El Último Juicio de Salem 7 La noche más larga #2
22%

7 La noche más larga #2

Era un vecino que se había arrimado al muro del norte para sujetar a una de las niñas, y había puesto la mano en la piedra para no caer, y ahora la apartaba aullando y se la agarraba con la otra, y cuando alguien acercó un hachón se vio por qué: tenía la mano marcada. No enrojecida de frío, no; marcada. La piel se le había ennegrecido en franjas largas, cinco, del dorso a la muñeca, como si una zarpa de escarcha se le hubiera cerrado encima y le hubiera quemado la carne con hielo en vez de fuego. Un murmullo de horror recorrió la sala, y luego, inevitable, la palabra: el Diablo, el Diablo está aquí, el Diablo ha tocado a un cristiano. Cobb cayó de rodillas con los brazos abiertos dando gracias y pidiendo clemencia a la vez, porque ¿qué prueba más clara quería nadie ya, qué escéptico de Boston seguiría dudando después de esto, no lo habían visto todos, no se les había helado el agua bendita en las manos? Las niñas, en el estrado, aullaban que ellas lo habían dicho, que ellas lo llevaban diciendo desde primavera, que ahora se les creería.

Silas se quedó de pie en medio de todo aquello, con la parte fría de la cabeza —la que le quedaba— trabajando a toda máquina, y no encontró el suelo.

Buscó la explicación como un hombre que se ahoga busca el fondo con los pies, y la buscó bien, porque le iba en ello algo más que el orgullo. Un frente de frío extremo, se dijo, un fenómeno del aire, de esos que en el mar hielan la jarcia en minutos; la histeria de una multitud predispuesta, que ve milagros donde hay meteorología; una ventana rota en la parte de atrás por la que hubiera entrado el norte de golpe. Todo eso lo pensó, y todo eso podía ser, y con todo eso podía justificar el aire, el humo del aliento, hasta el agua helada. Pero no le explicaba el gorrión. Un pájaro no se congela entero, tieso, a un palmo de un hogar encendido, por muy frío que entre por una ventana; se muere de frío fuera, en el alero, no en las vigas de una sala llena de gente. Y no le explicaba la mano de aquel hombre, las cinco franjas negras limpias como los dedos de algo que no estaba. Silas se acercó a mirarlas, con la boca seca, y estuvo mucho rato buscándoles una causa que las cubriera, y no la encontró. Probó entonces con el fraude, que era su refugio siguiente: alguien había amañado aquello, un truco de feria, hielo escondido, un pájaro muerto traído de fuera y arrojado desde las vigas en el momento oportuno. Pero él tenía los ojos puestos en las vigas cuando cayó el gorrión, y allá arriba no había nadie; y no había artificio humano capaz de bajarle la temperatura a una sala llena hasta cuajar de hielo el agua bendita de la pila delante de doscientos testigos. Silas se ganaba la vida distinguiendo lo falso de lo verdadero, y su oficio entero le decía, a regañadientes, que aquello no lo había preparado ninguna mano de hombre. Era la primera vez en veinte años de leyes que tenía delante una prueba física, tocable, contable, que su razón no lograba colocar en ninguna parte.

Y aun así no dijo la palabra. Se negó a decirla, por dentro, con la terquedad del que se agarra a lo último que le queda en pie. No sabía qué había pasado en aquella sala. Reconocía que no lo sabía, lo cual, para un hombre como él, ya era una herida abierta. Pero no saber una cosa no era lo mismo que saber que era obra del Infierno, y entre una y otra había un abismo que Silas no pensaba cruzar por mucho que lo empujara el pánico de doscientos vecinos y la certeza dichosa del reverendo Cobb. Algo había ocurrido. No sabía qué. Punto.

El reverendo Cobb lo encontró junto al muro, mientras Silas seguía mirando las franjas negras de la mano de aquel hombre, y le puso una mano en el brazo. No había triunfo en su cara, y eso era lo peor: había una especie de piedad terrible, la del que ve a otro asomado a un pozo. —Ya lo habéis visto con vuestros propios ojos —dijo muy quedo, para que no lo oyeran los demás—. No os lo pedía yo. Os lo pedía Él. ¿Vais a seguir dudando, magistrado, vais a seguir buscándole a esto una explicación de vuestros libros, ahora que el Cielo os la ha escrito en la pared? Un hombre que ve lo que vos acabáis de ver y no obra responde ante Dios de cada alma que se pierda por su tibieza. —Le apretó el brazo, casi con cariño—. Haced vuestro deber. Antes de que sea tarde para más de aquellos para los que ya lo es.

Silas no le contestó, porque no tenía con qué. Se soltó con suavidad y salió al frío de la calle, y a su espalda oyó a Cobb alzar la voz para dar gracias, y a la sala entera sumarse: doscientas gargantas agradeciéndole a Dios el horror que acababan de presenciar, porque les daba la razón.

Lo que sí supo, con una claridad que le dio más frío que la escarcha, fue lo que iba a pasar a la mañana siguiente. Miró aquellas caras iluminadas por los hachones, transfiguradas de terror y de una espantosa alegría —la alegría de tener razón—, y las oyó ya empezar a hacer lo que hacían siempre: buscar un culpable. Alguien había traído el Diablo a la aldea. Había que dar con quién. Ya empezaban: entre los rezos, Silas oyó brotar los primeros nombres a media voz —una viuda que vivía sola, un hombre que andaba a mal con el diácono, la Fell del norte, cómo no, tan rara como su abuela— y oyó cómo cada nombre, apenas dicho, prendía en el de al lado igual que la brasa en la paja. Y a la luz de aquel prodigio ninguna declaración parecería ya demasiado endeble, ningún nombre demasiado inocente; al contrario, cuanto más se resistiera un acusado, más se confirmaría que el Enemigo lo protegía. Silas comprendió, con las tripas revueltas, que aquella noche —fuera lo que fuese lo que la había causado, viniera de donde viniese aquel frío— acababa de firmar la sentencia de gente que no había hecho nada, porque un pueblo aterrado no busca la verdad, busca alivio, y el alivio tiene siempre la forma de un cuerpo colgando.

Volvió a casa de Vane cuando clareaba, entre calles cubiertas de una escarcha que ya parecía la de cualquier amanecer de invierno, inocente a la luz gris. No había dormido, no iba a dormir. En algún punto de la noche, sin darse cuenta del todo, había dejado de preguntarse si Temperance Fell era culpable —esa pregunta se le había vuelto pequeña, casi indecente— y había empezado a preguntarse otra cosa, mucho peor para un juez: no si aquella gente hacía justicia, sino si él, quedándose a mirar, no se estaba volviendo parte de lo contrario.