6 La primera grieta
20 de diciembre de 1692
No había dormido.
Esa era ya la tercera vez que se lo decía esa mañana, como si repetirlo fuera a cambiar algo, mientras miraba el temblor apenas visible de su propia mano al mojar la pluma. La noche había sido larga y en blanco. Se había quedado tumbado en el catre de casa de Vane escuchando el frío, que era una cosa que un hombre cuerdo no dice, porque el frío no hace ruido; y sin embargo lo había escuchado, o había escuchado algo que estaba dentro del frío, del otro lado del postigo mal cerrado, en la dirección del bosque, un rumor tan bajo que no llegaba a sonido y tan constante que no llegaba a dejarlo dormir. Se había levantado dos veces a comprobar que no era el viento. No era el viento. La segunda vez se quedó un rato de pie junto a la ventana, con la vela apagada para ver mejor la noche, y tuvo la sensación absurda —tan absurda que se avergonzó de ella a la luz del día— de que aquello, fuera lo que fuese, sabía que él estaba escuchando y le escuchaba a su vez. A la mañana la cabeza le pesaba como si la tuviera llena de arena, y las manos, que en veinte años de leyes no le habían temblado nunca sobre un papel, le temblaban. Se dijo, como llevaba diciéndose todos aquellos días, que era el clima, la falta de sueño, la tensión de un encargo espinoso; y, como todos aquellos días, no acabó de creérselo. Algo le pasaba en Salem que no le había pasado en veinte años de audiencias, y empezaba, muy despacio, a tenerle miedo.
Lo que más lo desazonaba no era oírlo; era la certeza, cada vez más difícil de espantar, de que aquello no era un ruido que él captara: era una presencia que lo captaba a él. Un ruido está ahí lo escuche uno o no. Esto era distinto; parecía despertar cuando él despertaba, afinarse cuando él prestaba atención, callar en cuanto lograba convencerse de que no había nada y volver apenas cerraba los ojos, como si supiera exactamente cuánto podía apretar sin llegar a hacerse del todo audible. Ningún ruido hace eso. Los ruidos no saben que se los escucha. Y Silas, que había levantado treinta y un años de vida sobre la idea de que el mundo era una cosa medible y sorda, puesta ahí para que la razón la ordenara, se descubría de madrugada, en una aldea perdida, negociando en silencio con algo que no veía y que parecía, contra toda cordura, saber que él estaba al otro lado del postigo, escuchándolo escuchar.
Tenía delante la causa de la Fell, otra vez, y por primera vez la leía entera sin dejarla para el final.
Era delgada, ya lo sabía. Lo que descubrió al leerla despacio, con el cuidado con que se lee un contrato que uno sospecha amañado, fue que además estaba torcida. La declaración que sostenía el peso del caso no venía de las niñas, cuyo teatro Silas ya había medido, sino de una tal Goodwife Ashby, una mujer del pueblo que había confesado en octubre su propio trato con el Enemigo y, en el mismo acto, había nombrado a otros: a un vecino, a dos mujeres de la parroquia y a Temperance Fell, de la finca del norte, con la que decía haber firmado el libro negro una noche de mayo. Silas conocía esa clase de confesión mejor que ninguna otra cosa de su oficio. Sabía lo que valía. Ashby había confesado, según constaba en el propio pliego con la ingenuidad de quien no ve lo que enseña, después de que le prometieran que a los que confesaban y colaboraban no se les colgaba. Había comprado su cuello con nombres. Y una vez que una mujer aterrada entiende que su vida depende de dar nombres, da los que hagan falta, los que le sugieran, los que se le ocurran; nombra al vecino con el que riñó por una linde y a la mujer rara de la finca a la que el pueblo ya miraba mal. Aquella declaración no probaba que Temperance Fell hubiera hecho nada. Probaba solo que Goodwife Ashby había querido vivir, que es la cosa más humana del mundo y la menos fiable como prueba.
Silas había visto nacer docenas de causas así, en Boston y fuera, y se sabía de memoria su anatomía. Empezaban siempre igual: un aterrado que compra su vida con las de otros. Se le prometía clemencia a cambio de nombres, y esa persona —no un mentiroso de oficio, solo alguien con un miedo del tamaño de la muerte encima— daba nombres; y como nombrar a un desconocido no salva a nadie, porque el tribunal quiere delaciones creíbles, gente cercana, tramas, nombraba a los que tenía a mano: al que le caía mal, al que le debía dinero, al raro del pueblo. Cada nombre nuevo señalaba a otra persona a la que a su vez se prometía clemencia a cambio de más nombres, y así la cosa crecía sola, como el fuego, alimentándose de su propio humo, sin necesidad de que hubiera brujas en ninguna parte. Ashby no había mentido por maldad. Había hecho lo que hace cualquiera cuando le ponen la soga delante y le enseñan la puerta de salida: echar a correr hacia la puerta, sin mirar a quién pisaba. Que aquella carrera de una anciana asustada fuera, sobre el papel, la prueba principal contra Temperance Fell decía del caso todo lo que había que saber.
Un tribunal serio la habría desechado. Silas lo escribió mentalmente, con la frialdad de siempre —testimonio de coacusado obtenido bajo promesa de indulgencia; sin valor probatorio—, y ese juicio técnico, ese solo, habría bastado para justificar lo que hizo después. Se aferraría a él más tarde. Pero mientras tanto mandó llamar a la mujer, porque quería, se dijo, oírla negar aquello de su propia boca antes de decidir nada; y esa parte, la de querer volver a verla, no tenía justificación técnica ninguna, y prefirió no mirarla de frente.
La trajeron como la vez anterior, con los grilletes y el mismo paso que no era de vencida. Se sentó sin que se lo mandaran. El brasero seguía siendo igual de mezquino y el cuarto igual de frío, y Silas notó, en cuanto ella entró, que el rumor del bosque que llevaba toda la noche en los oídos no se apagó, como habría sido de esperar entre cuatro paredes y una puerta, sino que se afinó, como si en presencia de aquella mujer la cosa del otro lado escuchara con más ganas. Se dijo que era el cansancio. Un hombre que no duerme oye lo que quiere.
—Goodwife Ashby —empezó, sin preámbulo, empujando el pliego un dedo hacia ella por encima de la mesa— declara que firmasteis el libro del Diablo con ella una noche de mayo. ¿Qué respondéis?
Temperance miró el pliego sin tocarlo. Luego lo miró a él.
—¿Martha Ashby sigue viva? —preguntó, en vez de responder.
—Está presa, a la espera. Confesó.
—Confesó. —Repitió la palabra despacio, y en su boca aquello sonó a pena más que a reproche contra Ashby—. Martha Ashby tiene sesenta años y las manos comidas por el reúma; no puede ni cerrar el puño. Me pregunto qué le enseñaron, o qué le prometieron, para que una mujer así se sentara a jurar que vuela de noche. —Volvió los ojos al pliego—. ¿Que firmé el libro negro con ella una noche de mayo? En mayo mi abuela aún vivía, yo no me apartaba de la finca y tenía encima todo el trabajo de la primavera; no pisé la casa de los Ashby en un año. Pero eso da igual, y usted lo sabe, porque en esa hoja no cuenta lo que yo hiciera. Cuenta lo que Martha necesitaba decir para que no la colgaran. Le pidieron nombres y dio los que tenía a mano. El mío estaba a mano. Toda la comarca sabe que la vieja Fell murió sin rogar y que la nieta es igual de rara. Somos un nombre fácil.
Silas no contestó enseguida. Tenía respuesta de sobra; el problema era que la que ella acababa de darle era, palabra por palabra, la misma que él había redactado a solas hacía una hora, y oírla en voz ajena tuvo el efecto de un espejo puesto de golpe delante: no le gustó lo que vio, que era un hombre a punto de mandar a la horca a una mujer con una prueba que él mismo tenía por basura.
—La fecha se puede corregir —dijo, por decir algo, por sostener el papel de juez—. Ashby pudo equivocarse de mes. Un error de fecha no anula una declaración.
—No —concedió Temperance, y por primera vez algo parecido a una sonrisa sin ninguna alegría le tocó la boca—. Un error de fecha, no. Nada la anula. Ya se lo dije el otro día: no hay palabra que yo pueda decir en esa silla que no se vuelva prueba contra mí en cuanto salga. Si niego, miento. Si me equivoco, oculto. Si acierto, es que el Diablo me sopla las respuestas. Usted no ha venido a averiguar si hice algo. Ha venido a decidir si le convengo muerta. —Se recostó cuanto le permitían las cadenas—. Decida y acabemos. Pero no me insulte fingiendo que esa hoja es otra cosa que lo que es.
Silas debería haber cerrado el pliego y despachado el asunto. En vez de eso se oyó preguntar, en un tono que se le había escapado del interrogatorio, casi el de un hombre que pregunta de verdad:
—El otro día dijisteis que hay algo en el bosque. Que no es el Diablo y que no sois vos. ¿Qué es?
Temperance lo miró largamente, y por primera vez pareció ella la que examinaba a un preso, calibrando cuánto sabía él y cuánto fingía no saber.
—¿Por qué lo pregunta? —dijo despacio—. Un juez de Boston que no cree en espectros, que ha venido a barrer supersticiones. ¿Qué más le da lo que yo dijera del bosque? —Ladeó la cabeza—. A menos que lo oiga usted también, por las noches.
El cuarto se quedó callado, y en ese silencio el rumor que Silas llevaba dos días fingiendo no oír se hizo, un instante, tan nítido que tuvo que apretar los dientes para no volver la cara hacia el postigo. Ella lo vio. Vio el músculo de la mandíbula, la resistencia; y algo le cambió la cara, algo que se parecía más a la alarma que al triunfo, como si hubiera destapado sin querer una cosa que le convenía más tapada.
—No sé de qué habláis —dijo Silas, demasiado deprisa.
—Ya —respondió ella, muy quieta—. Claro que no.
Y ahí fue donde Silas hizo lo que no debía.