El Último Juicio de Salem 5 La frontera
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5 La frontera

19 de diciembre de 1692

El frío de la cárcel era un frío corriente, y esa era, si uno se paraba a pensarlo, casi la peor parte.

Un frío corriente entraba por las rendijas, se metía en los huesos, hacía temblar y punto; no significaba nada, no avisaba de nada, era solo el invierno haciendo su trabajo sobre unos cuerpos que no tenían con qué defenderse. Temperance había crecido con otro frío. En la finca de los Fell, al norte de la aldea, donde la tierra desbrozada se rendía de golpe ante el bosque viejo, el frío tenía grados y tenía intenciones, y una aprendía a leerlos como se lee la cara de una persona. Estaba el frío limpio de las mañanas de enero, que picaba y despejaba y no quería nada. Y estaba el otro, el que bajaba a veces del lindero al caer la tarde, un frío que no venía del cielo sino de entre los árboles, quieto, denso, con una especie de atención dentro, como si algo respirara despacio del otro lado de la última cerca y ese aliento cruzara el campo hasta la casa. Aquel frío no picaba. Aquel frío escuchaba. Y su abuela le había enseñado a no darle la espalda.

En la aldea, si alguien hubiera podido oírla pensar aquello, la habrían colgado dos veces: una por bruja y otra por loca. Pero no era locura, y Temperance lo sabía con la misma certeza serena con que sabía que el agua moja. En la finca Fell el frío tenía dos voces, y distinguirlas era la primera lección de la casa, la que se aprendía antes de andar. La gente de la aldea vivía en un mundo de una sola clase de frío, el corriente, y por eso podía dormir de espaldas a la ventana sin que pasara nada. Los Fell no. Los Fell habían nacido en la costura, en el sitio donde el mundo de una sola clase de frío rozaba con el otro, y a los que nacen en una costura no se les concede la ignorancia de los que viven tierra adentro. Se paga cara, esa clase de sitio. Su abuela la había pagado. A ella le estaban pasando la cuenta.

Al otro lado de la celda, Silence se removió en la paja.

—Estás lejos —dijo, con la voz pastosa del duermevela—. Llevas un buen rato lejos. Se te nota hasta a oscuras.

—Estoy aquí —dijo Temperance.

—No. Estás en tu casa. —Silence bostezó—. Yo conocí a tu abuela, ¿sabes? Poco. La saludaba en el mercado. Una mujer seca, de pocas palabras, que te miraba como si te estuviera pesando por dentro. —Hizo una pausa—. No le vi la espalda encorvada un solo día, ni siquiera el día que la subieron a la loma. Sois gente rara, los Fell. Rara de la buena.

Temperance no contestó. Había cosas que no se contaban ni a Silence, que se había ganado más que nadie el derecho a que se le contaran; pero contárselas a otro era contárselas también a una misma, y allí dentro, en una celda donde no había sitio para venirse abajo, ése era un lujo que no podía pagar. Dejó que Silence volviera a dormirse, y se quedó a solas con lo que no decía.

Remember Fell.

El nombre le vino entero, con el peso que llevaba tres meses esquivando, y por una vez, en la oscuridad de la celda, Temperance no lo apartó. Dejó que viniera su abuela, y vino como venía siempre, de pie en el borde del campo a la hora en que el sol se hundía tras los pinos, con la toca gris y las manos cruzadas sobre el delantal, mirando el bosque de frente. Así se la sabía Temperance de niña y así se le había quedado: una mujer que no le daba la espalda a la línea de árboles. «Aquí nos quedamos», le decía, y no explicaba mucho más, porque las cosas de los Fell no se explicaban con palabras sino con años, plantando a la niña a su lado en el frío hasta que la niña aprendía a estarse quieta y a mirar sin miedo lo que no se veía. «Los Fell no corremos y no rogamos. Nos quedamos.» Lo decía sin solemnidad, como quien recuerda dónde está el pozo, y le apretaba el hombro con aquella mano suya, ancha y agrietada de trabajo, caliente incluso en lo más crudo del año, y a Temperance, de pequeña, esa mano en el hombro le bastaba para no tener miedo de nada.

Se acordaba de sus manos más que de su cara, quizá porque de niña le llegaba a la altura de las manos. Manos grandes de labradora, con tierra por debajo de las uñas por mucho que se las restregara, capaces de partir la leña de un hachazo limpio y, un momento después, de deshacerle a Temperance un nudo del pelo sin tirar. En invierno le frotaba los sabañones con una pomada que hacía ella misma, de sebo y de una hierba amarga, y mientras se los frotaba le iba diciendo los nombres de las plantas que colgaban del techo, una por una, como quien reza el rosario, y para qué servía cada una: ésta para la fiebre, ésta para el sueño, ésta no la toques nunca sin que yo esté, que engaña. Le enseñó a leer el cielo y a leer el suelo, a oler cuándo iba a helar y a saber que un animal estaba enfermo por cómo pisaba. Le enseñó, sobre todo, a estarse quieta. En la finca la quietud era una destreza como otra cualquiera, y Remember la tenía como nadie: podía pasarse una tarde entera en el umbral de atrás, el que miraba a la linde, sin moverse, atenta a algo que Temperance de niña no oía y de mayor prefirió no oír, y de aquella quietud salía siempre la misma orden sin voz, la que resumía toda su crianza: quédate, mira, no corras.

Había una noche que Temperance recordaba mejor que ninguna, de cuando tendría ocho o nueve años. Se despertó de madrugada, encontró la cama de su abuela vacía y la puerta del bosque entornada, y salió descalza al frío, muerta de miedo, y se la encontró allí, en el umbral de atrás, de pie en camisón bajo las estrellas, mirando la línea negra de los árboles como quien monta guardia. No la riñó por haberse levantado. Le hizo sitio a su lado, le echó el mantón por encima, y las dos se quedaron un rato largo mirando lo mismo, la niña sin saber el qué. En un momento dado el frío cambió —Temperance lo notó incluso entonces, ese espesarse del aire, esa atención que venía de entre los troncos—, y sintió a su abuela ponerse tensa a su lado, muy quieta, sin miedo pero alerta, como un perro que oye algo lejos. «¿Está ahí?», preguntó la niña, con un hilo de voz. Y su abuela, sin dejar de mirar el bosque, le contestó lo único que le contestaba a esas cosas: «Está donde está siempre. Mientras lo mires de frente, se está quieto. Es cuando le das la espalda cuando se atreve.» Luego le apretó el hombro con la mano caliente, y volvieron a entrar, y echó el cerrojo del bosque el primero, como todas las noches, y no se habló más del asunto.

No le explicó nunca del todo qué guardaban ni de qué. Se lo fue dando a cuentagotas, en tareas y en silencios. En el modo de cerrar la casa al anochecer, echando siempre primero el cerrojo de la puerta del bosque, antes que el de ninguna otra, como si esa fuera la única que de veras importaba. En la línea de sal que repasaba en los umbrales cuando cambiaba el tiempo. En la prohibición, nunca discutida, de pisar la linde de los árboles después de la puesta del sol. Y en la costumbre de dejar siempre, en el alféizar que daba a los árboles, un cuenco con algo dentro que a la mañana amanecía vacío y del que no se hablaba, ni siquiera para preguntar quién se lo había comido. Temperance había crecido dentro de aquello sin nombrarlo, como se crece dentro de una lengua, y solo de mayor, ya con la carga sobre los hombros, había entendido lo que su abuela cargaba y lo que iba a tocarle cargar a ella. Pero eso no se cuenta en una celda a oscuras. Eso no se cuenta, y punto.

Lo que sí se contaba, lo que la aldea entera sabía y había aplaudido, era lo otro. Que en primavera empezaron los ataques de las niñas. Que en verano cayeron los primeros nombres. Y que en septiembre, entre los últimos que subieron a la loma, había una vieja de la finca del norte, terca, callada, que no lloró, que no rogó, que no dio a nadie el gusto de verla quebrarse. Le habían leído la sentencia y ella la había oído como se oye la lluvia. Habían tratado de arrancarle una confesión que le habría salvado la vida —bastaba con decir sí, con decir que había pactado, con dar un nombre— y Remember Fell había mantenido la boca cerrada hasta el final. Tenía orgullo, sí; pero lo que la selló fue algo más hondo: una guardiana no entrega lo que guarda, ni a cambio de su cuello. Se quedó. Fiel a su propia palabra hasta el último peldaño. Nos quedamos.

Temperance no había estado allí. Ese era el hueco, el sitio al que no dejaba llegar el pensamiento, la puerta que tenía cerrada con llave y contra la que no se apoyaba porque sabía que cedería. Había una noche —la de antes, la del final— de la que no se permitía recordar más que el filo, y en cuanto el recuerdo se acercaba a lo que hubo dentro de aquella noche, a lo que ella hizo y a lo que no hizo, a lo que su abuela le pidió con los ojos y ella no fue capaz de dar, Temperance lo cortaba en seco y volvía al presente, a la paja, al frío corriente y honesto de la cárcel, que al menos no le pedía nada. La gente creía que cargaba con el duelo de una nieta. El duelo lo habría llevado. El duelo se lleva. Lo que Temperance cargaba era otra cosa, más pesada y más suya, y tenía la forma exacta de una deuda que ya no se puede pagar porque la persona a la que se le debe ya no está para cobrarla. No pedía perdón a nadie. El único que podía dárselo se había ido sin él, y aunque hubiera vuelto Temperance no lo habría aceptado, porque un perdón que uno no se cree no sirve para dormir, solo para fingir que duerme.