El Último Juicio de Salem 8 El trato
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8 El trato

22–23 de diciembre de 1692

La noticia llegó a la cárcel con el rancho de la mañana, en boca del carcelero, que la contó como se cuenta un milagro y una amenaza a la vez.

El Diablo se había dejado ver en la casa de reunión la noche del solsticio. Había helado el agua bendita en la pila delante de todo el pueblo, había matado un pájaro en pleno vuelo y había marcado a un hombre con su zarpa. El reverendo Cobb lo había visto. Doscientas personas lo habían visto. Y ahora, dijo el carcelero mientras repartía las escudillas, ya nadie en Salem dudaba de nada, y habían empezado a caer nombres desde primera hora, nombres nuevos, y los magistrados iban a tener trabajo hasta la primavera, y a las que ya estaban dentro —les dedicó una mirada torcida a través de los hierros— más les valía ir haciendo las paces con Dios, porque después de una cosa así el tribunal no iba a andarse con miramientos.

Temperance escuchó todo aquello sin levantar la vista de la escudilla. No le sorprendió una sola palabra. Lo había sabido la noche anterior, sentada contra el muro helado mientras la escarcha subía por la pared: que alguien tocaría de cerca lo que ella oía de lejos, y que al día siguiente lo llamarían el Diablo, y que el susto no salvaría a nadie sino que mataría a más. Ya estaba pasando. En algún lugar de la aldea, esa mañana, una viuda que vivía sola o un hombre que había reñido con quien no debía estaba oyendo su nombre en boca de un vecino y no entendía todavía que ya estaba muerto. Y ella, la Fell del norte, la rara, la nieta de la ahorcada, estaría de las primeras en esa lista, porque después de aquella noche su terquedad ya no era terquedad: era prueba.

Lo curioso, pensó sin ninguna gana de reír, era que por una vez el pueblo y ella coincidían en algo: los dos sabían que en aquel bosque había una cosa terrible y verdadera. Solo que ellos la habían bautizado el Diablo y se aprestaban a ahorcar vecinos para conjurarla, y ella sabía que ni era el Diablo ni se conjuraba con sogas, y que cada cuerpo que colgaran sería una vida gastada en balde mientras lo de verdad seguía empujando la cerca, del otro lado, tan indiferente a sus rezos como a sus juicios.

Se le acababa el tiempo. Lo sintió con la misma claridad fría con que sentía todo, sin pánico, como un jugador que ve que le quedan pocas cartas y ninguna buena. Podía quedarse en aquel muro, callada y digna como su abuela, y dejar que la máquina hiciera su trabajo, y morir bien, sin rogar, con la boca cerrada sobre lo que guardaba. Era una salida. Era, quizá, la salida que Remember habría elegido. Pero Remember, al morir, había dejado a alguien detrás para seguir mirando el bosque, y Temperance no dejaba a nadie. Esa era la diferencia, y esa diferencia le había quitado el sueño más que la horca. Si ella se dejaba colgar en silencio, la finca quedaba sin guardia para siempre, y lo que empujaba desde el otro lado —lo había notado empujar sin dique la noche anterior— no iba a esperar cortésmente a que el pueblo terminara de colgar inocentes. Alguien tenía que mirar aquel bosque. Y no quedaba nadie que pudiera.

No era por salvar el pellejo. Temperance había hecho las paces con su propio cuello la primera semana, igual que las había hecho su abuela: si tenía que morir, moriría, y sabía ya cómo hacerlo sin deshonrar a los suyos. Lo que no la dejaba entregarse en paz era lo otro, lo que no cabía en la cabeza de nadie de la aldea y que ella no podía decir en voz alta sin que la tomaran por loca de atar: que su muerte no era solo su muerte. Que detrás de ella no venía nadie. Mil años de mujeres de su sangre plantadas en aquel lindero, una tras otra, y la cadena se cortaba en ella —sin hija, sin sobrina, sin nadie a quien plantar en el frío y enseñar a no dar la espalda—. Si la colgaban callada y digna, moriría bien y dejaría el mundo un poco más abierto justo por el sitio por donde no había que dejarlo abrir. Esa cuenta —la del mundo, no la suya— pesaba más que la horca, y era la que la había empujado, contra todo lo que le había enseñado la prudencia, a fijarse en un hombre.

Nadie, salvo, quizá, un hombre.

Le daba vueltas desde el segundo interrogatorio. El magistrado de Boston había hecho dos cosas que no encajaban con lo que era. Había roto su propio caso por ella tachando la declaración de Martha, sin razón que ella alcanzara a ver, y contra su propio interés; y, cuando le habló del bosque, se le había puesto la cara de un hombre que oye algo que no debería oír, y lo había negado demasiado deprisa. Temperance no sabía qué era Silas Thorne ni por qué le pasaban esas cosas. Pero sabía reconocer a alguien que percibía lo que los demás no percibían, porque llevaba toda la vida siendo una de esos, y sabía que un hombre así, plantado en la linde de la finca en el momento justo, quizá pudiera ver lo que hacía falta ver, y quizá —solo quizá— sirviera para algo más que para firmar sentencias.

Era mucho suponer de un hombre al que había visto por primera vez hacía menos de una semana, amenazándola con la soga desde el otro lado de una mesa. Pero Temperance llevaba media vida leyendo a la gente por lo que hacía y no por lo que decía, y lo que aquel hombre hacía —protegerla sin querer, oír lo que no debía oír, volver una y otra vez a un caso que le convenía cerrar y olvidar— dibujaba a alguien atrapado en la misma tela que ella, aunque él aún no lo supiera y ella no acabara de entender por qué. Dos personas cazadas en la misma red no tienen por qué caerse bien. Pero a veces les conviene tirar en la misma dirección.

Era una posibilidad remota, peligrosa y probablemente estúpida. Confiar en un juez de la máquina que había colgado a su abuela era la clase de error por el que colgaban a la gente. No pensaba confiar en él. Pero confiar y usar no eran lo mismo, y a Temperance no le quedaban ya lujos: le quedaba una sola carta, que era lo único que aquel hombre parecía querer más que cerrar su expediente —la verdad de lo que había visto helar el agua bendita—, y le quedaba muy poco tiempo para jugarla.

De modo que cuando, ya entrada la noche del día siguiente, oyó pasos en el corredor que no eran los del carcelero, y una voz baja negociando con él, y luego la llave, no se sorprendió. Se irguió contra el muro, se recompuso el gesto, y esperó a que el magistrado que no podía dejarla en paz entrara a hacer lo que ella ya sabía que iba a hacer, que era pedirle explicaciones. Tenía la respuesta preparada. No era una respuesta: era un precio.

* * *

Vane fijó la fecha esa misma mañana, y lo hizo con la satisfacción tranquila de quien ve por fin despejarse un cielo que llevaba días encapotado.

—Se acabaron las dudas, magistrado —le dijo, en el desayuno, extendiéndose mantequilla en el pan con una calma que a Silas, tras la noche que había pasado, le resultó casi obscena—. Después de lo de anoche, hasta el gobernador dará gracias. El nuevo tribunal se constituye la primera semana de enero, y he hablado con quien tenía que hablar: las causas pendientes se ven las primeras, todas juntas, y se despachan antes de la Candelaria. La de la Fell incluida. —Mojó el pan—. Vuestra «instrucción adicional» ya no hace falta. Anoche el cielo instruyó la causa por vos. Solo tenéis que firmar el traslado y dejar que la ley siga su curso.

Silas lo escuchó masticar el pan y su triunfo con la misma placidez, y le quedó claro que Vane saludaba aquella noche de horror como un regalo del cielo: el último obstáculo despejado entre él y una finca húmeda pegada al bosque que llevaba años deseando sin saber por qué. En su boca, la providencia tenía la cara de un hombre a punto de heredar.

Dos semanas. Eso era lo que quedaba. En dos semanas, Temperance Fell se sentaría delante de un tribunal predispuesto, con un pueblo que acababa de ver al Diablo con sus propios ojos, y no habría en el mundo declaración tachada ni escrúpulo de magistrado que le sirviera de nada: la colgarían, como habían colgado a su abuela, con la diferencia de que esta vez a nadie le temblaría el pulso. Y él, Silas Thorne, solo tenía que firmar un traslado para que la máquina la engullera, y con eso quedaría cumplido su encargo, tranquila su conciencia según cualquier medida razonable, y a salvo su carrera y el techo que le daba Vane.

Lo pensó en frío, porque la frialdad era su herramienta, y la cuenta le salió limpia y clara y a favor de firmar. Un nombre en un papel. Una mujer a la que no conocía de nada diez días atrás. Contra eso, todo lo que había levantado en veinte años: su nombre sin una mancha, el respeto ganado piedra a piedra, un porvenir que otros habrían matado por tener. Ningún juez razonable dudaría; ningún hombre razonable dudaría. Firmar era lo cuerdo, lo prudente, lo justo incluso según la única justicia que aquella tierra reconocía. Y Silas, que se había pasado la vida siendo el más razonable de cualquier sala, descubrió, mirando aquel pliego sin firmar a la luz de la vela, que por una vez la cuenta le salía a favor de una cosa y él quería la contraria, y que no tenía un solo argumento con que oponerse a su propia aritmética, salvo una repugnancia sorda, sin nombre, a ser el hombre que echaba la última palada de tierra.

Cualquier hombre en su sano juicio habría firmado. Silas llevaba tres noches sin dormir, veía el gorrión tieso cada vez que cerraba los ojos, y sentía el rumor del bosque incluso a mediodía, por debajo de las voces, como un zumbido en el fondo del oído. No estaba, quizá, en su sano juicio. O lo estaba de más, y ahí residía la desgracia: de toda la aldea, era el único que había mirado aquella escarcha imposible y se había negado a taparla con la primera mentira cómoda que tenía a mano.