El Último Juicio de Salem 8 El trato #2
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8 El trato #2

Firmó los otros traslados esa tarde. Cuatro causas, cuatro plumazos, cuatro personas encaminadas hacia el tribunal de enero. El de Temperance Fell se quedó sin firmar sobre la mesa, y Silas lo miró durante horas, a la luz de la vela, como llevaba días mirándolo, y comprendió por fin que no iba a firmarlo. No porque hubiera decidido no firmarlo; sino porque, sencillamente, la mano no bajaba. Otra vez la marea. Otra vez el desconocido de dentro que sabía cosas que él no sabía y que había puesto un cerco alrededor de aquel nombre y no dejaba que la pluma lo tocara.

Y a la noche siguiente, incapaz todavía de firmar, hizo algo mucho peor.

Bajó a la calle helada, caminó las cuatro manzanas hasta la cárcel embozado como un ladrón, y le puso en la mano al carcelero cojo más monedas de las que aquel hombre veía en un mes, a cambio de un rato a solas con una presa y de una memoria corta. El carcelero, que había vendido cosas peores por menos, no hizo preguntas. Abrió la reja, dejó el farol y se retiró a rumiar su suerte al otro extremo del corredor. Y Silas Thorne, magistrado de Su Majestad, enviado a Salem a cerrar unos juicios con rigor y decencia, se encontró de noche, a escondidas y sobornando carceleros, dentro de la celda de la mujer a la que tenía que mandar a la horca.

Ella lo esperaba de pie, muy derecha, como quien aguardaba justo esa visita. Ni sorprendida ni asustada: solo atenta, con una calma que le puso a Silas los nervios de punta, porque era él quien había cometido la ilegalidad de entrar allí, y era ella la que llevaba el control.

—No he venido a interrogaros —dijo él, y le salió más brusco de lo que quería.

—Ya lo sé —respondió Temperance—. Ha venido a preguntarme qué vio anoche en la casa de reunión. Y no en calidad de juez, porque ningún juez baja de noche a sobornar a un carcelero. Ha venido como un hombre que ha visto algo que su cabeza no puede tragar y que no va a poder dormir hasta entenderlo. —Ladeó la cabeza—. ¿Me equivoco?

Silas no contestó, que era su manera de conceder.

—El agua se congeló en la pila —dijo al cabo, en voz baja, como si decirlo en voz alta lo hiciera más cierto—. En una sala con doscientas personas y los hachones encendidos. Un pájaro cayó muerto de frío de las vigas. Un hombre tiene la mano marcada como si se la hubiera cogido algo hecho de hielo. Y no fue un truco. Llevo veinte años desmontando trucos y ese no lo era. —Levantó los ojos hacia ella—. Vos dijisteis que había algo en el bosque. Que no era el Diablo y que no erais vos. Quiero saber qué es. Decídmelo.

—No.

La negativa lo golpeó como una bofetada. Había esperado regateo, condiciones, miedo; no un no seco y redondo.

—Estáis a dos semanas de la horca —dijo Silas, y odió el tono en cuanto lo oyó, porque era una amenaza y sonaba a súplica—. Yo podría ser lo único que se interponga entre vos y esa soga. Y me decís que no.

—Le digo que no le voy a *contar* nada —matizó ella, sin alterarse—. Porque no serviría. Piénselo con esa cabeza fría que tanto se cuida. Si le cuento aquí, esta noche, lo que hay en ese bosque, ¿qué hará usted con lo que le diga? No podrá creerlo, porque no hay palabras para eso que se dejen creer a la luz de una vela; sonaría exactamente igual que el desvarío de una bruja que confiesa. Y aunque me creyera, ¿de qué le serviría mi palabra? Es la palabra de una acusada. Ya sabe usted lo que valen. —Dio un paso hacia él, y el farol le puso sombras duras en la cara—. Hay cosas que no se cuentan. Se ven. Y solo hay un sitio donde puede verse la que a usted le está quitando el sueño.

Silas entendió, y lo que entendió le heló más que el aire de la celda.

—La finca —dijo.

—La linde de la finca. De noche. —Lo miraba sin parpadear—. Ese es mi precio, magistrado. No le pido clemencia, ni que me suelte, ni que mienta por mí; sé que no lo haría y no se lo pediría. Le pido una sola cosa, y a cambio le doy la única que tengo. Sáqueme de aquí una noche, lléveme a la linde de mi finca, y quédese a mirar el bosque conmigo. Lo que vio anoche en la casa de reunión no es ni la orilla de lo que hay allí. Deje que se lo enseñe. Después haga lo que quiera: tráigame de vuelta a esta celda, fírmeme el traslado, cuélgueme con las demás. Pero lo habrá visto. Y ya no podrá seguir fingiendo que esto es un juicio de brujas como los otros.

—Es la fuga más elaborada que me han propuesto nunca —dijo Silas al fin, buscándole la trampa—. Os saco de vuestro papel, os llevo a un bosque de noche, lejos de todo testigo, y allí, quién sabe, me espera medio pueblo dispuesto a jurar que el magistrado de Boston se citó con una bruja en la espesura. O más sencillo aún: echáis a correr en cuanto os suelte los grilletes.

—Si quisiera huir —respondió ella, sin inmutarse—, no le habría pedido que viniera conmigo; le habría pedido la llave. —Le sostuvo la mirada—. Haga la cuenta, que para eso dicen que es bueno. Todo lo que le ofrezco se vuelve contra mí si le miento, y nada me aprovecha si esto es una trampa. No le pido que confíe en mi buena fe. Le pido que sume.

El silencio que siguió fue el más largo de la vida de Silas.

Sabía perfectamente lo que le estaban pidiendo, y sabía lo que significaba. Sacar de la cárcel a una acusada de brujería, de noche, a escondidas, y llevarla al mismísimo bosque donde el pueblo situaba al Enemigo, era un delito. Sin adornos, sin atenuantes. Si los descubrían, no habría carrera, ni reputación, ni regreso a Boston; habría, en el mejor de los casos, la ruina, y en el peor, un banquillo a su propio nombre, porque un magistrado que liberaba de noche a una bruja y se iba con ella al bosque era, a los ojos de aquella gente, un magistrado que había firmado también el libro negro. Todo lo que era Silas Thorne —el hombre que contaba lo que su firma mataba para no matar nunca a la ligera, el que se preciaba de no dar un paso sin haberlo pensado tres veces— le gritaba que aquello era una locura, la trampa evidente de una mujer desesperada, y que la respuesta de cualquier hombre cuerdo era una sola: dar media vuelta, salir de aquella celda, firmar el traslado por la mañana y no volver a pensar en ello.

Abrió la boca para decir que no.

Y descubrió, una vez más, que no mandaba. Que la parte de él que había detenido la pluma sobre aquel nombre, la que oía el bosque por las noches, la que lo había arrastrado hasta aquella celda a través del frío, ya había decidido por él mucho antes de que su razón llegara a votar, y que de su boca iba a salir cualquier cosa menos la negativa sensata de un juez. No lo movía la justicia —si de justicia se hubiera tratado, le habría bastado con archivar la causa, y no con aquella demencia—, ni la mujer, a la que apenas soportaba. Lo hacía, sin más, porque no podía no hacerlo. Porque llevaba una semana sin poder apartar los ojos de aquel caso, y ahora tampoco podía apartarlos del bosque, y la única forma de dejar de mirar era, absurdamente, mirar del todo. Un hombre que se ahoga no elige el agua. Se hunde hacia ella.

—Una noche —dijo Silas, y su propia voz le sonó ajena, como la de alguien a quien estuviera oyendo cometer un error irreparable sin poder detenerlo—. Una sola. Yo elijo cuándo, y yo os traigo de vuelta antes del alba. Si intentáis huir, o si esto es lo que cualquier hombre razonable pensaría que es, os juro que os arrastro yo mismo hasta la horca.

—No voy a huir —dijo ella—. Los Fell no corremos.

—Todavía no os creo.

—No le he pedido que me crea. Le he pedido que mire.

Silas asintió una sola vez, apenas, y con ese gesto mínimo dejó de ser el hombre que había entrado en Salem poco más de una semana antes. Ya no era el magistrado enviado a cerrar limpio unos juicios: era un hombre que acababa de pactar en secreto con una acusada a la que debía juzgar, que había cruzado, de un solo paso corto y silencioso, la línea que separaba su oficio de su ruina, y que lo sabía, y que ya no podía volver atrás. Salió de la celda sin decir nada más. El carcelero cerró la reja a su espalda. Y afuera, al norte de la aldea dormida, más allá de las últimas cercas, el bosque negro esperaba, paciente, a que por fin alguien fuera a mirarlo de frente.