4 Las afligidas #2
Vane, a su lado, no rezaba. Silas lo notó de reojo: mientras la casa entera lloraba y se santiguaba, el magistrado decano seguía erguido, con las manos sobre las rodillas, y no miraba a las niñas. Lo miraba a él. Vigilaba el efecto que aquel teatro hacía en el forastero de Boston, como se vigila la cara del comprador cuando se le enseña la mercancía. Sus ojos pequeños no rezaban; calculaban, y debajo del cálculo, apenas contenida, había una especie de hambre. Silas conocía esa hambre; la había visto escrita con mano firme al margen de un expediente, junto a la extensión en acres de una finca que quedaría sin dueña si la última Fell seguía el camino de la primera. Vane lo había llevado a aquella casa para eso, para dejar que la corriente lo arrastrara a él también; el alma de Silas le importaba lo justo.
En medio del caos, Mercy Danvers seguía quieta.
No gritaba con las otras. Lloraba, eso sí, un llanto sin aspavientos que le corría por la cara sin que ella se molestara en enjugarlo, y de vez en cuando un temblor la recorría de la cabeza a los pies, breve y hondo, como si algo la tocara por dentro y se retirara. Cobb se había acercado a ella y le había puesto una mano en la coronilla, y ella se dejaba consolar con una mansedumbre que a la asamblea le partía el alma; Silas oyó a la mujer de al lado sollozar por la pobre criatura. Cuando Mercy habló al fin, lo hizo bajo, y sin embargo la casa entera calló para oírla, porque su voz, entre tanto grito, era la única que no pedía nada.
—No me duele por mí —dijo la niña—. Me duele por ellos. Por los que aún no saben lo cerca que lo tienen.
Silas la miró. Había en aquella frase algo que le chirrió por debajo, un desajuste que no llegó a aislar, y antes de que pudiera darle vueltas la asamblea rompió a llorar de ternura, y Cobb alzó los ojos al techo dando gracias por la entereza de su niña, y la corriente volvió a tirar, y Silas soltó el pensamiento porque no tenía dónde colgarlo. Estaba cansado. Llevaba tres noches sin dormir bien. En un cuarto así, apretado y helado, con aquel griterío, un hombre exhausto le da peso a lo que no lo tiene.
Fue entonces cuando reparó en el perro.
Un labrador había traído a un perro de caza atado con una cuerda, un animal grande y tranquilo que se había quedado echado bajo un banco al fondo, indiferente al principio a los gritos, como se aburren los perros de las cosas de los hombres. Pero desde que Mercy se había adelantado al estrado, el perro había cambiado. Se había levantado, tenso, con las orejas hacia atrás, y ahora tiraba de la cuerda en dirección contraria, hacia la puerta, gimiendo por lo bajo, con el rabo pegado al vientre. El amo tiró de él para que se estuviera quieto y el perro no obedeció; clavó las patas, tembló, y soltó un aullido corto y agudo que hizo volverse a media casa. Un rumor recorrió los bancos. «Hasta las bestias lo sienten», dijo alguien cerca, y otros lo repitieron, y Cobb lo tomó desde el púlpito como una gracia más: hasta los animales sin alma temblaban ante la presencia del Enemigo que atormentaba a la niña. El amo tuvo que sacar al perro a rastras. En la puerta, el animal dio un último tirón, y Silas, que lo seguía con los ojos, vio con claridad una cosa que nadie más pareció ver, porque nadie más miraba en la misma dirección: el perro no le tenía miedo a un enemigo invisible que rondara a la niña. Le tenía miedo a la niña. Tiraba para alejarse de ella, no de otra cosa, y no apartó de ella los ojos hasta que la puerta lo tapó.
Silas se dijo que un perro es un perro, que huele el miedo de la gente y se contagia, que en una sala llena de histeria hasta un animal se pone nervioso, y que él, un hombre de leyes, no iba a sacar de un chucho asustado más que un chucho asustado. Se lo dijo con las palabras exactas con que un jurista archiva lo que no encaja. Y aun así, sin querer, volvió a mirar a Mercy, y por un instante —medio latido, no más— le pareció que el frío de la casa se juntaba alrededor de ella, que allí donde estaba la niña el aire pesaba distinto, más denso y más quieto, como el que había sentido en su cuarto las tres noches anteriores escuchando lo que no había. Apartó también eso. Era el mismo frío de siempre, el de las paredes, el de aquella tierra maldita. No era nada.
Cobb bajó del púlpito cuando el ataque cedió y las niñas quedaron rendidas y sollozantes en brazos de sus madres, y se acercó al banco de Silas con las manos abiertas, no en gesto de triunfo, sino de súplica.
—Ya lo habéis visto, magistrado —dijo, y en su voz templada había un temblor de verdad—. No os pido que me creáis a mí. Os pido que las creáis a ellas. ¿Qué ganan estas criaturas fingiendo un tormento así? ¿Qué madre desea para su hija esta cruz? En Boston llaman a esto histeria y engaño, y desde Boston es fácil. Vos estáis aquí. Habéis visto los dientes en el brazo. Habéis visto temblar hasta a la bestia. —Bajó la voz—. Sé lo que os han encargado. Cerrar limpio, deprisa, soltar a los que se pueda. Y os lo ruego por vuestra alma: no soltéis al lobo con los corderos por parecer moderno. Han cantado varios nombres estas niñas. El de esa Fell de la finca del norte, entre otros. Un hombre prudente escucharía.
Y ahí estaba, pensó Silas: dicho con la mansedumbre de un pastor que reza, el hilo que ataba todo aquel teatro a una celda a cuatro calles de allí, a una mujer que dos días antes le había dicho a la cara que en el bosque había algo, pero que no era el Diablo y no era ella. La palabra de Temperance Fell, sola, contra la palabra de aquellas niñas y el llanto de doscientos. Silas sabía —lo sabía con la misma frialdad con que sabía sumar— cuál de las dos pesaba en aquella balanza, y sabía también, porque era honrado consigo mismo aunque no lo fuera con nadie más, cuál de las dos le había sonado verdadera. Y las dos cosas no coincidían, y esa era, otra vez, la grieta.
No dijo nada de eso a Cobb. Se limitó a inclinar la cabeza con la neutralidad cortés de quien no promete lo que no sabe, y dijo que había visto lo que había ido a ver, y que un juez que se preciara pesaría cada testimonio con el mismo cuidado, el de las niñas y el de los acusados, y que más no podía adelantar. A Cobb no le gustó del todo la respuesta —esperaba, sin duda, un converso—, pero era un hombre demasiado seguro de la verdad para insistir; la verdad, para Cobb, se abría paso sola, y el magistrado de Boston terminaría viéndola como la veían los animales. Le dio las gracias por su presencia, con sinceridad, y volvió a sus niñas.
Silas salió al frío de la calle con Vane pisándole los talones y la cabeza más cargada que cuando había entrado. No creía en espectros; salía sin creer en ellos. Nada de lo que había visto probaba nada que un tribunal serio pudiera sostener, y en eso su encargo seguía intacto: aquella prueba era humo, y él lo sabía mejor después de verla que antes. Pero saber que una prueba es humo no aparta el humo del cuarto. Había visto trabajar a la máquina que Temperance Fell le había descrito con palabras, y era peor de cerca: no la movía la maldad de nadie, sino la fe honrada de mucha gente buena, y contra la maldad se puede luchar, pero contra la fe honrada de la gente buena no había ley que valiera. Vane le hablaba al oído de la firmeza necesaria, de la impaciencia del gobernador, de lo bien que había estado el reverendo. Silas apenas lo oía.
Antes de doblar la esquina se volvió un momento, sin saber bien por qué, a mirar la casa de reunión que iba quedando atrás. En el hueco iluminado de la puerta, mientras la gente salía en riada, vio por última vez a la niña. Cobb la llevaba de la mano hacia la salida, pequeña y mansa, con la cofia blanca y el rostro ya sereno, sin lágrimas. No llevaba la cabeza gacha de los niños agotados: miraba salir a la gente, uno a uno, sin prisa, con una calma atenta que no cuadraba del todo con una criatura que acababa de pasar por aquello. A Silas le rozó, un instante, la impresión de que había algo fuera de sitio en esa serenidad, y en seguida la soltó, porque los niños son un misterio y él estaba cansado, y dobló la esquina.
Aquella noche, por primera vez en tres, se durmió pronto, quizá para no seguir pensando. El bosque, al otro lado del postigo, no hizo ruido. La niña de la cofia blanca tampoco volvió a su cabeza. Pero a la mañana siguiente, cuando se sentó a redactar por fin sus informes, se descubrió empezando por el de las cuatro causas fáciles, y dejando otra vez, sin decidirlo del todo, la de la Fell para el final.