10 Las otras #2
Era poca cosa que ofrecer, y las dos lo sabían. Un recuerdo no detiene una cuerda. Pero era exactamente lo que la máquina quería arrebatarles —no solo la vida, sino la última palabra sobre quiénes habían sido—, y negárselo, aunque fuera solo entre ellas dos, en aquella oscuridad que apestaba a paja y a miedo, era la única victoria que aún estaba a su alcance. Pequeña. Terca. Suya.
Silence la miró un rato en la oscuridad, y luego le apretó la mano con aquellas manos que habían sostenido a tantos moribundos, y no dijeron nada más aquella noche. Pero desde entonces fueron, sin decírselo, algo más que dos presas en la misma celda. Fueron dos personas que se habían encomendado la una a la otra la única cosa que la máquina no podía quitarles: el recuerdo verdadero de quién había sido cada una.
* * *
Y sin embargo Temperance no se limitaba a recordar. Recordar era para después. Mientras hubiera un antes, había trabajo.
No podía sacar a nadie de allí; eso lo tenía claro y no se engañaba. Lo que sí podía hacer, y hacía, era pelear en el terreno pequeño, el único que le habían dejado, y en ese terreno era temible. Conocía al carcelero cojo mejor de lo que él se conocía a sí mismo: sabía que le dolía la cadera con la humedad, y le había enseñado a Rebecca a prepararle una cataplasma de las que aliviaban, de modo que ahora el carcelero le debía a la muchacha un alivio diario y trataba a las presas un punto mejor de lo que le habría gustado a Vane. Sabía que el hombre robaba y vendía el sebo de las raciones, y en vez de denunciarlo —¿a quién?— lo usaba: a cambio de callar, el carcelero llevaba y traía recados entre las celdas, y a veces, si la moneda era buena, hasta fuera de los muros. Por esa vía Temperance había hecho llegar a la familia de la vieja Pratt la noticia de dónde estaba, y a la joven Rebecca le había conseguido que su hermana le mandara una manta y un mensaje —«aguanta»— que valía más que la manta.
Organizaba, además, lo que se podía organizar. Había convencido a las mujeres de que declararan todas la misma cosa sobre un punto pequeño pero repetido en varias acusaciones —una reunión nocturna que nunca existió—, de modo que sus versiones, en lugar de contradecirse como esperaban los jueces, encajaran, y una historia que encaja es mucho más difícil de tumbar que cuatro que se pelean. Había repartido a las fuertes entre las débiles para las noches malas, para que ninguna se quedara sola cuando le llegaba el terror de madrugada. Y había impuesto, sin decirlo con esas palabras, una regla que todas cumplían ya: que ninguna rogara delante del carcelero, ni llorara para que las oyeran, porque el miedo que se ve alimenta a quien lo mira, y ellas no iban a darles ese gusto. Los Fell no rogaban. Ahora, un poco, tampoco rogaban las otras.
Había, incluso, ganado terreno en cosas más pequeñas y más importantes. Había conseguido que la ración, escasa y a medias robada, se repartiera de modo que las embarazadas —porque había dos— y las viejas comieran primero, y que nadie protestara, imponiendo un orden donde el carcelero solo veía un montón de mujeres a las que dar de menos. Había aprendido los turnos de la ronda nocturna y se los había enseñado a las demás, para que supieran cuándo se podía hablar y cuándo callar. Con las semanas, aquella celda había dejado de ser un cajón de gente aterrada esperando su turno para morir y se había vuelto otra cosa, más difícil de nombrar: una especie de casa, con sus normas y sus jerarquías y sus cuidados, gobernada en voz baja por una muchacha con grilletes a la que nadie había elegido para el puesto y que lo había tomado igual, porque había un vacío, y ella no sabía estarse delante de un vacío sin llenarlo.
Era resistencia de hormiga, y Temperance lo sabía. No iba a torcer el brazo de la máquina. Pero tenía un motivo para pelear cada palmo que no habría podido explicarle a ninguna de aquellas mujeres sin que la tomaran por loca, y que la desvelaba más que el resto: que aquellas muertes que se venían encima no iban a ser, como creía el pueblo, el final limpio de nada. El pueblo pensaba que colgando a aquellas mujeres mataba al Diablo. Temperance sabía —de un modo que no habría sabido poner en palabras, porque no había palabras mansas para ello— que era justo al revés. Que cada soga, cada terror, cada aldea entera despierta de noche rezando de miedo, no vaciaba el bosque: lo llenaba. Que el miedo lo llamaba, se lo había dicho su abuela, y allí lo estaban llamando a gritos, día tras día, con la mejor voluntad del mundo. Y que las que colgaban no se perdían solo en la tierra del cementerio. Se perdían en otra parte, en algo más grande y más viejo y más hambriento, que llevaba generaciones esperando justo esto: que los hombres se pusieran a hacerle el trabajo ellos solos, convencidos de que lo combatían.
No sabía la mecánica de aquello. Su abuela nunca se la había explicado del todo, quizá porque tampoco la sabía entera, quizá porque hay cosas que no se enseñan ni queriendo. Lo que sabía Temperance era la forma del asunto, no sus tuercas: sabía que había una puerta, que la puerta estaba cediendo, y que cada muerte de aquellas empujaba desde el lado malo. Y no podía decírselo a nadie. No a Silence, que ya cargaba con lo suyo. No a Rebecca, que aún esperaba a su padre. A nadie. Era la carga particular de una guardiana sin puesto: ver venir una cosa que nadie más veía y no tener ya ni una cerca desde la que gritar que se acercaba.
Aquella noche, la segunda desde que había vuelto de un sitio del que no le había hablado a ninguna, se quedó despierta como casi siempre, escuchando respirar a las otras en la oscuridad. Rebecca lloraba bajito, creyéndose sola. Ashby murmuraba en sueños los cuatro nombres, como quien no puede soltar una piedra ni dormido. Silence roncaba, tranquila, porque una comadrona aprende a dormir en cualquier parte entre un dolor y el siguiente. Y Temperance, en medio de todas ellas, contó las que quedaban, y las que iban a faltar antes de la primavera, e hizo lo único que sabía hacer con lo que no se puede cambiar: no cerró los ojos. Se quedó mirando la oscuridad en dirección al norte, hacia una linde sin guardia y una puerta que cedía, y montó guardia por las que dormían, aunque ya no le sirviera de nada a nadie, aunque fuera la guardia más inútil del mundo, porque era suya, y porque alguien tenía que estar despierto mientras la máquina, ahí fuera, ponía la mesa.