1 El expediente #2
Trabajó mucho rato. La casa se fue apagando bajo él —pasos, una puerta, la voz de Vane dando una orden, luego nada—, y afuera la aldea se hundió en una oscuridad sin una sola luz, porque en aquella tierra la vela se pagaba con trabajo y nadie la gastaba en velar de balde. Silas leía. Iba pasando pliegos, y a medida que los pasaba el asunto se le ordenaba en la cabeza con la geometría fría que él sabía imponer a cualquier montón de papeles. Estas mozas habían empezado con los ataques en febrero. Estas habían dado los primeros nombres. Estos jueces —no el suyo, el disuelto— habían admitido lo que no debían. Y de aquel primer hilo de acusaciones se había ido tejiendo, mes a mes, una red que se tragó a quien tocó: a una mendiga, a una vieja postrada, a un pastor caído en desgracia, a una mujer que se había reído en el sitio equivocado. Silas no creía en fantasmas. Nunca había creído. Creía en la ley, que era la única muralla que el hombre había levantado contra el hombre, y desde esa muralla lo que veía en aquellos pliegos no era el Diablo. Era una máquina. Una máquina de acusar, mansa y voraz, que una vez puesta en marcha no sabía pararse, y que había seguido moliendo aun cuando ya nadie recordaba quién le había dado la primera vuelta.
Sacó recado de escribir y empezó a corregir. No podía evitarlo; era el vicio del oficio. Un escribano de la aldea había llevado el registro de los presos que quedaban, en una hoja aparte, con una letra apretada y torpe, y había errores. Había puesto a una tal Marsh, comadrona, en la columna de las sentenciadas cuando su causa seguía abierta; Silas tachó el nombre de esa columna y lo pasó a la otra, y anotó al margen, con su letra menuda y recta, causa pendiente. Había sumado mal el total. Silas corrigió el total. Había fechas cambiadas, un examen fechado en un día en que, según otra declaración, la examinada estaba en otra parte; Silas puso una crucecita al lado, para volver. Ordenaba. Enderezaba las columnas torcidas de la muerte como quien endereza un seto. No pensaba en que cada renglón era una persona en un calabozo a cuatro calles de allí, temblando en la paja. O lo pensaba solo lo justo para hacerlo bien, que era otra manera de no pensarlo.
Fue bajando por la lista de los que quedaban. Y a mitad de la hoja se detuvo, no porque nada saltara a la vista, sino por lo contrario: por una repetición discreta que solo un ojo minucioso habría cazado. Un apellido aparecía dos veces. La primera, arriba, en la relación de los ejecutados de septiembre: Remember Fell. Ahorcada el veintidós. Silas buscó su causa entre los pliegos y la leyó por encima: una viuda de cierta edad, dueña de una finca en el límite de la aldea, acusada de las cosas de costumbre. Nada la distinguía de las otras, salvo la insistencia con que se había llevado hasta el final, y salvo aquello: la tierra. Al margen de su causa, otra mano —no la del escribano torpe, una mano firme— había anotado el nombre de la finca y su extensión en acres, y quién sería el vecino que la codiciara si quedaba sin dueño. Silas conocía esa clase de nota. La había visto en otros pleitos, en otras tierras, y siempre significaba lo mismo.
Y la segunda vez, abajo del todo, la última de la lista de los presos que aún esperaban tribunal, estaba el mismo apellido otra vez.
Temperance Fell.
Silas se quedó mirando el nombre. No decía nada más que un nombre; ni la edad, ni la causa, que estaría en algún pliego que él no había llegado todavía. Solo el nombre, en la letra apretada del escribano, al final de la columna, como se pone lo último que queda por resolver. Silas hizo la cuenta que hacía siempre: una Fell colgada en septiembre, otra Fell en la cárcel en diciembre, y entre las dos, en el margen, una finca de tantos acres al filo del bosque. La máquina había tomado a la primera. Ahora tenía a la segunda. Y alguien, con mano firme, se había tomado la molestia de anotar cuánta tierra había de por medio.
Fue entonces cuando lo oyó.
Vino de afuera, del lado del postigo mal ajustado, del lado del bosque. Un sonido largo, sostenido, que corría entre los árboles pelados. Al principio lo tomó por lo que sería: viento. En dos días de camino había oído viento de sobra, viento que silba en las cercas y golpea los postigos y arrastra la nieve seca en ráfagas. Pero este no silbaba ni golpeaba. Este era igual. Se mantenía en una sola nota, sin subir ni bajar, sin la variación caprichosa que tiene el aire cuando se mueve entre cosas, demasiado parejo y demasiado hondo, como una sola voz muy larga sostenida al borde de las palabras. Duró lo que dura el aliento de un hombre que no tiene prisa. Luego cesó, de golpe, y no volvió.
Silas se quedó quieto con la pluma en la mano. La llama del candil no se había movido; no había, pues, corriente que explicara el sonido. Aguzó el oído a la oscuridad de la aldea y no le llegó nada más: ni un perro, ni una rama, ni el crujido de la casa asentándose en el frío. Solo el silencio de después, que era más ancho que el de antes.
Un hombre menos cansado le habría dado más vueltas. Silas llevaba dos días de hielo en el cuerpo y una docena de sentencias ajenas metidas en la cabeza, y le sobraba oficio para reconocer que un hombre en ese estado oye lo que no hay. El frío jugaba malas pasadas al oído. El bosque tenía sus ruidos, que un forastero no sabía leer y un aldeano sí, y de ahí, sin duda, los postigos echados a media tarde y la barbilla del cochero metida en la lana. Se lo dijo, todo eso, en el orden en que un jurista ordena los argumentos que lo tranquilizan. Y se lo creyó, porque quería creérselo y porque era razonable, y la razón era su muralla.
Aun así no volvió al trabajo enseguida. Se quedó un momento más mirando el postigo, el hilo de negrura que se colaba por la juntura mal cerrada, y después el nombre en la hoja, que seguía donde lo había dejado, quieto en la luz corta del sebo.
Temperance Fell.
Mojó la pluma y, junto al nombre, con su letra menuda y recta, escribió una sola palabra, la que escribía junto a todo lo que se proponía resolver antes de dormir.
Mañana.
Después apagó el candil, se echó en el jergón con el abrigo puesto y esperó a que el frío o el cansancio lo vencieran, el que llegara primero. Afuera, el bosque se quedó callado el resto de la noche: ni una rama, ni un ave, ni el asiento de la madera en la helada. Un silencio entero, sin una sola costura. Silas se dijo que era lo natural y se durmió creyéndoselo.