El Último Juicio de Salem 7 La noche más larga
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7 La noche más larga

21 de diciembre de 1692

Temperance supo que era la noche más larga antes de que se pusiera el sol.

No por cuenta de calendario, que en la cárcel se perdía, sino por el aire. Desde media tarde había cambiado de peso, igual que cambia antes de una tormenta, pero sin tormenta a la vista: un aire quieto, cargado, a la espera, que ella conocía de toda la vida y que no había vuelto a sentir tan denso desde la última vez que se plantó en el borde del campo, al lado de su abuela, mirando el bosque. En la finca aquel aire tenía un remedio. Aquí, entre grilletes y paja, no tenía ninguno, y esa era la parte que la mantenía sentada muy erguida contra el muro, despierta, mientras a su alrededor los demás presos se iban durmiendo mal.

«Esta es la noche en que menos hay que dormir.»

Se lo había dicho Remember una sola vez, muchos años atrás, la única en que le habló de ello casi a las claras. No le explicó por qué; los Fell no explicaban, enseñaban a base de estar. Le enseñó que había una noche al año en que la oscuridad se hacía más honda que las demás, en que lo que quedaba del otro lado de la linde se arrimaba más a la cerca y empujaba con más fuerza, y en que una guardiana no se acostaba: se quedaba en pie, con la casa cerrada y la sal repasada y el cuenco lleno, haciendo lo único que sabían hacer los Fell, que era plantarse en su sitio y mirar de frente, para que la cosa del bosque supiera que de este lado había alguien despierto. No hacía falta más. Bastaba con que alguien se quedara y no apartara los ojos. Bastaba con que hubiera guardia.

Temperance había hecho esa guardia con ella una vez, la única, el invierno anterior a que Remember empezara a fallar. Se acordaba de todo con una nitidez que le dolía: del frío de los pies dentro de las botas, del vaho de las dos saliendo junto y perdiéndose sobre los campos negros, de las horas largas de pie en el umbral sin decirse una palabra, porque no había nada que decir, solo que estar. Su abuela le había echado una manta por los hombros y le había puesto en las manos un tazón de algo caliente, y le había señalado un punto de la linde, y allí habían mirado las dos la noche entera. Y se acordaba, sobre todo, de un momento muy tarde, con la luna ya baja, en que había sentido aquello arrimarse a la cerca —un peso en el aire, un silencio dentro del silencio, como si el bosque entero contuviera la respiración— y le había buscado la mano a su abuela sin querer, de puro miedo. Remember, sin apartar los ojos de los árboles, se la había apretado una sola vez, fuerte, y le había dicho muy bajo: «No le tengas miedo. El miedo lo llama. Tú quédate, y mira, y no le des la espalda, y con eso basta.» Al amanecer el aire estaba limpio otra vez, el peso se había retirado como se retira la marea, y su abuela hizo las gachas como cualquier mañana y no volvieron a hablar de ello nunca. Así se guardaba. No con conjuros ni con fuego. Estando.

Esta noche no la había.

Temperance lo sintió llegar con el ocaso, y era peor de lo que lo había sentido nunca, y sabía exactamente por qué: por primera vez en más generaciones de las que ella conocía, la finca del norte estaba vacía en la noche más larga. Nadie en el umbral. Nadie mirando el bosque. La sal sin repasar, el cuenco seco, la casa abierta al frío. Remember colgada en septiembre y su nieta a cuatro calles, encadenada, oyendo empujar aquello sin poder hacer otra cosa que oírlo. Y lo que empujaba lo notaba, del modo en que se nota la marea subir cuando no queda dique: sin prisa, sin ruido, seguro de que esta vez no había nada que lo devolviera.

El frío del muro del norte empezó a cambiar hacia la medianoche.

Aquello no era el frío corriente de diciembre, el que ya conocían todos y contra el que se acurrucaban; era otra cosa. La piedra, cuando Temperance apoyó la palma en ella, quemaba de puro helada, y sobre la humedad de la pared —la mancha que tenía forma de árbol tumbado— se fue formando escarcha, despacio, en dibujos de helecho, subiendo desde el suelo como si algo respirara contra el muro desde el otro lado. La vela del carcelero, al fondo, se ahogó sin viento. En su rincón, la vieja que llevaba días muriéndose dejó de llamar a su hijo muerto.

—Se ha quedado callada —dijo Silence en la oscuridad, incorporándose sobre la paja con un cuidado de comadrona—. Eso no me gusta.

Se arrastró hasta la vieja. Temperance la oyó buscarle el aliento, tocarle la cara, murmurarle algo. Y luego el silencio de Silence, que lo dijo todo.

—Se nos ha ido —dijo al cabo—. Pobre. Ya lo veía venir; el invierno no perdona a los viejos. —Se santiguó en la penumbra—. Pero qué frío ha entrado de golpe, Dios mío. Parece que se haya abierto una puerta al mismísimo enero.

Temperance no le dijo que ninguna puerta se había abierto. No le dijo que el frío que acababa de llevarse a la vieja no era el invierno, o no solo el invierno, y que había entrado por el muro del norte porque al norte, a media legua, había una cerca que ya no guardaba nadie. No le dijo nada de eso, porque no se decía, y porque a Silence no le habría servido de consuelo saber que su vecina no había muerto solo de vieja sino también de que los Fell se habían acabado. La dejó rezar. Y ella hizo lo único que le quedaba por hacer, lo que su abuela le había enseñado y que aún estaba en su mano aunque estuviera en el sitio equivocado y a media legua de donde hacía falta: no cerró los ojos. Se quedó mirando la escarcha subir por el muro, de frente, sin apartar la cara, y por dentro, sin mover los labios, le dijo a lo que empujaba lo que le habría dicho su abuela desde el umbral: aquí sigue habiendo una. Aunque no pueda pararte. Aunque no sirva de nada. Todavía queda una mirando.

Y se quedó así, con la espalda contra la piedra helada y los ojos abiertos en la escarcha, mientras Silence rezaba por la vieja y los demás dormían su mal sueño, contando una por una las horas de la noche más larga como quien vela un cuerpo. Porque eso era, en el fondo: un velatorio. Por la vieja del rincón, que había muerto de más cosas de las que Silence sabría nunca. Y por lo que ella, desde aquí, ya no podía guardar.

No sirvió de nada. Lo notó no servir de nada. Pero se quedó igual, porque quedarse era lo último que era suyo, y porque en algún lugar de la aldea, esa noche, alguien iba a tocar de cerca lo que ella oía de lejos, y al día siguiente lo llamarían el Diablo, y colgarían por ello a quien tuvieran más a mano. De eso también estaba segura. Lo que había del otro lado no distinguía culpables de inocentes. Y el pueblo, que creía distinguirlos, se equivocaba siempre en la misma dirección.

* * *

A cuatro calles, Silas Thorne estaba viviendo la peor noche de su vida y no tenía un solo nombre para ninguna de las cosas que le pasaban.

Ignoraba, para empezar, que era el solsticio. En Boston, como en Salem, nadie marcaba esa fecha; era una superstición de papistas y de paganos, un resto de los viejos fuegos que los santos habían apagado hacía siglos, y ningún hombre temeroso de Dios sabía ya, ni quería saber, que aquella era la noche en que el año se doblaba sobre su parte más oscura. Silas solo sabía que llevaba tres días sin dormir, que el frío de Salem había ido subiendo de tono como sube una fiebre, y que esa noche había alcanzado una cima que le raspaba los pulmones al respirar. Y sabía, porque lo habían sacado de su cuarto a golpes en la puerta, que las niñas estaban peor que nunca.

Las habían reunido en la casa de reunión, aunque fuera de noche, porque en las casas donde estaban se subían por las paredes y despertaban a los vecinos, y el reverendo Cobb había juzgado que era mejor tenerlas juntas y bajo oración que sueltas y a oscuras. Cuando Silas entró, la sala estaba medio llena de gente arrancada del sueño, con capas sobre los camisones, y las niñas en el estrado se retorcían a la luz de los hachones con una violencia que la del otro día parecía un ensayo. Una se golpeaba la cabeza contra las tablas hasta que dos hombres la sujetaron; otra repetía, en una voz grave y rota que no era la suya, que tenía frío, que la estaban metiendo en agua helada y no la dejaban salir. La sala entera rezaba en voz alta, un murmullo de doscientas gargantas que subía y bajaba como el mar. Buscó a la pequeña de la cofia blanca sin querer buscarla, y la encontró: Mercy Danvers estaba en el centro del grupo, más quieta que las demás, como siempre, con la cara vuelta hacia el muro del fondo, el que daba al norte, y una expresión que a Silas, en aquel desorden, le pareció casi de atención.

Y entonces bajó la temperatura.

No fue una corriente. Silas había sentido corrientes toda su vida y sabía distinguirlas; esto no venía de una puerta ni de una ventana, venía de todas partes a la vez y de ninguna, y cayó sobre la sala como cae el agua sobre quien se hunde. En cuestión de un padrenuestro el aliento de doscientas personas se volvió humo espeso, los hachones se encogieron hasta casi apagarse, y sobre el muro del norte —Silas lo vio, tenía los ojos puestos justo allí— reventó la escarcha, de golpe, extendiéndose por la piedra en abanicos de hielo con un crujido finísimo, como si una mano invisible la fuera pintando desde abajo a toda prisa. Una mujer chilló que se congelaba el agua bendita, y era verdad: en la pila, el agua se había cubierto de una costra de hielo. De las vigas, sobre el estrado, cayó algo pequeño y duro que rebotó en las tablas: un gorrión que anidaba allá arriba, tieso, con las alas abiertas, congelado entero, muerto de un frío que a un palmo del fuego no tenía ningún derecho a existir.

Y uno de los hombres gritó.