajo el mismo techo: se contaban con los dedos de una mano. Casi todas las demás eran viudas, o solteronas, o mujeres a las que el hombre les faltaba de un modo u otro —muerto en el mar, muerto de fiebre, huido, nunca habido—. Mujeres, en suma, que no le rendían cuentas a ningún varón. Que decidían solas cuándo sembrar y a quién fiar y con quién no casarse. En un mundo hecho para que cada mujer estuviera bajo la mano de un padre o un marido, las que caían eran, una tras otra, las que se habían quedado sin mano encima. Como si estar sola fuera, en sí mismo, la primera prueba de culpa. En la lógica de aquel mundo tenía una coherencia perfecta y monstruosa: una mujer sin hombre era una cuenta sin cuadrar, una puerta sin cerrojo, una anomalía; y las anomalías, tarde o temprano, se explicaban con el Diablo, porque resultaba más fácil que explicarlas con la libertad.

Y luego llegó a la tierra, y tuvo que dejar la pluma sobre la mesa porque le temblaba.

Lo encontró como se encuentran las cosas peores: sin buscarlo, cruzando dos listas que no tenían por qué cruzarse. Silas conocía, de sus tratos con Vane y de haber ojeado los registros del condado, quién lindaba con quién, qué campo tocaba qué campo, qué viuda tenía un pedazo de tierra que a un vecino le venía de perlas para redondear el suyo. De modo que, casi por deformación de jurista, empezó a anotar junto a cada nombre de mujer otro nombre: el del que se quedaría con lo suyo si la colgaban. No esperaba gran cosa. Le salió una lista entera. La viuda Colson, con su prado de la vega, acusada por el marido de la sobrina que heredaría el prado. La molinera, cuyo molino codiciaba medio pueblo, señalada por una niña a los pocos días de un pleito de nada con un vecino. Una tras otra, junto a cada acusada aparecía, si uno sabía dónde mirar, una linde que se enderezaba, una herencia que cambiaba de mano, una deuda que se saldaba con una soga. Y, al final de todo, con una nota de mano firme que él mismo había visto al margen de un expediente el primer día, la finca del norte, los acres de los Fell, con su vecino de cara ancha y colorada que los codiciaba «sin saber por qué», presidiendo en persona el tribunal que iba a dejarlos vacantes.

Faltaba lo más difícil de contar, porque no cabía en ninguna columna: la clase de mujer. Silas había interrogado a bastantes para reconocerla. Eran, casi todas, mujeres que sabían algo o podían algo que las ponía por encima del sitio donde una mujer debía estarse. Comadronas como la Marsh, que conocían los cuerpos mejor que los médicos y las almas mejor que los pastores. Curanderas que sabían qué hierba bajaba una fiebre y cuál cortaba una hemorragia, en un mundo que prefería atribuir esos saberes al Diablo antes que admitir que una vieja pudiera saber más que un hombre con estudios. Mujeres de lengua afilada que habían contestado a quien no se contestaba. Mujeres que habían dicho que no —a un cortejo, a una venta, a un hombre acostumbrado a que no se lo dijeran—. No había entre ellas ni una sola tonta, ni una sola dócil, ni una sola que hubiera agachado la cabeza cuando tocaba. La brujería, en el fondo, parecía reducirse a eso: una mujer que sabía, o que tenía, o que se negaba. Cualquiera de las tres bastaba para acabar en la lista. Las tres juntas eran la Fell.

No era el Diablo. Esa fue la certeza que se le asentó en el estómago aquella noche, más pesada que ninguna prueba espectral. Fuera lo que fuese lo que se había helado en la casa de reunión —y algo se había helado, algo real que Silas no lograba colocar—, aquellas veinte mujeres colgaban por otra cosa. Colgaban por ser viejas, por estar solas, por tener un campo o un molino o un saber que otro quería; por haber dicho que no a un hombre, o que sí a la ciencia de las hierbas cuando el pastor mandaba rezar; por existir de un modo que aquel mundo no toleraba en una mujer sin dueño. La acusación de brujería era solo el cuchillo. La mano que lo empuñaba llevaba siglos empuñando cuchillos parecidos, y sabía perfectamente a quién elegir.

Silas había pasado la vida creyendo que servía a la justicia, que era un dique contra el capricho y la crueldad. Aquella noche, con las columnas delante, comprendió que llevaba meses haciendo de escribano de una carnicería antiquísima, y que su firma, su rigor, su famosa imparcialidad no habían sido un dique: habían sido el sello que la volvía legal. Una matanza con el papeleo en regla. Y él, el papeleo.

Lo que no lograba era nombrar la mano. Veía el patrón con una nitidez que le daba náuseas —edad, viudez, tierra, soledad, saber—, pero no encontraba, por más que lo buscaba, el centro del que salía. No era Vane; Vane era un buitre, no un cerebro, y solo aprovechaba una carroña que otros preparaban. No eran los magistrados, que se limitaban a firmar lo que les llevaban. No era, o no del todo, el reverendo Cobb, que creía cada palabra que decía con una fe demasiado sincera para ser cálculo. Las acusaciones brotaban de muchas bocas a la vez, sobre todo de las niñas afligidas, en un desorden que parecía casualidad y que Silas, con el patrón ya delante, empezaba a sospechar que no lo era en absoluto: como si alguien, en alguna parte, supiera con exactitud a quién señalar y cuándo, y se sirviera de las bocas de las niñas igual que un arquero se sirve del arco. Pero de ahí no pasaba. Había un designio; lo tocaba con la punta de los dedos y se le escapaba. Y no conseguía ver la cara que lo movía —aunque llevaba semanas mirándola sin saberlo.

* * *

Se durmió cerca del alba, con la mejilla sobre los legajos, y soñó.

En el sueño estaba en la linde de la finca, otra vez, pero no era de noche del todo: era esa hora sin color en que la nieve alumbra sola y el mundo parece estar debajo de un vidrio. El frío no venía del aire. Venía del otro lado de las piedras, y avanzaba hacia él por la tierra en dibujos de escarcha que crecían solos, como venas, como manos abriéndose, y donde tocaban, la hierba se quedaba tiesa con un chasquido finísimo. Y entre los árboles, muy quieto, había algo alto. No lo veía entero —nunca, ni en sueños, se dejaba ver entero—, pero le distinguía la silueta contra el cielo blanco, y de la cabeza le nacían astas, ramificadas y oscuras como las de un ciervo viejo, tan altas que se enredaban con las ramas de detrás, de modo que no se sabía dónde acababa la bestia y empezaba el bosque. Estaba esperando. No a que Silas se marchara: a que se acercara.

Bajó la vista, y lo que tenía a sus pies era mucho peor que las astas. Una lámina de hielo, lisa y honda como el agua de un pozo helado, y dentro del hielo, mirándolo desde debajo, una cara. Una mujer. Joven, o lo había sido; el hielo le borraba la edad y le blanqueaba el pelo hasta ponerlo del color de la escarcha. Tenía los ojos abiertos, sin parpadear, fijos en él, y la boca entreabierta, no de grito sino de palabra, como si llevara cien años tratando de decir una sola cosa a través de un palmo de invierno. Silas, en el sueño, se arrodillaba sobre el hielo para oírla —notaba el frío quemarle las rodillas a través de la ropa—, pegaba la oreja a la lámina, y lo que subía desde debajo, muy despacio, muy lejano, como una voz que llega desde el fondo de un pozo, no era un grito ni una súplica: era un nombre. El de ella. Se nombraba a sí misma desde dentro del hielo, una y otra vez, con la paciencia terrible de quien solo pide que alguien, alguna vez, la recuerde:

Deliverance. Deliverance. Deliverance.