El Último Juicio de Salem 10 Las otras
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10 Las otras

26–27 de diciembre de 1692

La cárcel se había llenado desde la noche del solsticio.

Antes de aquella noche, la aldea todavía dudaba a ratos, y las dudas, aunque no salvaran a nadie, al menos frenaban un poco la mano. Después, ya no. Un pueblo entero había visto helarse el agua bendita y caer un pájaro muerto de las vigas, y a partir de ahí ninguna acusación pareció descabellada y ninguna resistencia, inocente. Los nombres, que en otoño caían de uno en uno, empezaron a caer a puñados. En tres días habían metido a seis mujeres nuevas en las celdas, y a un hombre, y se hablaba de más para después de las fiestas que no se celebraban.

Temperance las vio llegar a todas desde su rincón, y a todas les puso, sin querer, la etiqueta que le salía de dentro por costumbre de guardiana: quién iba a aguantar y quién iba a quebrarse, quién mentiría para salvarse y quién moriría por no mentir. Era un cálculo frío y le daba vergüenza hacerlo, pero lo hacía igual, porque saber en qué manos podía apoyarse y de cuáles tenía que cuidarse era lo único que aún estaba en su poder, y una Fell no desperdicia lo poco que le queda en su poder.

Las había de todas clases, y eso era lo peor: que no había un tipo de bruja, porque no había brujas. Estaba la joven Rebecca Trask, de diecisiete años, a la que habían prendido porque una de las afligidas la señaló en mitad de un ataque, y que llevaba dos días sin entender qué hacía allí, preguntándole a todo el que pasaba cuándo iba a venir su padre a sacarla, sin caer aún en la cuenta de que su padre no iba a venir, de que ningún padre podía ya con aquello. Estaba la vieja Goodwife Pratt, sorda de un oído y medio ciega, que había respondido «¿eh?» cuando el magistrado le preguntó si renunciaba a Satanás, y a la que el «¿eh?» le había valido la cárcel porque los presentes prefirieron oír un titubeo culpable antes que a una anciana que no oía bien. Y estaba Martha Ashby.

A Ashby, Temperance procuraba no mirarla mucho. No por rencor —lo había dejado en el segundo interrogatorio, al entender que aquella hoja firmada con su nombre no contaba lo que ella hubiera hecho, sino lo que Martha necesitó decir para no morir—; la miraba poco porque mirarla dolía de otra manera. Ashby había confesado en octubre. Se había arrodillado y había dicho que sí, que había firmado el libro del Diablo, que había volado a los aquelarres, que había visto allí a un vecino y a dos mujeres y a la nieta de la vieja Fell; y por decir todo aquello, que era mentira de cabo a rabo, seguía viva. Esa era la lección que la máquina enseñaba con más claridad que ninguna otra, y que Ashby encarnaba de cuerpo entero en su rincón, encogida sobre sus manos de reúma: que quien confesaba una mentira se salvaba, y quien defendía una verdad se ahorcaba. Un mundo puesto exactamente del revés. Ashby no levantaba la vista de sus manos. Vivía, pero se le notaba en la cara que no estaba segura de haber elegido bien, y que cargar con cuatro nombres ajenos pesaba, a la larga, casi tanto como una soga. Alguna noche Temperance la había oído llorar sin ruido, y una vez, medio dormida, la había oído pedir perdón a oscuras a los cuatro, uno por uno, por sus nombres, como quien reza un rosario de culpas. A la mañana siguiente Ashby volvía a ser la vieja callada de las manos hinchadas, y nadie habría dicho que por dentro se pudría despacio. Confesar la había salvado del lazo y la había condenado a otra cosa peor y más larga: a vivir sabiendo el precio exacto de su propio aliento, contado en cuellos ajenos.

Temperance no la juzgaba. Ya no juzgaba a casi nadie. Guardaba su desprecio entero para la máquina, y para los dos hombres que la movían cada uno a su modo —el que creía, con su piedad terrible, y el que calculaba, con su hambre de tierra—, y del que calculaba llegaban noticias todos los días a través del carcelero, noticias que apretaban: que el tribunal nuevo se juntaba pasadas las fiestas, que las causas se verían todas de corrido, que había prisa por despachar antes de febrero. Vane no aparecía por la cárcel. No hacía falta. Su prisa se colaba por las rejas en forma de rumor y les iba enseñando a todas, sin necesidad de decírselo, que el tiempo se acababa.

Al día siguiente, el veintisiete, trajeron a dos más. Una era la mujer del molinero, gorda y colorada, que había tenido la mala idea de discutirle el peso de un saco a un vecino que resultó ser primo de una de las afligidas; a la semana la niña la vio volando por su ventana. La otra no entró en la celda por su propio pie: la metieron a rastras, muda, con los ojos idos, y Temperance reconoció al instante la clase de silencio que traía, porque era el de quien ya ha decidido morir y solo espera que le den permiso. Con esas eran ocho las nuevas desde el solsticio. Ocho en menos de una semana. La máquina, que en otoño molía despacio, había cogido el ritmo; y Temperance, contándolas, pensó que Vane no podía estar más satisfecho, porque cada mujer que entraba por aquella puerta era una causa más para el tribunal de enero, un motivo más para no perder el impulso, y —aunque Vane no lo supiera, aunque no lo hubiera sabido explicar ni queriendo— una boca más para lo que aguardaba al norte.

* * *

Silence Marsh no era una víctima. Esa fue la primera cosa que Temperance decidió sobre ella la primera semana, y no había cambiado de opinión.

Lo era en los papeles, claro: acusada, presa, condenada de antemano como todas. Pero Silence se negaba a comportarse como tal, y esa negativa la hacía, a ojos de Temperance, la persona más viva de aquellas celdas. Tenía cuarenta y tantos años y las manos de una comadrona, que son unas manos que lo han visto todo: había sacado a media aldea de los vientres de sus madres, incluidas —le gustaba señalarlo con una sonrisa torcida— dos de las niñas que ahora se retorcían en la casa de reunión señalando vecinas. «Yo las traje a este mundo dando gritos», decía, «y mira cómo me lo pagan; a la próxima las dejo dentro.» Lo decía para reírse, porque Silence se reía de todo, y su risa en aquel sitio era una forma de resistencia tan buena como cualquier otra.

Le había contado su vida a Temperance en pedazos, a lo largo de semanas, en las noches largas en que ninguna de las dos dormía. Había enviudado joven, de un pescador que no volvió de una galerna, y no había vuelto a casarse porque, decía, ya tenía bastante con parir a los hijos de las otras como para andar pariendo los propios. Se había hecho comadrona con la vieja del pueblo de al lado, y luego sola, y durante veinte años había sido la mujer a la que se llamaba a medianoche cuando algo iba mal en un parto: la que llegaba con su bolsa y sus manos frías y su cabeza tranquila, y que a veces salvaba a la madre, y a veces al niño, y a veces —esto lo decía sin dramatismo, como quien menciona el precio del grano— a ninguno de los dos, y entonces se quedaba a lavar el cuerpo y a sostener al viudo hasta el amanecer. Sabía de la muerte más que el reverendo Cobb con todos sus sermones, porque la había tenido entre las manos, tibia y reciente, muchas más veces que él.

Había una historia que a Silence le gustaba contar, no porque fuera alegre, sino porque, decía, era la más verdadera que tenía. Una noche de hacía muchos años la habían llamado a un caserío de las afueras, a un parto que venía torcido, y había peleado hasta el amanecer, con la madre gritando y el marido rezando a la puerta, y al final había sacado a un niño que no respiraba. Lo había tenido en las manos, azul y quieto, y en vez de dárselo al cura para el agua, se lo había puesto contra el pecho, y le había frotado la espalda, y le había soplado en la boca, contra toda prudencia y contra lo que mandaba el pastor, hasta que la criatura tosió y berreó y se puso roja. «Aquel niño anda hoy por ahí, ya hombre», decía Silence. «Y no sé si ha salido bueno o malo, ni me importa. Lo que sé es que respira porque yo no le hice caso al que decía que lo dejara en manos de Dios. A veces las manos de Dios son un par de manos frías a las cuatro de la mañana, y ya está.» Era la clase de cosa por la que ahora la iban a colgar: por saber demasiado del cuerpo, por meterse donde, según ellos, solo tenía derecho a meterse la providencia. Habían convertido en brujería cuarenta años de no dejar morir a la gente.

Por eso a Temperance le sorprendió descubrir de qué tenía miedo. Porque Silence, que no le temía a morir —lo había dicho, y era verdad—, sí le temía a una cosa, y una noche se la confesó en voz muy baja, para que no la oyeran las otras.

—A mí que me cuelguen no me da miedo, muchacha —dijo—. He visto morir a bastante gente para saber que es rápido, y menos malo que otras cosas que he visto. Lo que no soporto —y aquí se le quebró un poco la voz, la única vez que Temperance se la oyó quebrarse— es que lo último que digan de mí sea una mentira. Que me metan bajo tierra con un cura diciendo a voz en grito que serví al Diablo. Cuarenta años sacando criaturas a la luz, algunas que no querían salir, con estas manos, de noche, en establos, con la nieve entrando por las rendijas… y me van a enterrar como bruja. No me da miedo el lazo. Me da miedo que esa mentira sea lo que quede. Que las criaturas que yo saqué a la luz, media aldea, crezcan oyendo que la comadrona que las trajo al mundo servía al Hombre Negro, y se lo crean, porque lo dijo un tribunal.

Temperance no le dijo que no fuera a pasar, porque iba a pasar, y Silence no era mujer a la que se le pudiera mentir a la cara sin insultarla. Le dijo la única cosa verdadera que se le ocurrió.

—Yo sé lo que eres —dijo—. Y lo que soy yo. Y si de las dos ha de quedar algo, que quede al menos en una cabeza que sabe la verdad. En la mía queda. No es un tribunal, pero es lo que hay.