2 La que mira #2
Eso le arrancó casi una sonrisa. Se quedó un momento junto a la reja, apoyando el peso en la pierna buena, y Temperance no dijo más; había aprendido que a un hombre desconfiado se le da la información y se le deja rumiarla, y que si uno se calla en el momento justo el otro llena el silencio para no quedar en deuda. El carcelero llenó el silencio.
—Pronto os dará igual la pierna de nadie —masculló—. Ha venido uno de Boston.
—¿Uno de Boston.
—Un magistrado. Llegó ayer, en trineo, a casa del señor Vane. —Bajó la voz, con el gusto del que disfruta dando una mala noticia—. Dicen que viene a terminar esto. A cerrar los casos que quedan de una vez, antes de que se junte el tribunal nuevo en enero. —Torció la boca—. A poner orden.
—Poner orden —repitió Temperance.
—Eso dicen.
Se fue arrastrando la pierna, satisfecho de haberla inquietado, convencido de que le había dado un mal día. Temperance se quedó con el cuenco frío entre las manos y dejó que la palabra se asentara. Poner orden. En boca de un pueblo cansado y de un carcelero podía significar cualquier cosa, desde la horca para todos hasta la puerta abierta, y la mayoría de los que estaban allí la oirían como una amenaza y pasarían el día temblando. Ella no. Ella la desmontó pieza a pieza, como desmontaba todo, buscando lo que había debajo.
Un hombre de Boston, sin trato con la aldea, sin cuentas viejas que saldar, alojado en casa de Vane. Vane, que quería su finca; eso lo sabía Temperance desde antes de que la prendieran, desde que el magistrado había empezado a rondar los lindes con cara de tasador. Un forastero que venía a «cerrar limpio» era, para Vane, la herramienta perfecta: una mano de fuera que firmara lo que a Vane le convenía y se marchara sin quedarse a ver las consecuencias. Así que el magistrado venía creyendo que juzgaba un montón de papeles y en realidad venía a hacerle un recado a un hombre codicioso, y ni siquiera lo sabía. Eso era, de entrada, lo peor y lo mejor que podía decirse de él: que no sabía para qué lo habían traído.
Y había otra cosa, que Temperance pensó sin permitir que le llegara del todo a la cara por si Silence la miraba. Un hombre venido a «terminar esto» iba a mirar los casos que quedaban, y el último de esos casos, el que Vane empujaría con más fuerza, sería el suyo. Antes o después aquel forastero de Boston iba a sentarse enfrente de ella con sus papeles y sus preguntas, seguro de que sabía lo que preguntaba. Y ella tendría, por primera vez en semanas, a alguien delante con poder para decidir. A los carceleros se los camelaba por una tira de lino; a un hombre con la pluma en la mano habría que ganárselo de otro modo.
La mayoría, en su lugar, habría rezado por caerle en gracia. Temperance empezó a pensar qué necesitaba saber de él.
—Se te ha puesto una cara —dijo Silence.
—Me han traído una pieza nueva al tablero —dijo Temperance—. Estaba mirándola.
—Un magistrado es quien mueve las fichas, muchacha, no una de ellas.
—Eso creen ellos. —Temperance dejó el cuenco—. Por eso miran el tablero desde tan alto que no ven bien las casillas de abajo.
Silence la observó un rato largo con sus ojos cansados, y lo que dijo después lo dijo con suavidad, sin reproche, que era la única manera en que aquella mujer sabía decir las cosas duras.
—Yo también fui lista —dijo—. Al principio. Pensé que si contaba bien lo que hacía, si les explicaba que traer niños al mundo no es pacto con nadie, entrarían en razón. Aquí dentro se aprende que la razón no abre cerrojos. —Se encogió de hombros—. Te lo digo porque me caes bien, muchacha, y porque no quiero verte gastar lo poco que te queda afilando un cuchillo contra una pared.
—No lo afilo contra la pared —dijo Temperance en voz baja—. Lo guardo.
No siguieron hablando. Silence se recostó y al rato su respiración se hizo honda y regular; el sueño era su remedio, el que la sacaba de allí unas horas. Temperance se quedó despierta, como siempre, y dejó que el día fuera muriendo por el tragaluz mientras ordenaba lo que tenía y lo que le faltaba. Le faltaba casi todo. Tenía las manos vacías, los pies en hierros, un apellido que en aquella tierra era ya medio sentencia. Pero tenía los ojos, y tenía la paciencia, y tenía una cosa más que ninguno de los que iban a juzgarla tenía, y que no pensaba enseñar hasta que no le quedara más remedio.
Cayó la noche. El calabozo se hundió otra vez en su oscuridad sin luces, y el frío, que de día era una molestia, de noche se volvía una presencia entera, algo que se echaba encima de la paja como un animal. Los presos fueron callando. El pastor terminó su discusión con Dios. La vieja llamó por última vez a su hijo y se durmió. Y entonces, cuando la aldea entera quedó en silencio, Temperance oyó el bosque.
Vino de lejos, de más allá de los muros y de las últimas casas, del lado en que empezaban los árboles: un sonido largo, tendido, que no subía ni bajaba, sostenido en una sola nota como una respiración que no acabara nunca. El viento ella lo conocía: hablaba en ráfagas, se enredaba en los aleros, movía cosas. Aquello no movía nada. Estaba quieto. Era hondo, y venía derecho, como algo que llama sin prisa porque tiene todo el invierno por delante.
En las otras celdas nadie se movió. Dormían, o si alguno lo oyó lo tomó por el viento y se dio la vuelta, porque no sabían escuchar y porque un bosque, para ellos, era solo un bosque. Temperance se quedó muy quieta contra el muro helado, con la respiración corta, y escuchó hasta el final, hasta que el sonido cesó de golpe y dejó detrás un silencio demasiado limpio. Lo conocía. Sabía lo que era y sabía que estaba más cerca que la última vez, y sabía —esto sobre todo— que ninguno de los hombres que discutían en casa de Vane sobre papeles y fechas tenía la menor idea de qué era lo que de verdad esperaba ahí fuera, ni de que el invierno corría, ni de contra qué corría.
El magistrado de Boston vendría con sus preguntas equivocadas sobre el peligro equivocado. Ella respondería lo que pudiera responderse. Pero primero, mucho antes de contestar nada, iba a mirarlo bien, como miraba todo, hasta saber qué clase de hombre le habían mandado. Porque de todas las piezas del tablero, aquella era la única que aún no había visto, y Temperance Fell no había sobrevivido a semanas de aquel sitio para dejar que la jugaran a ciegas.
Se tumbó por fin sobre la paja, cerró los ojos y se puso a repasar, una por una, las preguntas que le haría al hombre que creía que venía a interrogarla a ella.