El Último Juicio de Salem 3 Interrogatorio
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3 Interrogatorio

17 de diciembre de 1692

Para la hora del almuerzo, Silas había examinado a cuatro, y habría podido escribir los cuatro informes antes de sentarse a la mesa, porque todos hacían una de dos cosas. O negaban. Negaban con la boca seca y las manos temblando, negaban lo que nadie les había probado, se agarraban a su inocencia como un ahogado a un tablón, y cuanto más negaban peor sonaban, porque el miedo tiene un tono que un tribunal confunde con la culpa. O se rendían. Confesaban lo que hiciera falta —pactos, marcas, vuelos nocturnos, cualquier cosa— con tal de que aquello acabara de una vez, con tal de firmar y volver a la paja y dejar de tener enfrente a un hombre con una pluma. Aquella mañana una mujer le había jurado, entre sollozos, que había firmado el libro del Maligno con su propia sangre; y cuando Silas le preguntó cuándo y dónde, no supo decirlo, y le rogó que fuera él quien pusiera la fecha, que ella la juraría. Firmaría lo que él escribiese. En aquel cuarto la inocencia y la confesión habían dejado de distinguirse, y esa era la dolencia del asunto entero: que a fuerza de preguntar se acababa fabricando la respuesta. El pastor arruinado del fondo había hecho las dos cosas en el mismo cuarto de hora: primero negó a gritos, discutiendo con Silas como discutía con Dios, y luego, agotado, ofreció confesar todo lo que Silas quisiera oír si a cambio le prometía que su alma se salvaba. Silas no le prometió nada. Salvar almas no era su encargo. Estaba allí para separar las causas que un tribunal serio sostendría de las que se caerían solas, y para hacerlo deprisa.

El cuarto que Vane le había cedido en la casa de reunión era estrecho y frío, con una sola mesa, dos sillas y un brasero mezquino que más señalaba el frío que lo espantaba. Silas llevaba dos noches sin dormir bien. No sabría haber dicho por qué; se acostaba rendido y a las pocas horas estaba despierto con los ojos abiertos hacia el techo, escuchando la casa, escuchando más allá de la casa, sin saber qué escuchaba. No era miedo; Silas no le tenía miedo a la oscuridad, ni a las casas que crujen, ni a las historias con que aquella gente se asustaba entre sí. Era otra cosa, más molesta por lo que tenía de inexplicable: la impresión de que había algo despierto ahí fuera a las horas en que todo debería dormir, algo grande y paciente al otro lado de los campos, que no hacía ruido pero que estaba, del mismo modo que se nota que hay alguien en un cuarto a oscuras antes de oírlo respirar. Un hombre razonable no le daba vueltas a eso. Silas se lo había repetido las dos noches, y las dos noches había seguido despierto, con los ojos clavados en el techo, escuchando un silencio que no acababa de ser del todo un silencio. Aquella mañana el cansancio se le había asentado detrás de los ojos como una piedra, y el frío del cuarto se le metía en las articulaciones de los dedos y le entorpecía la letra. Sopló sobre la pluma, ordenó los pliegos de la última causa y dijo, sin levantar la vista:

—Traed a la Fell.

La trajeron con los hierros puestos, y lo primero que Silas advirtió, antes incluso de mirarle la cara, fue que no arrastraba los pies. Los otros habían entrado encogidos, mirando el suelo, ya medio vencidos por el solo hecho de cruzar la puerta. Ella entró como quien acude a una cita que no ha pedido pero para la que viene preparada. El guardia la sentó en la silla de enfrente y se retiró junto a la puerta, y ella se acomodó los hierros en el regazo con una paciencia de artesana, sin prisa, y entonces levantó la cara y lo miró.

Lo miró a él. Eso fue lo segundo que Silas advirtió, y le gustó menos que lo primero. Los examinados no examinaban. Bajaban los ojos, o los alzaban al cielo, o los clavaban en la pluma con espanto, porque la pluma era lo que decidía. Esta mujer lo miraba a la cara con una atención tranquila y minuciosa, de arriba abajo y otra vez arriba, como si el interrogado fuera él, como si estuviera tasándolo para saber cuánto valía y de qué madera estaba hecho. Era más joven de lo que el expediente daba a entender. Tenía el pelo oscuro apelmazado por las semanas de encierro y la piel gris de la falta de sol, y aun así no había en ella nada de derrota. Había cálculo. Silas conocía esa mirada; se la había visto a los buenos comerciantes y a los buenos abogados y a los hombres que juegan fuerte a las cartas. No se la había visto nunca a una acusada de brujería que esperaba sentencia.

Apartó la incomodidad como se aparta un ruido de fondo y empezó por donde empezaba siempre.

—Sois Temperance Fell.

—Lo soy.

—De la aldea de Salem.

—De la finca que hay al norte de la aldea, en el lindero del bosque. —Hizo una pausa exacta—. La misma que le gusta al señor Vane.

Silas no levantó la pluma del papel, pero tampoco escribió. Dejó pasar la frase como quien deja pasar un golpe que no esperaba, sin devolverlo todavía.

—Se os acusa —dijo— de haber hecho pacto con el Maligno, y de atormentar por medios invisibles a varias personas de esta aldea, entre ellas a menores. Hay declaraciones juradas. —Volvió un pliego—. ¿Qué respondéis?

—¿Qué queréis que responda?

—La verdad basta.

—La verdad. —Ella dijo la palabra despacio, como si la sopesara en la mano y la encontrara más pesada de lo que él la manejaba—. Está bien. Os diré una verdad, y ved lo que hacéis con ella. No he pactado con nadie. No he atormentado a esas niñas, ni por medios visibles ni invisibles; no las he tocado, no las conozco de nada, y si se retuercen en el suelo de la casa de reunión no es por mí. —Sostuvo su mirada—. Pero no os voy a decir que en ese bosque no hay nada, porque eso también sería mentira, y ya que me pedís la verdad, os la doy entera. Hay algo ahí fuera. No es el Diablo, no en el sentido en que vuestros pliegos usan la palabra. Y no soy yo.

Silas la miró. En dos días de examinar gente aquella era la primera frase que no cabía en ninguna de sus dos columnas. Admitir que había «algo» no era negar; apartarse del pacto y del tormento con aquella firmeza sin fisuras no era confesar. Era una tercera cosa, dicha con una calma que a un juez debería haberle bastado para archivarla como locura, y que sin embargo no sonaba a locura. La vieja del pecho enfermo, la que llamaba a su hijo muerto, hablaba como una loca. Esta mujer hablaba como alguien que sabe exactamente lo que dice y ha decidido decir solo una parte.

—Vais a tener que elegir —dijo Silas, y oyó en su propia voz el filo de la impaciencia, que era una grieta y le molestó—. O hay algo sobrenatural obrando en esta aldea, y entonces admitís que el mundo invisible existe y que esas niñas no fingen, lo cual da la razón a quienes os acusan. O no hay nada, todo es histeria y engaño, y entonces lo que os conviene es reconocerlo así y dejar que la razón os absuelva. Lo uno o lo otro. No podéis quedaros en el medio y esperar que os crea.

—¿Por qué no. —Se inclinó un poco, y los hierros tintinearon—. En el bosque puede haber un lobo. Que haya un lobo no convierte al pastor en lobo. Vuestra lógica es limpia, magistrado, pero está mal armada: pone en el mismo saco que exista una cosa y que yo sea esa cosa, y son dos preguntas distintas. La primera no la vais a resolver desde esa silla. La segunda —se enderezó— ya la habéis contestado sin querer, porque me habríais mandado al patíbulo con los de septiembre si tuvierais una prueba de verdad, y en lugar de eso estáis aquí, dos semanas después, releyéndome un pliego que no os convence a vos mismo.

Silas dejó la pluma. No fue una rendición; fue un gesto de un hombre que decide, por un momento, dejar de fingir que apunta.

—Habláis mucho de lo que a mí me convence.

—Se os ve en la cara —dijo ella—. No sois de los que creen en fantasmas. Lo supe en cuanto entrasteis, por cómo mirasteis mis hierros, como se mira una cuenta que hay que cuadrar. Por eso os han traído. —Bajó la voz, no por miedo, sino para que el guardia de la puerta no le regalara la frase—. Un hombre de Boston, sin trato con esta gente, sin muertos propios en esta cuenta, que firme lo que haya que firmar y se vuelva a su casa antes de que se seque la tinta. Vane necesitaba una mano limpia. Sois vos.

—Cuidado —dijo Silas, muy quieto—. Insultar al tribunal no os saca de la celda.

—No insulto al tribunal. —Y aquí, por primera vez, algo se le encendió por debajo de la calma, no un temblor sino una brasa—. Os digo lo que sé, que es distinto. Sé lo que es esto porque lo he visto funcionar. No hace falta ser culpable de nada, magistrado; esa es la parte que a vos, que sois listo, debería quitaros el sueño. Basta con que alguien diga un nombre y la máquina se pone en marcha, y una vez en marcha muele lo que le echen, sin acordarse ya de quién le dio la primera vuelta. Yo he visto lo que muele. En septiembre molió a mi abuela. La conocía todo el mundo. Traía al mundo a los corderos en primavera y ponía cataplasmas en invierno, y llevaba cuarenta años haciéndolo, y bastó que una cría con fiebre soñara con una vieja de negro para que cuarenta años no valieran nada. La juzgaron en tres días. Los mismos vecinos a los que había curado de balde subieron a declarar lo que habían visto, y lo que habían visto, cuando se lo preguntaron con calma, era que mi abuela tenía un gato, y sabía de hierbas, y vivía sola en el lindero del bosque. Con eso la colgaron. —Hablaba sin alzar la voz, y era peor así, más exacto—. Así que no me habléis de pruebas, magistrado. Yo vi las que bastaron. Y las vi firmar por una mano tan limpia y tan de fuera como la vuestra.