El Último Juicio de Salem 2 La que mira
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2 La que mira

16 de diciembre de 1692

Temperance Fell conocía la cárcel de Salem mejor que el hombre a quien pagaban por guardarla.

Lo sabía por el oído, que era casi todo lo que le quedaba en aquella oscuridad. Sabía que el carcelero hacía la ronda de la noche cuando el fuego de su cuartucho se había consumido lo bastante para echarlo de la silla, ni antes ni después, y que por eso llegaba tarde, arrastrando la pierna derecha con un compás desigual que ella habría reconocido entre cien pasos: dos firmes y el tercero blando, como quien pisa siempre sobre una piedra que no está. Sabía que el cerrojo del primer tramo estaba flojo y que él lo forzaba con una maldición por lo bajo. Sabía cuántas celdas abría y en qué orden, y a quién no molestaba porque ya nada podía sacarle. Llevaba semanas escuchando. Escuchar no era resignación. Era trabajo, y ella se lo había impuesto como se impone una tarea el que no piensa quedarse quieto esperando a que otros decidan cuándo se muere.

Aquella madrugada la ronda llegó tarde, como todas. Temperance no dormía. Estaba tumbada sobre la paja con los ojos abiertos hacia la negrura del techo, y contaba: el compás desigual acercándose por el corredor, la maldición del cerrojo, la luz sucia del candil colándose por la reja y barriéndole la cara sin detenerse. El carcelero pasó de largo. Ella siguió su renqueo hasta que se apagó al fondo del edificio y solo quedó el frío, que no hacía ronda porque no le hacía falta: estaba en todas partes a la vez.

—Otra vez despierta —dijo Silence Marsh desde el otro rincón, con la voz espesa de sueño interrumpido—. Vas a gastar los ojos, muchacha, y aquí no hay quien te venda otros.

—Duermo cuando merece la pena —dijo Temperance—. De día no pasa gran cosa que quiera perderme.

Silence soltó una risa breve, sin fuerza, que terminó en tos. Era una mujer de unos cuarenta años, ancha de hombros, con las manos grandes y estropeadas de quien ha trabajado con ellas toda la vida, y en aquella celda esas manos eran lo más parecido a un consuelo que Temperance había encontrado. Silence había sido comadrona en la aldea antes de que la palabra de una moza la convirtiera en otra cosa. Sabía de cuerpos, de fiebres, de la manera en que la carne aguanta y la manera en que se rinde, y ese saber, que la había llevado a la cárcel, era también lo que la mantenía viva en ella: se había hecho un sitio en la paja como se hace un nido, sabía qué comer y qué dejar, cuánto moverse para que no se le agarrotaran las piernas, cómo respirar el aire podrido sin enfermar más de lo justo. En vez de luchar contra el lugar, se lo había aprendido como quien aprende un mal parto, y lo iba llevando hora a hora.

—Vendrá el día —dijo Silence, acomodándose—. Vendrá el día en que salgamos de aquí, de un modo o de otro, y ese día no querrás haberlo pasado en vela por si pillabas al viejo cojo robando pan.

—No roba pan —dijo Temperance—. Roba la ración de sebo de los que ya no protestan y la vende. Es más listo que eso.

—Lo ves todo.

—Veo lo que hay. —Temperance se incorporó despacio, con cuidado de los hierros que le mordían los tobillos, y se apoyó contra la pared húmeda—. Es lo único que sirve aquí. Rezar no. Llorar tampoco; lo probé la primera noche y a la mañana seguía en el mismo sitio, más cansada. Así que miro.

Lo dijo sin amargura, como se enuncia una regla de trabajo, y Silence, que la conocía ya lo bastante, no contestó. En la penumbra, al otro lado del corredor, alguien lloraba muy bajo, con la constancia de quien lleva llorando tantos días que ya no espera nada de las lágrimas, solo las suelta como se suelta el aliento. Había una docena de almas en aquel calabozo, contando a las dos. Temperance las conocía a todas, aunque a algunas no les hubiera visto la cara: las conocía por la tos, por el rezo, por cómo arrastraban la cadena al cambiar de postura. Un pastor arruinado al fondo, que hablaba con Dios en voz alta y a veces le reprochaba cosas. Una vieja medio ida que llamaba a un hijo muerto. Un matrimonio de labradores separados por tres celdas, que se pasaban la noche diciéndose el nombre para saber que el otro seguía. La máquina los había ido juntando allí uno a uno, y ninguno entendía del todo por qué le había tocado a él, y esa era, pensaba Temperance, la crueldad más limpia de todas: que no hacía falta ser culpable de nada.

Ella sí sabía por qué le había tocado a ella. Pero eso no lo decía.

La luz gris del amanecer entró por el tragaluz enrejado y fue dibujando la celda: el suelo de tierra apisonada, la paja ennegrecida, la mancha de humedad que bajaba por el muro con forma de árbol tumbado, el cubo. Con la luz llegó el ruido del día, que en la cárcel era escaso y siempre el mismo: la campana lejana de la casa de reunión, los pasos del carcelero, el chirrido de la puerta grande, las voces de fuera amortiguadas por el grosor de los muros. Temperance las escuchaba también. De las voces de fuera se sacaban cosas si uno sabía separarlas del viento, y aquella mañana, poco después de que les pasaran el mendrugo y el agua con hielo, hubo algo distinto en ellas. Un tono más alto. Un ir y venir que no era el de un día cualquiera.

—Ha pasado algo —dijo, más para sí que para Silence.

Pero lo de fuera tendría que esperar, porque dentro empeoró la vieja.

Llevaba desde la madrugada con un silbido hondo en el pecho, un ruido que Temperance había oído ya en otros y que rara vez traía cosa buena, y con la luz empezó a temblar de un modo que no era de frío. Silence lo notó antes de verlo.

—Se nos va la pobre del rincón —dijo en voz baja. Se incorporó con esfuerzo, arrastrando la cadena, y avanzó hasta donde los hierros la dejaban, lo más cerca que pudo de la reja de la vieja—. Buena mujer. Buena mujer, oídme. Estáis tumbada sobre la tierra fría y así el pecho no os deja. Hay que levantaros un poco.

La vieja no la entendía; seguía llamando por lo bajo a su hijo. Silence no podía llegar hasta ella —tres celdas de hierro las separaban—, y ahí, donde su saber terminaba, empezaba la maña de Temperance.

—Habría que sentarla contra el muro, con algo a la espalda —dijo Silence, sin volverse—. Y un trapo mojado en agua templada sobre el pecho. Si respira echada, se ahoga en su propia agua antes de que la juzgue nadie.

Temperance ya se había puesto de pie. El carcelero cojo no andaba lejos; lo llamó, y cuando el hombre se acercó rezongando le pidió, sin rogar, en el tono de quien informa de lo que hay que hacer, que incorporara a la vieja y trajera un poco de agua del caldero de su cuartucho. El hombre dijo que no era su oficio hacer de enfermero de brujas. Temperance le recordó, con calma, que un preso muerto de madrugada eran un forense, un informe y una mañana perdida, y que por el precio de un cazo de agua se ahorraba las tres cosas. El carcelero masculló algo, que era su manera de rendirse ante la única clase de argumento que le entraba, y acabó abriendo la celda de la vieja y sentándola contra la pared con la delicadeza de quien acomoda un saco. Trajo el agua. La dejó en el suelo como si le quemara la mano y se marchó.

Silence guió desde su rincón, con la voz, lo que sus manos no alcanzaban: cómo doblar el trapo, dónde ponerlo, cómo sostener a la mujer para que el aire le entrara. Temperance obedeció, arrodillada junto a la vieja, y entre las dos —una con el saber, otra con las manos— le aflojaron el pecho lo justo para que el silbido se hiciera más lento y la vieja, rendida, dejara de llamar a su hijo y se durmiera.

—No la salvo —dijo Silence al volver a su sitio, secándose las manos en la falda—. El invierno se la lleva igual, esta semana o la que viene. Pero irse ahogada y con frío teniendo una un cazo de agua caliente al lado es otra cosa.

Temperance la miró. Aquella mujer, a la que iban a juzgar por saber justo lo que acababa de hacer, lo decía como quien recoge la cocina después de cenar.

—Por esto os prendieron —dijo Temperance—. Por saber esto.

—Por esto, y por que la hija de una vecina se torció al nacer y hacía falta echarle la culpa a alguien. —Silence se encogió de hombros—. Lo mismo da. Aquí dentro cada cual entró por una puerta distinta y estamos todos en la misma sala.

Le costó media mañana averiguar qué. Esperó a la segunda ronda, la de repartir el rancho, que hacía el carcelero cojo con una jarra y un cesto, y esperó a que llegara a su reja. El hombre se agachaba mal para pasar el cuenco por el hueco de abajo; la pierna no le dejaba, y cada vez soltaba el mismo gruñido de dolor entre dientes. Temperance lo había visto agacharse así desde el primer día, y desde el primer día había sabido qué le pasaba en la pierna, porque lo había visto antes en hombres de la finca: la carne hinchada y brillante sobre el hueso, el mal humor del que no descansa. Su abuela lo habría curado en dos semanas con una cataplasma y la orden terminante de tener la pierna en alto. Su abuela.

Temperance apartó ese pensamiento como se aparta la mano del fuego, sin mirarlo, y se quedó con lo útil.

—Deberíais atárosla —dijo, cuando el hombre le tendió el cuenco—. La pierna. Bien apretada, del tobillo a la rodilla, con una tira de lino limpio, y sentaros con ella subida siempre que podáis. La sangre no vuelve arriba y por eso se os hincha, y por eso os duele por las noches más que de día. No es brujería —añadió, porque en aquel lugar había que decirlo—. Es lo que sabe cualquier comadrona. —Señaló con la barbilla a Silence—. Ella os lo diría igual.

El carcelero la miró con desconfianza, que era como miraba a todo, pero también con la atención repentina del que sufre y de pronto oye que hay remedio. Se frotó el muslo.

—¿Y a vos qué os va en mi pierna?

—Nada —dijo Temperance—. Me aburro. Y me cansa oíros maldecir el cerrojo a las tres de la madrugada.