5 La frontera #2
Lo llevaba de un modo raro, esa carga. No la sentía a todas horas; se pasaba días sin que asomara, ocupada en sobrevivir a la celda, en cuidar a Silence, en calcular de qué lado iba a caer el magistrado. Y luego, sin aviso, en un descuido —un olor a sebo, una toca gris entrevista en el patio, el frío bajando de algún sitio—, la puerta cerrada temblaba en su marco y Temperance tenía que apretar los dientes y sostenerla con todo el cuerpo para que no se abriera, porque sabía lo que había del otro lado y sabía que si lo miraba de frente, aquello sí, no iba a poder con ello. A lo del bosque podía mirarlo. A lo de aquella noche, no. Era la única cosa en el mundo a la que Temperance Fell, que no bajaba los ojos ante nada, no se atrevía a mirar a la cara.
Por eso, cuando la prendieron a ella tres semanas después de colgar a su abuela —por los mismos nombres, por la misma nada, por la codicia de un hombre que quería la tierra—, Temperance decidió una sola cosa, y a ella se agarraba en la celda como a la única viga sana de una casa quemada. No iba a rogar. No porque fuera valiente; la valentía no le importaba y además dudaba de tenerla. No iba a rogar porque rogar era lo contrario de quedarse, porque cada vez que en la casa de reunión una de aquellas pobres mujeres pedía clemencia y firmaba lo que le ponían delante, Temperance veía a su abuela subir la loma con la boca cerrada, y sabía cuál de las dos maneras de morir dejaba a los Fell en pie. Le habían quitado a Remember. Le iban a quitar la tierra. Le iban a quitar, seguramente, la vida. Pero había una cosa que no estaba en su mano quitarle a menos que ella misma la entregara, y era el modo. El modo era lo último que le quedaba, y era, además, lo único que aún podía darle a su abuela: no deshonrar con súplicas la manera en que la vieja se había quedado.
De modo que cuando el magistrado de Boston la miró desde su silla dos días antes, con su pluma y su frío de ciudad y su lógica bien peinada, y esperó, como esperan los jueces, a que la mujer de enfrente se derrumbara y le facilitara el trabajo, no encontró una mujer que se derrumbaba. Encontró a la nieta de Remember Fell, que había aprendido de pequeña, en el borde de un campo, con una mano ancha y caliente en el hombro, a mirar de frente lo que da miedo y a no dar un paso atrás. Aquel hombre no lo sabía. Creía estar interrogando a una acusada. Estaba, sin saberlo, de pie ante toda una estirpe de mujeres que no habían corrido nunca, y la última de ellas, aunque encadenada y sola y probablemente perdida, no pensaba ser la primera.
Temperance cerró los ojos en la oscuridad. Al otro lado de los muros, muy lejos, en el lindero de una finca que ya no era suya y que pronto sería de otro, el frío que escuchaba seguía escuchando, ahora sin nadie que le diera la cara. Ese era, de todo, lo que más la desvelaba: no su propio cuello, sino que la habían apartado del sitio en que hacía falta que se quedara alguien, y que no quedaba nadie. Pero eso tampoco lo decía. Eso, menos que nada.
* * *
En su cuarto de la casa de Vane, a cuatro calles de allí, Silas Thorne tenía delante, por fin, la causa que llevaba tres días posponiendo.
La había dejado para el final cuatro veces ya, siempre con un pretexto de orden —primero las fáciles, luego las dudosas, la más difícil al terminar—, y a la cuarta se había dado cuenta de que el orden era una excusa y de que lo que hacía, en realidad, era no mirarla. Ahora la miraba. El pliego era delgado. Las acusaciones eran las de todos: pacto, tormento, la palabra de las niñas. La única declaración de peso venía del círculo de afligidas, y Silas ya había visto de qué estaba hecha esa clase de peso. No había una prueba en aquellas hojas que un tribunal serio, uno que no admitiera fantasmas, fuera a sostener. Su encargo, sobre el papel, era sencillo: causa sin fundamento, se recomienda archivar. Y sin embargo la pluma se le quedaba quieta sobre el tintero, porque escribir eso era enfrentarse a Vane, y a Vane lo tenía cenando en el piso de abajo, esperándolo.
Bajó. Vane lo recibió con vino caliente y con la impaciencia mal disimulada de quien lleva días queriendo hablar de una cosa y esperando el momento.
—¿Habéis llegado ya a la Fell? —preguntó, en cuanto Silas se sentó.
—Estoy en ella.
—Un mal asunto, esa mujer. —Vane bebió—. Terca como su abuela. La vieja nos costó Dios y ayuda; se fue a la horca sin soltar prenda, y esta es de la misma madera. —Se inclinó sobre la mesa, y en su voz apareció algo que Silas ya le conocía, un calor que no ponía al hablar de Dios ni del Enemigo—. Os diré una cosa de hombre a hombre, magistrado, y no la toméis a mal. Esa finca del norte llevo yo queriéndola desde antes de todo este desbarajuste. No sé deciros por qué. No es la mejor tierra de la comarca; está pegada al bosque, es húmeda, la mitad no se puede arar. Y sin embargo no hay pedazo de esta parroquia que me quite el sueño como ese, y hace años que lo tengo puesto en el ojo. Con la vieja no hubo forma; los Fell no venden. Pero si la nieta sigue el camino de la abuela y la tierra queda sin dueño, va a subasta, y en una subasta un hombre con posición se entiende mejor que con una campesina cabezota.
Silas lo escuchó decir todo aquello sin pestañear. Por dentro no sintió sorpresa: lo había olido desde el primer día, y la mujer se lo había dibujado entero en el interrogatorio. Sintió asco. Un asco limpio y frío, el que da ver una cosa fea a plena luz. En Vane no había nada de la malicia que grita; lo suyo era peor: un hombre respetable, magistrado, temeroso de Dios, que hablaba de heredar una finca a costa del cuello de su dueña con la misma tranquilidad con que hablaría de comprar un caballo, y que ni siquiera se daba cuenta de que lo que estaba proponiendo, en el fondo de todo aquel andamiaje de juicios y espectros y niñas afligidas, era despojar a una mujer y luego colgarla para quedarse con lo suyo. La máquina que le había descrito Temperance Fell tenía, vista desde aquella mesa, una parte que nada tenía de misteriosa ni de sobrenatural: era vieja como el mundo, era un hombre que quería un campo.
Y eso, curiosamente, fue lo que más lo desasosegó de toda la cena, más que si Vane hubiera confesado un crimen de sangre. Porque un crimen de sangre habría sido un asunto grande, con su horror y su castigo; aquello era pequeño, gris, administrativo. Un hombre quería una finca. Otro, él, tenía la pluma que podía dejársela libre. Entre los dos, una máquina de fe y de espanto y de niñas aullando se encargaría de que todo pareciera obra de Dios y de la providencia, y nadie —ni Vane, que no se tenía por malo, ni el pueblo, que lloraría de gratitud— llegaría a sentir jamás que había hecho otra cosa que su deber. Así se colgaba a la gente en aquel siglo, entendió Silas: no la mataban monstruos, la mataban vecinos respetables cumpliendo cada uno con su pequeña parte, y la parte que le tocaba a él era la firma.
—¿Y por qué esa finca y no otra? —se oyó preguntar Silas, más para sí que para Vane—. Decís que ni siquiera es buena tierra.
Vane se encogió de hombros, y por un instante, solo un instante, algo cruzó su cara colorada que no encajaba con el resto, una sombra de desconcierto, como si él mismo se hubiera hecho esa pregunta muchas veces y no tuviera respuesta.
—No lo sé —admitió, y se rio para tapar que no lo sabía—. La quiero y ya está. Hay tierras que llaman a un hombre. Esa me llama a mí. —Volvió a llenarse el vaso—. En fin. Vos haced vuestro trabajo con rigor, que es para lo que os han traído, y dejad que la providencia reparta lo demás.
Silas subió después a su cuarto, se sentó otra vez ante el pliego delgado y la pluma seca, y no escribió «se recomienda archivar», pero tampoco escribió lo contrario. Se quedó mirando el nombre —Temperance Fell— hasta que la vela chisporroteó, pensando, muy a su pesar, en dos cosas a la vez que no lograba separar: en un campo húmedo pegado a un bosque que un hombre respetable quería sin saber por qué, y en la mujer terca que se sentaría de nuevo frente a él, tarde o temprano, y a la que, si firmaba lo que Vane esperaba que firmase, iba a mandar a la misma soga que a su abuela, no por bruja, sino por dueña. Afuera, el bosque callaba. Silas apagó la vela. La noche anterior había dormido de un tirón, la primera desde que puso el pie en Salem; ésta, con el pliego delgado esperando sobre la mesa y el nombre de aquella mujer clavado detrás de los ojos, no pegó ojo.