El Último Juicio de Salem 9 Sin Navidad
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9 Sin Navidad

24 de diciembre de 1692

En Salem no había Navidad, y aquella noche el hueco de la fiesta que nadie celebraba pesaba en el aire helado como pesa una habitación en la que acaba de morir alguien.

Los puritanos la habían arrancado de raíz hacía dos generaciones, con la misma diligencia con que arrancaban todo lo que oliera a Roma o a antiguo. Para ellos, el veinticinco de diciembre no conmemoraba el nacimiento de nada; era una superchería de papistas, un disfraz devoto de las viejas orgías del solsticio, y lo trataban en consecuencia: como una jornada de labor cualquiera, sin una vela de más en las ventanas, sin un dulce, sin una canción. En Boston multaban a quien holgara ese día. En Salem no hacía falta multar a nadie; bastaba con la mirada que te echaba el vecino si te sorprendía sonriendo sin causa el día en que estaba prohibido tener causas.

Y sin embargo el hueco estaba allí, y Temperance lo notaba desde la reja, mirando la aldea negra y atrancada a cal y canto: un pueblo entero fingiendo, con una terquedad casi heroica, que aquella no era una noche distinta de las demás, cuando cada ventana apagada gritaba lo contrario. Le hizo una gracia amarga. Los mismos que se rasgaban las vestiduras por el Diablo del bosque se pasaban la vida negándole el sitio a cuanto no cupiera en sus libros, sin caer en la cuenta de que a un mundo al que le quitas las fiestas no se vuelve más santo: se vuelve más oscuro.

Y quizá, pensó, no fuera casualidad que el horror hubiera escogido aquella estación para apretar. Un pueblo que se prohíbe la luz y la alegría en el corazón del invierno se queda a oscuras justo cuando más falta le hace la lumbre; y en la oscuridad, todos lo sabían sin decírselo, es cuando las cosas se arriman a las ventanas. La aldea había apagado sus velas por devoción, y no caía en la cuenta de que con ese mismo gesto le abría la puerta a lo que decía temer.

Ella, que no era de los suyos, sabía de noches sagradas más de lo que ninguno de ellos sabría jamás. La suya había caído tres noches atrás, en el solsticio, y había muerto una vieja y se había helado el agua bendita mientras la aldea llamaba a gritos por el nombre que no era. Esta de ahora, la que el calendario tenía por santa, para Temperance no pasaba de ser otra noche larga y sin guardia.

Hasta que oyó la llave.

No era la hora del carcelero ni era su paso. Silas Thorne entró embozado, con el farol medio tapado, y cruzó con el carcelero las palabras justas para dejar flotando en el aire la única que importaba —«instrucción»—: una diligencia, un magistrado que precisaba que la acusada le señalara un lugar sobre el terreno, nada que no estuviera en su derecho hacer. El carcelero, con el bolsillo aún caliente de la víspera, no discutió la hora ni lo impropio de sacar a una presa de madrugada. Le pasó a Temperance los grilletes por delante de las muñecas, le echó por los hombros una manta que olía a otro, y la entregó como quien entrega un fardo del que se alegra de deshacerse.

Salieron a una noche sin luna.

El frío era el mismo que llevaba días apretando, pero a cielo abierto tenía otra calidad, más limpia y más honda, y Temperance lo agradeció en la cara después de semanas de respirar el aliento agrio de la cárcel. Silas caminaba medio paso por detrás, sin tocarla, con una mano cerca de ella por si echaba a correr y la otra en torno al farol. No hablaban. La aldea los dejó pasar sin un testigo: ni una luz, ni una voz, ni el llanto de un niño; solo el crujido de la escarcha bajo las botas y, más allá de los últimos tejados, la línea negra de los árboles esperando donde siempre esperaba. Temperance conocía aquel camino con los pies. Lo había hecho miles de veces —a por agua, a por leña, a llevarle remedios a una parturienta de las afueras— y la última vez lo había recorrido al revés, hacia el pueblo, con las manos atadas y un alguacil a cada lado, sin volver la cabeza para no ver la casa por última vez. Ahora lo desandaba en la oscuridad, otra vez maniatada, otra vez custodiada, pero hacia dentro en lugar de hacia fuera, y con un guardián de otra clase: uno que aquella noche la llevaba a otra cosa, a enseñarle un secreto que ninguna Fell había puesto jamás en manos de un forastero. Se preguntó qué habría dicho su abuela de todo aquello. Probablemente nada. Probablemente se habría limitado a mirarla con esos ojos que lo pesaban todo, y a dejar que Temperance cargara sola con la decisión, como una guardiana cargaba con lo demás.

Caminaron hacia el norte, hacia ella. Hacia casa.

* * *

La finca apareció al final del camino como aparece en un sueño una cosa que uno sabe muerta.

Temperance se detuvo sin querer, y Silas, detrás, se detuvo también. La casa seguía en pie —la piedra no se cae en tres meses— pero le habían echado el aliento encima el abandono y el invierno, y se le notaba en todo: en el portón cerrado con una tranca que no era la suya, en el hollín frío de la chimenea que llevaba semanas sin humo, en la nieve intacta del umbral, sin una sola pisada, que decía más claro que ninguna palabra que allí no vivía ya nadie. En el techado del cobertizo, las hierbas que su abuela colgaba a secar debían de haberse podrido o helado. El pozo estaría tomado. La sal del quicio, que Remember repasaba cada luna sin explicar nunca por qué, se la habría comido la lluvia hacía mucho.

Se acordó, sin poder evitarlo, de cómo era aquella casa cuando estaba viva. El humo saliendo derecho de la chimenea las mañanas sin viento. El olor a hierba amarga y a sebo hirviendo de las pomadas de su abuela. Remember en el quicio al anochecer, con el delantal puesto, mirando el bosque un rato largo antes de entrar a cenar, como quien echa el cerrojo con los ojos. Las dos cosas que hacía sin falta cada día de su vida —dar de comer a Temperance y mirar el bosque— y que Temperance, de niña, tenía por tan corrientes como respirar. Solo mucho después había comprendido que la segunda era un trabajo, y un trabajo viejo, y que se heredaba con la casa igual que se heredan las deudas: sin preguntarle a una si lo quiere.

Miró la casa vacía y sintió algo peor que la pena. Sintió la falta. La casa de un guardián no es una casa: es un puesto. Y aquel puesto llevaba tres meses desierto, con la puerta abierta al bosque y a nadie de este lado velando, y Temperance, de pie en su propia nieve con los grilletes puestos, comprendió por primera vez del todo, físicamente, en el frío de las muñecas y en el nudo del estómago, lo que había estado sabiendo desde la celda: que su abuela había hecho lo único que un Fell no puede permitirse, que era irse sin dejar a nadie mirando, y que ella estaba a punto de hacer lo mismo, y que entre las dos habían dejado la cerca sola en el peor invierno que Temperance recordaba.

—Vivíais aquí —dijo Silas. No era una pregunta; era, quizá, la primera cosa que le decía en toda la noche que no sonaba a juez.

—Vivíamos —respondió ella—. Mi abuela y yo. Y su madre antes, y la madre de su madre. —Echó a andar hacia el lindero sin esperarlo, con la manta apretada—. Los Fell hemos vivido en esta finca desde antes de que hubiera pueblo al que asustar. No por casualidad, magistrado. Por trabajo. Venga. No hemos venido a ver la casa.

Lo llevó bordeando el campo, por el sendero que sus pies conocían de memoria aunque la nieve lo hubiera borrado, hasta donde la tierra labrada se acababa y empezaba lo otro. La linde. Una hilera de piedras bajas, medio enterradas, que cualquiera habría tomado por el resto de un muro viejo, y detrás de ellas, de golpe, sin transición, los árboles: altos, negros, apretados, tan quietos que parecían pintados. Temperance se paró justo delante de la última piedra, en el borde mismo, y esperó a que él llegara a su lado.

—A partir de aquí —dijo— no dé un paso más sin que yo se lo diga. Y haga exactamente lo que yo haga.

—¿Y qué vais a hacer?

—Nada. —Lo miró—. Ese es el primer secreto, y el más difícil de aprender. Aquí no se hace nada. Se está.

Y se quedó quieta, de cara al bosque, sin apartar los ojos, con esa inmovilidad de labradora que había aprendido de una mujer que ya no estaba, y esperó a ver si aquel hombre de ciudad, que se lo pensaba todo tres veces, era capaz por una vez de no pensar nada.

A ella su abuela la había plantado allí mismo, en aquella piedra, a los nueve años, una noche parecida a esta, y no le había dicho qué buscar ni qué sentir; solo «quédate, mira, no corras», y se había vuelto a la casa dejándola sola de cara a los árboles hasta el amanecer. Temperance había pasado media noche muerta de miedo y furiosa con su abuela, y la otra media —sin saber cuándo había sido el cambio— sintiendo por primera vez lo que ahora intentaba hacerle sentir a Silas: que el bosque no estaba dormido. Al volver, Remember no le preguntó qué había notado. Le puso un tazón caliente en las manos y le dijo: «Ya lo sabes. Eso no se enseña con la boca.» Y tenía razón. Por eso Temperance callaba ahora.

Al principio Silas no entendió. Ella lo notó impacientarse a su lado, buscar con la mirada un objeto, una señal, una prueba de las suyas que llevarse a los ojos, algo que interrogar. No había nada que interrogar. Había un bosque de noche, callado, y el frío, y su propia respiración. Temperance no dijo palabra. Sabía que si le explicaba, lo perdería; que en cuanto pusiera nombres a aquello, la cabeza de Silas se agarraría a los nombres como a un pasamanos y dejaría de sentir. Lo que había que aprender allí no se aprendía por la oreja. De modo que calló, y aguantó, y lo dejó estarse, y esperó a que el silencio hiciera lo que no hacía ninguna declaración.

Tardó, pero llegó.