3 Interrogatorio #2
El cuarto pareció enfriarse un grado, aunque el brasero seguía igual. Silas lo notó en la nuca y lo atribuyó al cansancio, a la corriente del postigo, a cualquier cosa; llevaba dos días atribuyéndolo todo a cualquier cosa. Miró a la mujer que tenía enfrente y en su cabeza, sin que la llamara, apareció la nota al margen que había leído la primera noche: el nombre de la finca, la extensión en acres, la mano firme de quien había calculado cuánto valía aquella tierra si quedaba sin dueño. Dos Fell. Una colgada en septiembre y otra delante de él, y de por medio, en un margen, la codicia de un hombre.
—Vuestra abuela fue juzgada por un tribunal —dijo, y le salió más rígido de lo que pretendía, porque era lo único firme a lo que agarrarse—. Yo no la juzgué. Mi nombre no está en esa sentencia.
—Ya lo sé —dijo Temperance—. Vuestro nombre está limpio. Es justo lo que os hace útil. —Lo miró casi con lástima, y esa lástima fue lo que peor le sentó de toda la conversación, peor que el desprecio—. No os odio por lo que hicisteis. Os odio por lo que sois: el que llega después, con la pluma nueva, a poner en limpio lo que otros ensuciaron, y a firmar lo último para que el señor Vane se quede con mi tierra y todo el mundo pueda decir que se hizo conforme a derecho. Vos ni siquiera lo sabéis. Creéis que venís a juzgar papeles. Venís a hacerle un recado a un hombre codicioso, y sois el único de esta aldea que todavía no se ha enterado.
Silas necesitaba recuperar el cuarto, y lo hizo del único modo que sabía: recordándole dónde estaba.
—Sois muy libre de despreciarme —dijo, y dejó la pluma sobre la mesa, entre los dos, para que ella la viera bien—. Pero mirad esto antes de seguir. Penséis lo que penséis de mí, de Vane o del tribunal, quien sostiene esta pluma soy yo. Y esta pluma ha mandado a la horca a hombres más difíciles que vos. El ingenio no ha librado a nadie de la soga; a veces solo ha servido para que la sentencia se leyera mejor. Medid lo que decís.
Esperó el efecto. Con los otros, la sola mención de la soga bastaba para quebrarlos: se les iba el color, se echaban a rogar. Temperance miró la pluma sobre la mesa, lo miró a él, y su calma no se movió un dedo. No parecía valentía —la valentía lleva siempre un punto de esfuerzo—, sino algo más quieto: la serenidad del que hizo esas cuentas hace tiempo y las guardó.
Y otra vez, mientras lo pensaba, notó el frío del cuarto arreciar contra la nuca, sin razón, como si alguien hubiera abierto una puerta a su espalda; se volvió a mirar, y la puerta seguía cerrada, y el guardia seguía en su sitio, aburrido. Silas devolvió los ojos a la mujer y anotó, en la parte de sí que anotaba cosas aunque él no se lo mandara, que el brasero no había menguado y que sin embargo hacía más frío que al empezar. Desechó la idea en el acto por lo que era: una ocurrencia de hombre cansado que llevaba dos noches sin pegar ojo.
—Ya sé lo que hace esa pluma —dijo—. La vi trabajar en septiembre. No hace falta que me la enseñéis; la conozco mejor que vos, porque vos firmáis y os marcháis, y yo me quedo a ver dónde cae la firma. Amenazar con la soga a quien ya cuenta los días es avisar a la que se ahoga de que va a mojarse. —Lo dijo sin rencor, como se corrige un dato—. Guardad el consejo. Digo lo que digo porque no me queda nada que perder que no me vayáis a quitar de todas formas, y eso me deja algo que vos no tenéis en este cuarto: puedo permitirme la verdad.
Y ahí Silas cometió el error, y lo cometió sabiendo que lo cometía. En lugar de dar por cerrada la sesión, en lugar de llamar al guardia, hizo una pregunta que no figuraba en ningún pliego y que no tenía una gota de trampa.
—Entonces, ¿por qué me la decís? —Ella tardó en contestar, y él insistió, y se oyó demasiado tarde cuánta verdad llevaba su propia voz—. Si estáis tan segura de que solo voy a afilar cada palabra y devolvérosla hecha soga, ¿por qué gastar el aliento? ¿Qué ganáis?
Temperance lo miró un rato largo, y algo se le movió apenas en la cara, hacia una especie de reconocimiento —no hacia la simpatía—, como quien oye por fin la pregunta que llevaba rato esperando.
—Nada —dijo—. No gano nada. Os la digo porque debajo de esa pluma y de ese frío que os habéis traído de Boston hay un hombre que ha empezado a sospechar que lo han usado, y ese hombre todavía no ha decidido qué clase de juez piensa ser. No lo hago por mí. Lo hago porque sois la última pluma que va a pasar por esta aldea antes de la primavera, y prefiero gastar el aliento en la única que aún no está escrita.
Silas se descubrió sin respuesta, y el silencio se alargó lo suficiente para que ambos lo notaran. Había una parte de él —la parte fría, la que sopesaba— que registraba, contra su voluntad, que nada de lo que aquella mujer había dicho era estúpido. Lo del lobo y el pastor era buen razonamiento; mejor, tuvo que admitir, que la lógica con que él había pretendido acorralarla. Lo de la máquina era, palabra por palabra, lo que él mismo había pensado la primera noche leyendo los pliegos a la luz del sebo. Y lo de Vane era la sospecha que él había olido nada más entrar en aquella casa, la parte interesada que aún no había visto entera y que aquella mujer le acababa de dibujar completa, con una nitidez que no le habría venido de una desquiciada.
Nada de eso la hacía inocente. Un hombre podía razonar bien y ser culpable; el ingenio no era una coartada, y Silas había visto a más de un reo defenderse con una inteligencia que solo probaba lo peligroso que era. Se repitió eso. Se lo repitió con cuidado, como quien recompone una muralla que ha sentido ceder, y volvió a coger la pluma.
—Tomo nota de que negáis los cargos —dijo, y su voz había recuperado la frialdad, o casi—. Y de que afirmáis la existencia de una... presencia en el bosque, sin más detalle.
—Sin más detalle —confirmó ella.
—¿Qué es, entonces? Si tan segura estáis de que existe, decidme qué es. Ayudadme a entenderlo.
Por primera vez, Temperance sonrió, y no fue una sonrisa amable. Fue la de quien reconoce una trampa vieja.
—No —dijo—. Eso no os lo doy. No porque no lo sepa, sino porque sé exactamente lo que haríais con ello. Cogeríais cada palabra, la afilaríais, y me la devolveríais convertida en cuerda. Llevo semanas en esa celda, magistrado. He aprendido lo que pesa una verdad según la boca que la recoge. La mía, en la vuestra, me cuelga. Así que os quedáis con lo que os he dado, que ya es más de lo que le habéis sacado a nadie esta mañana, y con eso hacéis lo que os dicte esa conciencia que aún no sabéis que tenéis.
Silas debería haber dado por terminada la sesión. Tenía lo que necesitaba: una negación de los cargos, una declaración extravagante sobre el bosque, material de sobra para archivar la causa como carente de prueba sólida o para llevarla a juicio, según decidiera. Debería haber llamado al guardia y haber dicho «la siguiente». En cambio se quedó un momento mirándola, y ella le sostuvo la mirada sin bajarla, y en ese pulso mudo Silas comprendió lo que llevaba media hora resistiéndose a comprender: que de las cinco personas que había examinado aquella mañana, aquella era la única que le había dicho algo verdadero, y que esa, precisamente esa, era la más peligrosa de todas. No para el tribunal. Para él.
—Lleváosla —dijo al guardia.
Temperance se levantó, ajustándose los hierros, y antes de que la giraran hacia la puerta le dedicó una última mirada, esta vez sin cálculo y sin lástima, solo larga.
—Vais a dormir peor esta noche —dijo, no como una amenaza sino como quien constata el tiempo que va a hacer—. Y no será por el frío.
Se la llevaron. Silas se quedó solo en el cuarto helado, con la pluma en la mano y el pliego delante, y por primera vez en dos días de trabajo limpio y ordenado no supo qué escribir. La casilla de las que negaban no le servía. La de las que confesaban tampoco. La mujer no cabía en el expediente, y un expediente que no puede contener a alguien es un expediente que empieza a mentir. Silas lo sabía. Era minucioso, y la minuciosidad, esa noche, no le trajo paz, solo la certeza incómoda de que había cuadrado cuatro causas y dejado la quinta abierta, y de que la había dejado abierta a propósito.
Mojó la pluma. La volvió a dejar. Afuera, más allá del postigo, la tarde caía sobre el bosque sin un ruido, y él, que no creía en fantasmas, se sorprendió escuchando el silencio como si esperara que se rompiera.