El Último Juicio de Salem 9 Sin Navidad #2
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9 Sin Navidad #2

Lo vio llegarle a Silas antes de que él supiera lo que era. Primero fue una quietud distinta en su cuerpo, como la del animal que levanta la cabeza sin saber aún por qué. Después, el modo en que dejó de mirar el bosque con los ojos y empezó a escucharlo con toda la piel. Y por fin, en la cara, una cosa que Temperance conocía muy bien porque se la había visto a sí misma en el reflejo del pozo de niña: el instante en que uno cae en la cuenta de que aquellos árboles no están vacíos. De que hay algo del otro lado de las piedras. De que lo que fuera que hubiera allí llevaba un rato largo, quizá toda la vida, sabiendo de él mucho más de lo que a él le convenía.

—Ahí hay algo —dijo Silas, y la voz le salió rara, más baja, sin nada del aplomo del magistrado—. No... —Se detuvo. Tragó saliva—. No es una impresión. No es el frío ni la hora. Hay algo ahí, y está... —Buscó la palabra como se busca a tientas en una habitación oscura, y la que encontró le repugnó decirla—. Está atento. A nosotros.

—A usted —dijo Temperance en voz muy baja, sin mirarlo, mirando el bosque—. A mí ya me conoce.

Como para darle la razón, el frío cambió. Un frío distinto del del aire, que ya era mucho: uno que venía de más adentro, del otro lado de las piedras, y que subió por el sendero hacia ellos despacio, como sube el agua por la tierra. Los árboles no se movieron —no corría viento— y aun así Temperance oyó recorrerlos algo, una especie de atención que pasó de tronco en tronco y se detuvo justo enfrente, en el borde mismo. No se veía nada. Nunca se veía nada; ese era el error de todos, buscar una figura, un bulto, unos ojos en la negrura. Lo que había allí no tenía la cortesía de dejarse ver. Solo estaba, del otro lado de un palmo de aire y de una hilera de piedras que llevaba generaciones aguantando, y esperaba, con una paciencia que a Temperance le había parecido siempre lo más terrible de todo: la paciencia de lo que sabe que el tiempo juega de su parte.

No debería. Ese fue el pensamiento que le cruzó por dentro mientras lo decía, frío y afilado como todos los suyos, y que se guardó de compartir. Un hombre de fuera, un puritano de Boston, un juez que se ganaba la vida con lo que se podía tocar y contar, no debería sentir aquello. La gente normal pasaba por delante de aquellas piedras y no notaba nada, o notaba, como mucho, ese escalofrío sin nombre que atribuían a la humedad y a los cuentos. Para sentir lo que aquel hombre estaba sintiendo —para ponerse pálido, y bajar la voz, y encontrar la palabra «atento» sin que ella se la soplara— había que tener algo dentro que la mayoría no tenía. Ella lo tenía porque era una Fell, y le venía de una sangre que sabía guardar. ¿De dónde le venía a él? Temperance no lo sabía, y no le gustaba no saberlo, porque en su experiencia lo que no se entendía era casi siempre lo que acababa haciéndote daño. Pero ahí estaba la prueba de que no se había equivocado al escogerlo: había traído al lindero al único forastero de la comarca capaz de mirar el bosque y ver que el bosque le devolvía la mirada.

—¿Qué es? —preguntó Silas. Se había vuelto hacia ella, y en el reflejo del farol tenía los ojos de un hombre que necesita que le mientan y sabe que no van a mentirle—. Decidme qué es. Ese fue el trato.

—El trato fue que se lo mostraría. Y se lo estoy mostrando. —Temperance sostuvo su mirada—. No le voy a poner nombre esta noche, magistrado, y no por crueldad. Es que el nombre no le cabe todavía. Si yo le dijera ahora mismo lo que hay detrás de esas piedras, usted, con toda esa buena cabeza que tiene, encontraría antes del amanecer diez maneras de no creérselo, y volvería a Boston tan tranquilo, y dormiría. Yo no quiero que duerma. Quiero que sepa lo que ha sentido. El nombre vendrá cuando esté listo para no soltarlo. Esta noche solo tenía que saber una cosa, y ya la sabe: que hay algo ahí, que es viejo, que no es el Diablo de sus sermones, y que lleva generaciones queriendo pasar. Lo único que se ha interpuesto entre eso y su aldea, todo este tiempo, ha sido una hilera de piedras bajas y una familia de mujeres a las que ustedes están colgando de una en una.

El silencio que siguió fue distinto de todos los otros. En la casa de reunión, cuando se heló el agua bendita, Silas había estado rodeado de doscientas personas y no había tenido a nadie con quien mirar aquello de frente. Ahora eran dos, solos en la nieve, delante de la misma cosa, y los dos sabían que era real, y ninguno de los dos tenía que fingir delante del otro que no lo sabía. Temperance sintió el peso de aquello asentársele en el pecho, y no le gustó, porque era una forma de compañía, y ella llevaba tres meses aprendiendo a no necesitar ninguna. No confiaba en él. No se había ablandado; seguía siendo el hombre que iba a decidir si la colgaban. Pero por primera vez desde que se llevaron a su abuela, había alguien de este lado de las piedras que veía lo que ella veía, y esa sola cosa, quisiera o no, cambiaba el frío de la noche.

—¿Por qué me lo enseñáis a mí? —preguntó él, y por el modo en que lo dijo, ella entendió que había notado lo mismo, y que le daba tanto miedo como a ella—. Podríais habérselo callado. Podríais colgar en silencio, como vuestra abuela, y llevaros esto a la tumba.

—Podría —dijo Temperance. Y no le dijo el resto, porque el resto era demasiado: que ya no le quedaba nadie a quien dejarle la guardia, y que un puesto vacío es peor que un juez perdido, y que si tenía que elegir entre morir digna con el secreto intacto o morir habiendo puesto ese secreto en los ojos del único forastero capaz de sostenerlo, elegía lo segundo, aunque fuese un juez, aunque no se fiara de él, aunque le costara el poco orgullo que le iban a dejar conservar. Se guardó todo eso. Le dio, en su lugar, la única verdad que cabía en la noche helada sin descoserse entera—. Porque usted es el primero que ha venido hasta aquí y lo ha oído. Y no pienso desperdiciar eso solo porque, además de oírlo, sea usted quien tenga que firmar mi soga.

Emprendieron el regreso antes de que clareara, como él había jurado. Ninguno de los dos volvió a hablar del bosque. Pero al pasar de nuevo junto a la casa muerta, Temperance vio a Silas girar la cabeza hacia el umbral sin pisar, hacia la nieve intacta y la sal comida por la lluvia, y detenerse una fracción de segundo, como si por fin entendiera que aquello no era una finca abandonada sino una puerta abierta, y que alguien, en algún momento, iba a tener que volver a cerrarla. Después siguió caminando, con la cara otra vez cerrada de magistrado. Pero lo había mirado. Y Temperance, arrastrando los grilletes por la escarcha de vuelta hacia la aldea sin Navidad, supo que aquel hombre, dijera lo que dijese, ya no iba a poder desandar lo que había sentido esa noche; que se lo llevaba dentro, como se lleva una astilla bajo la uña; y que ella, al ponérsela, había dejado de estar del todo sola por primera vez en tres meses, y había cometido, quizá, el error más peligroso de su vida.