4 Las afligidas
18 de diciembre de 1692
La casa de reunión estaba llena hasta las vigas, y aun así hacía frío. Silas nunca había entendido del todo cómo un lugar podía tener dentro a doscientas personas apretadas, con su aliento saliendo en nubes y el sudor agrio bajo la lana mojada, y seguir helado; pero aquel sí lo estaba, como si el frío no viniera del aire sino de la madera desnuda de las paredes, de los bancos sin pulir, del techo alto y ciego que se tragaba las voces. Le habían reservado sitio en el segundo banco, junto a Vane, que lo había llevado del brazo con una solemnidad de anfitrión. Delante, en el estrado, bajo el púlpito, esperaban las niñas.
Había sido idea del reverendo Cobb. Se lo había hecho saber esa misma mañana, con una cortesía que no admitía negativa: el señor magistrado venía de Boston, donde ahora los hombres doctos dudaban de lo que aquí se veía cada día, y sería una lástima —dijo Cobb— que juzgara sin haberlo visto con sus propios ojos. Que viniera, pues. Que mirara. Y Silas había venido, porque un juez que se niega a mirar la prueba que le ofrecen tiene ya media sentencia escrita, y él se preciaba de no escribir ninguna a ciegas.
Amariah Cobb subió al púlpito sin prisa. Era un hombre entrado en años, enjuto, de manos largas y cara serena, y cuando habló, Silas entendió en las tres primeras frases por qué aquella aldea lo seguía a la horca sin rechistar. Cobb no gritaba. Hablaba del Maligno con la misma voz templada y sin prisa con que un momento después dio gracias por el pan y por el techo, y era esa continuidad lo que helaba más que el frío de las paredes: para aquel hombre no había distancia entre bendecir la mesa y mandar colgar a una vecina; las dos cosas eran actos de amor, obras del mismo cuidado pastoral. Creía cada palabra. Silas había conocido a fanáticos que fingían y a fanáticos que odiaban, y sabía manejarse con ambos. Un fanático que amaba era algo nuevo, y no supo de entrada por dónde cogerlo. Porque a uno que finge se le pilla en una contradicción, y a uno que odia se le desarma mostrándole que el odio le nubla el juicio; pero cómo se le discute a un hombre que manda a la horca por amor. Cobb no querría hacer daño a nadie; estaba convencido, en lo más hondo, de que colgar a una bruja era salvar a diez inocentes, y que quien no lo viera así era porque no quería a los inocentes lo bastante. Contra esa clase de certeza, la duda de un juez no era prudencia: era tibieza, casi complicidad. Silas comprendió, oyéndolo, que el hombre más peligroso de aquella aldea no era el que codiciaba una finca; era aquel viejo de voz mansa que creía, con toda su alma limpia, estar del lado de los ángeles. A los que hacen el mal por interés se les cansa o se les compra. A los que lo hacen por amor no hay quien los pare.
—El Enemigo ha puesto sitio a esta casa —dijo Cobb a la asamblea—. No con ejércitos, que a ésos sabríamos responder, sino con lo invisible, que es su arma predilecta desde el jardín. Ataca a los más limpios, porque son los que más le duele perder. Ataca a nuestras hijas. —Bajó la mirada hacia el estrado, y su voz se ablandó sin perder firmeza—. Y una entre todas ha llevado el peso mayor, porque el Enemigo la escogió por su inocencia, como el lobo escoge al cordero más blanco. Mercy. Ven, hija. Que el magistrado te vea.
Se adelantó una niña.
Silas la había estado mirando ya, porque era la única del grupo que no se retorcía ni gemía, y esa quietud, en medio del resto, atraía la vista como atrae el silencio en una habitación ruidosa. Tendría trece años. Era pequeña, pálida de esa palidez del norte que parece encendida por dentro, con el pelo recogido bajo la cofia y las manos juntas sobre el delantal. Nada en ella espantaba; al contrario, tenía algo que hacía que uno quisiera protegerla, una gravedad temprana, una compostura de huérfana que ha aprendido a no molestar. Cobb la había recogido, explicó a Silas en un aparte lleno de orgullo doliente, cuando la peste se llevó a su hermana y al marido de ésta; la había criado como a una hija; y el Enemigo, que no perdona la bondad, la había marcado como a ninguna.
—Cuéntale al magistrado —dijo Cobb— lo que te hacen.
Y entonces empezó.
Silas no sabría después reconstruir el orden exacto de lo que vio, porque llegó todo a la vez, como una tormenta que no avisa. Una de las niñas del fondo soltó un grito que no parecía humano y se dobló sobre sí misma, agarrándose el brazo, aullando que le clavaban alfileres, que la mordían, que había dientes en su carne que nadie veía. Otra cayó de rodillas y empezó a arañar el aire delante de su cara como si apartara algo. Una tercera se puso rígida como una tabla, con los ojos en blanco y la espalda arqueada de un modo que a Silas le encogió el estómago pese a sí mismo, porque había visto morir gente y sabía que un cuerpo no se dobla así por gusto. Los gritos se contagiaron de banco en banco entre el público; una mujer se desmayó; los hombres sujetaban a las niñas para que no se hicieran daño, y las niñas se debatían con una fuerza que no cuadraba con sus cuerpos flacos. Alguien enseñó en alto el brazo de una de ellas: tenía marcas, media luna de dientes pequeños hincada en la piel, y un murmullo de espanto recorrió la casa como el viento un trigal. Una madre se abrió paso hasta el estrado pidiendo a gritos que se dijera ya el nombre del que le hacía aquello a su hija; y cuando otra de las niñas chilló que la mordían sin que le apareciera marca ninguna, una voz de hombre desde el fondo explicó, con la seguridad de quien recita el catecismo, que el Enemigo esconde su obra de los que dudan. Muchos asintieron. Era una explicación que lo explicaba todo, y por eso no explicaba nada.
Silas miró aquello con la parte fría de la cabeza, que era la que tenía entrenada, y la parte fría le fue diciendo lo que veía. Vio que las marcas eran reales; nadie las fingía. Vio también que una marca no dice quién la hizo, y que una boca del tamaño de la de aquella misma niña deja una media luna igual. Vio que los gritos eran verdaderos, que aquellas criaturas sufrían de veras algo, aunque ese algo bien podía nacer dentro de sus propias cabezas y no fuera del techo. Y vio, sobre todo, la trampa, la que lo había traído a él desde Boston: que aquella prueba no se podía desmentir por ningún camino. Si la acusada lloraba su inocencia, mentía como mienten los culpables; si la callaba, su silencio era confesión; si razonaba bien, su ingenio delataba al maestro que la instruía. No había respuesta que una mujer pudiera dar desde un banquillo que no se volviera, en aquella lógica, prueba de su culpa. La palabra de las niñas pesaba, y la de la acusada no pesaba nada, y contra eso ningún abogado del mundo había inventado defensa.
Lo había pensado en frío muchas veces, en Boston, leyendo actas de otros condados; verlo en carne era otra cosa. Porque el argumento tenía, además, una crueldad de la que sobre el papel no se percataba uno: que cuanto más inocente fuera de verdad la acusada, peor le iría. Una culpable sabría el guion; lloraría en el momento justo, confesaría a tiempo para salvar el cuello. La inocente, en cambio, se indignaría, razonaría, exigiría pruebas, haría todas las cosas que hace quien no ha hecho nada; y cada una de ellas, en aquella sala, se leería como descaro, como dureza de corazón, como la insolencia del que tiene detrás a un maestro poderoso. El sistema no solo no distinguía al inocente del culpable: castigaba precisamente aquello en lo que el inocente se diferenciaba. Silas pensó, sin quererlo, en la mujer de los hierros que no arrastraba los pies, en su calma, en su lógica limpia, en su desprecio con motivo, y entendió que todo lo que en ella le había parecido notable era, en aquella balanza, otras tantas cuerdas para su cuello.
Todo eso lo pensó Silas con claridad, y no le sirvió de nada, porque a su alrededor doscientas personas no pensaban: creían. Y la fe de doscientos, junta, en un cuarto helado, con niñas aullando y madres llorando, tenía un peso físico, una corriente que arrastraba, y Silas la sintió tirar de él como se siente la resaca en la orilla, y tuvo que plantar los pies. Dudar allí de aquello no tenía nada de postura intelectual: era ponerse del lado del lobo contra el cordero, era señalarse.
Y comprendió, plantando los pies contra aquella resaca, la última pieza de por qué su encargo era imposible. En Boston se pensaba que un juicio era un hombre pesando pruebas. Allí no había tal cosa. Allí había un cuarto lleno de gente asustada y buena que necesitaba, con una necesidad casi física, que el mal tuviera un nombre y una cara y una soga, porque un mal con nombre se puede colgar y dormir luego tranquilo, y un mal sin nombre —una peste, una mala cosecha, un invierno que se lleva a los niños en la cuna— no se puede colgar, y deja despierto. Aquellas niñas no le estaban dando al pueblo un culpable: le estaban dando el sueño. Y un juez de fuera que viniera a decirles que no había culpable, que su dolor no tenía a quién echárselo, no era para ellos un juez: era un ladrón que venía a quitarles lo único que les hacía soportable el miedo. Por eso lo miraban de reojo. No querían justicia. Querían dormir, y él traía el insomnio.