El Último Juicio de Salem 6 La primera grieta #2
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6 La primera grieta #2

No lo pensó, o no lo pensó del modo en que se piensan las cosas que uno decide; fue más bien como cuando la mano se aparta sola de una llama antes de que el seso dé la orden. Mojó la pluma, acercó el pliego de la declaración de Ashby, y trazó sobre el párrafo que nombraba a Temperance Fell una línea larga, firme, de arriba abajo, y luego otra, y al margen, con su letra menuda de magistrado, escribió las palabras que la excluían: testimonio obtenido bajo promesa de indulto; se desestima. Firmó la anotación. La tinta brillaba, fresca, tachando la única prueba de peso que la aldea tenía contra la mujer que lo miraba desde el otro lado de la mesa.

Fue un gesto de tres segundos. Sus consecuencias no eran de tres segundos. Con aquella línea, la causa de Temperance Fell se quedaba sin nada que la sostuviera salvo el griterío de unas niñas que ni el propio Silas creía; con aquella línea, dejaba de ser un caso que se cierra mandando a la mujer con los demás al tribunal de enero, y pasaba a ser un caso que un magistrado escrupuloso tendría que recomendar sobreseer. Vane no lo perdonaría. Y no había ninguna razón, ninguna que Silas pudiera decirse a sí mismo sin mentir, para que hiciera aquello por ella y no lo hubiera hecho por el vecino ni por las otras dos mujeres a las que Ashby también había nombrado bajo la misma coacción, cuyas declaraciones seguían en sus pliegos sin una sola línea encima. La ley era la misma para los cuatro. Él acababa de aplicarla a una sola. A ella.

Temperance lo había visto hacerlo. Silas levantó la vista del papel y se encontró con que la mujer se había puesto muy quieta, con la quietud tensa de un animal que no entiende un movimiento y por eso lo teme, y lo miraba a él y a la tinta fresca con una expresión que no era, ni de lejos, alivio.

—¿Qué ha hecho? —preguntó, en voz baja.

—Lo que exige el procedimiento —respondió Silas, y su propia voz le salió más seca de lo que pretendía, casi hostil, como si le molestara que ella lo hubiera visto—. Una declaración arrancada con promesas no es prueba. La he desestimado. No es un favor. Es la ley.

—La ley. —Ella no se lo tragó ni un instante; lo estudiaba ahora con una desconfianza afilada, buscándole el doble fondo—. La misma ley que colgó a diecinueve personas con las declaraciones de unas crías. Y de pronto, conmigo, se vuelve escrupulosa. —Negó despacio con la cabeza—. ¿Qué quiere a cambio? Porque los hombres como usted no rompen su propio caso por una campesina sin cobrarse algo. ¿Un nombre? ¿Una confesión que le sirva más que la de Martha? Dígamelo de una vez y nos ahorramos el paripé.

Silas entendió, viéndola, que para ella aquella línea de tinta no abría ninguna puerta: cerraba otra, de un modo distinto. Toda su vida, y sobre todo aquellos meses, le habían enseñado que cuando un hombre con poder le hacía a una mujer sin ninguno un favor que no le había pedido, el favor llevaba siempre un precio escondido, y que el precio solía ser peor que el mal del que fingía librarla. La desconfianza de ella no era terquedad: era experiencia. Y lo peor, para Silas, era que no podía darle la única respuesta que la habría tranquilizado —el motivo—, porque no lo tenía; de modo que su gesto, que a ojos de cualquiera habría parecido clemencia, a ojos de aquella mujer avisada solo podía parecer el cebo de una trampa cuyo mecanismo aún no alcanzaba a ver.

—No quiero nada de vos. —Y esa era la peor parte, la que le encogió las tripas al decirla, porque era verdad: no quería nada, no tenía plan, no había ningún cálculo debajo de aquella línea de tinta, y la ausencia de cálculo era justo lo que lo aterraba, porque un cálculo lo habría entendido—. Volved a vuestra celda.

—No pienso agradecérselo —dijo ella, levantándose, aún mirándolo como se mira una trampa mal disimulada—. Sea lo que sea esto, no pienso agradecérselo.

—No os lo he pedido.

La sacaron. Silas se quedó solo en el cuarto frío, con la declaración tachada delante y la pluma todavía en la mano, y por un rato largo no hizo nada, solo respirar y mirar aquella línea de tinta como quien mira un cristal que acaba de romper sin haber levantado la mano.

Intentó rehacer el razonamiento que lo salvaba. Era prueba coaccionada. Un tribunal serio la desecharía. Había actuado con rigor. Todo cierto. Y todo, ahora lo veía con una claridad que le daba náuseas, era la coartada de otra cosa, porque el rigor no explicaba la selección. Si de verdad lo movía el rigor, tenía tres pliegos más sobre la mesa con declaraciones igual de arrancadas, y debería tachar los cuatro esa misma mañana, y no pensaba hacerlo, y lo sabía. Solo había roto su caso por ella. Y no encontraba dentro de sí, por más que rebuscaba, el motivo. No le tenía simpatía; la mujer era hostil, orgullosa, imposible. No creía en su inocencia más de lo que dudaba de la culpa de los demás. No había nada, ninguna razón nombrable, y sin embargo su mano había bajado sola a proteger a aquella mujer concreta contra su propio interés, contra su encargo, contra el hombre que le daba techo, con la misma falta de deliberación con que el cuerpo aparta la carne del fuego o busca el aire bajo el agua. Como si algo más viejo que su voluntad hubiera decidido por él que a esa no.

Un hombre que ha hecho de la deliberación su oficio y su orgullo, que cuenta lo que su firma mata precisamente para no matar nunca por impulso, descubrir que su mano puede moverse sin él y contra él es descubrir un desconocido dentro de casa. Y no un desconocido cualquiera: uno que parecía saber cosas que Silas ignoraba, que había escogido a aquella mujer entre todas con una certeza que a él se le negaba, y que se movía por debajo de su razón como una corriente bajo el hielo, sin ruido, sin pedir permiso, arrastrando. Con una pasión se puede discutir; con una marea, no. Y eso —no la ira de Vane, no el coste, no la mujer— fue lo que le heló la sangre aquella mañana más que el rumor del bosque: que no sabía por qué lo había hecho, y que la parte de él que sí lo sabía no hablaba su idioma y no pensaba explicárselo.

Había leído, de joven, casos de hombres que juraban haber obrado por una voz interior, por un impulso que atribuían a Dios o al Diablo según su bando, y siempre los había despreciado un poco, por débiles, por buscarse fuera una excusa a lo que les salía de dentro. Ahora entendía de qué hablaban aquellos hombres, y el entenderlo no le daba compasión de ellos: le daba miedo de sí mismo. Porque lo que había movido su mano no había sido una voz. Habría preferido una voz; una voz se discute, se le piden cuentas. Fue algo más callado y más hondo, una inclinación sin palabras, una querencia del cuerpo, como la del agua que da con la pendiente sin que nadie se la enseñe. Y aquello, fuera lo que fuese, había mirado una sala con cuatro nombres coaccionados y había elegido, sin consultarle, salvar uno. El de ella. Silas no era hombre de rezar, pero aquella mañana, mirando la tinta fresca, se sorprendió deseando que hubiera de veras un Dios gobernando aquello, porque la única alternativa que se le ocurría —que lo gobernara otra cosa, algo suyo y desconocido y despierto— era mucho peor.

No sobreseyó la causa. Tampoco la mandó al tribunal con las demás. Hizo la única cosa que le quedaba a un hombre que no se atreve ni a soltar ni a matar: la apartó. Puso el pliego de Temperance Fell debajo de todo, en el fondo del arca, y anotó en el registro que quedaba «pendiente de instrucción adicional», una fórmula que no significaba nada y que servía, exactamente, para ganar tiempo. Se dijo que era prudencia. Sabía que no era prudencia. Era un aplazamiento, y los aplazamientos, en su experiencia, no eran más que la forma que tiene el miedo de parecer método.

Aquella noche tampoco durmió. El frío del otro lado del postigo llevaba dos jornadas subiendo de tono, y esa segunda noche en vela le pareció más lleno que nunca, más cerca, más atento, como si algo se acercara despacio a la aldea desde el bosque y él, quién sabe por qué, estuviera entre los pocos capaces de oírlo venir. Faltaba un día para la noche más larga del año. Silas no lo sabía, tumbado en la oscuridad con los ojos abiertos; pero no era el único que los tenía abiertos. A cuatro calles, en una celda, la mujer a la que él acababa de romperle el caso sin saber por qué escuchaba exactamente lo mismo que él, y tampoco dormía.