El Último Juicio de Salem 1 El expediente
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El Último Juicio de Salem

El Último Juicio de Salem

Por Constanza Wren

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1 El expediente

15 de diciembre de 1692

La soga seguía en el roble.

Silas Thorne la vio desde el trineo cuando el camino dobló al pie de la loma, y su primer pensamiento fue de orden práctico: nadie se había molestado en cortarla. Llevaba allí desde septiembre, a juzgar por el estado del cáñamo: tieso, canoso de escarcha, quebrado el lazo por su propio peso hasta quedar convertido en un garabato negro contra el cielo blanco. El nudo estaba deshecho. Alguien había bajado el cuerpo con prisa y había dejado lo demás para el invierno, y el invierno lo había tomado como tomaba todo en aquella tierra, sin ceremonia.

El cochero no levantó la vista hacia la loma. Llevaba dos días sin levantarla hacia nada que Silas señalara, desde que salieron de Boston con las primeras luces y el hielo crujiendo bajo los patines. Era un hombre de la aldea, contratado por carta, y contestaba con monosílabos y con la barbilla metida en el cuello de lana. Ahora arreó a los caballos para dejar atrás la loma cuanto antes, y Silas comprendió que no era respeto lo que le encogía los hombros. Era costumbre. Se pasaba por debajo de aquel roble como se pasa por delante de una casa donde ha habido peste: rápido, sin mirar, conteniendo el aliento sin darse cuenta de que se contenía.

—¿Ese es el sitio? —preguntó Silas.

—Ese es —dijo el cochero.

No añadió cuántos. Silas ya lo sabía; lo traía escrito. Diecinueve por la soga y uno más aplastado bajo las piedras, un tal Corey, que se había negado a declararse una cosa o la otra y a quien habían ido cargando de losas hasta que dejó de negarse. Silas conocía las cifras como conocía las de un pleito de lindes: exactas, ordenadas, ajenas. Las había leído en el paquete que le entregaron en el despacho del gobernador, entre dos velas de sebo que goteaban sobre el lacre, y las había vuelto a leer en la posada del camino mientras afuera aullaban los perros. Un buen jurista lee dos veces. Él leía tres.

El trineo salió de entre los árboles y la aldea se abrió abajo, en la vaguada, humeando por una docena de chimeneas. No había en ella nada que la distinguiera de las otras aldeas de la bahía: la casa de reunión con su campanario romo, las viviendas de tablazón ennegrecida, los corrales, el hielo pardo de un arroyo. Y sin embargo Silas notó, a medida que descendían y las primeras casas quedaban a los lados del camino, algo que no supo nombrar de inmediato y que después, ya de noche, nombraría con una sola palabra: cerrada. La aldea estaba cerrada sobre sí misma. Los postigos, echados aunque era media tarde. Una mujer que recogía leña junto a un muro y que, al oír los cascabeles, entró en su casa sin terminar de recoger, dejando la brazada a medias sobre la nieve. Un niño que lo miró desde un portal y a quien una mano salió a buscar por el hombro y metió dentro. Nadie lo saludó. Nadie preguntó quién llegaba en trineo un día de diciembre con dos caballos de Boston. En un lugar donde todos se conocían, aquello solo podía significar una cosa, y no era hospitalidad.

No estaban asustados. Eso fue lo que le extrañó, y lo pensó con la parte fría de la cabeza, la que sopesaba pruebas. Un pueblo asustado grita, corre, se agolpa en la puerta del recién llegado a preguntar si trae noticias, si viene el perdón, si viene la horca. Este no. Este bajaba la mirada y cerraba los postigos con la lentitud del que ya ha gritado cuanto tenía que gritar y ha descubierto que no servía. Habían acusado a sus vecinos. Los habían visto subir a la loma. Habían vuelto a casa a cenar pan de centeno. Lo que le rodeaba mientras el trineo enfilaba la calle venía después del espanto, cuando este ya se ha gastado del todo y solo queda su ceniza fría.

El frío, ese sí, no se había gastado. Se metía por las costuras del abrigo de Silas y le buscaba los riñones, la nuca, el hueco entre los dedos enguantados. Le había endurecido las pestañas durante el camino. En Boston el frío era un inconveniente que se resolvía con carbón y buena lana; aquí era una presencia con voluntad, algo que empujaba desde el bosque de más allá de los corrales, un bosque negro y quieto que empezaba donde terminaban las últimas cercas y no parecía terminar en ninguna parte. Silas lo miró un momento, aquella muralla de troncos sin hojas, y volvió los ojos al camino. Tenía trabajo. No había hecho dos días de hielo para admirar árboles.

La casa del magistrado Elias Vane era la mejor de la aldea, lo cual en la aldea no quería decir gran cosa: dos plantas, cristal en las ventanas de abajo, una aldaba de hierro. Vane en persona salió al umbral antes de que el trineo se detuviera, envuelto en una capa parda, con la cabeza descubierta a pesar del frío, como quien quiere que se vea que no le importa. Era un hombre de cincuenta y tantos, de cara ancha y colorada y ojos pequeños que se movían deprisa. Estrechó la mano de Silas con las dos suyas y se la retuvo un instante de más.

—Señor Thorne. Gracias a Dios. Empezaba a temer que el camino os hubiera vencido.

—El camino aguantó —dijo Silas—. Aguantó él y aguanté yo.

—Un hombre de Boston. —Vane lo dijo como si fuera un diagnóstico favorable—. Pasad, pasad. Hay lumbre y hay algo caliente. Habrá tiempo de sobra para lo demás.

Lo demás. Silas siguió al magistrado al interior, a una sala baja con las vigas ennegrecidas por el humo y un fuego que ardía sin generosidad, y mientras una criada le retiraba el abrigo tieso comprendió que lo demás iba a empezar antes de que se hubiera sentado. Vane no era hombre capaz de esperar. Le sirvió él mismo un vaso de sidra caliente, se acomodó frente al fuego con las manos abiertas hacia las llamas, y sin preámbulo, con la voz de quien retoma una conversación interrumpida, dijo:

—Os pondré al corriente en dos palabras, para que descanséis con la cabeza clara. La corte que juzgó estos casos ya no existe. El gobernador la disolvió en octubre, y con razón, porque se admitió como prueba lo que no debió admitirse jamás.

—La evidencia espectral —dijo Silas.

—La evidencia espectral. —Vane pronunció las dos palabras con desagrado, como si le supieran mal—. Sueños, señor Thorne. Visiones. Que una moza jurara que el fantasma de su vecina la pellizcaba en su alcoba, y que con eso se colgara a la vecina. En Boston tenéis a hombres doctos escribiendo ahora que el Diablo bien puede tomar la forma de un inocente para engañar a los jueces, y que nada de aquello prueba nada. Y quizá tengan razón. Yo no soy teólogo. —Bebió—. Pero el resultado es que hay una docena de personas en la cárcel a la espera de un tribunal nuevo que se reunirá en enero, un tribunal que ya no querrá oír hablar de fantasmas, y el gobernador quiere que para entonces esto esté ordenado. Ordenado y callado. ¿Me seguís?

—Os sigo.

—Vos venís sin mancha. —Vane lo señaló con el vaso—. No juzgasteis aquí. Vuestro nombre no está en ninguna de las sentencias de este verano. Sois justo lo que hace falta: una mano limpia que repase el expediente, deje ir a quien deba irse y lleve a juicio a quien tenga causa verdadera, de la que resista a un tribunal serio. Sin escándalo. Que se cierre esto como se cierra un libro, y que Salem pueda volver a mirar a sus vecinos a la cara.

Era un buen discurso. Silas lo había oído en otras bocas, con otras palabras, y sabía apreciar la parte cierta de un buen discurso y descontar la parte interesada. La parte cierta era que había una docena de desdichados en un calabozo helado esperando que alguien decidiera su suerte, y que él era ese alguien. La parte interesada aún no la veía entera, pero la olía, como se huele el humo antes de ver el fuego. Un hombre no sale a la nieve con la cabeza descubierta para recibir a un forastero solo por amor a la justicia.

—Mi nombre no está en las sentencias de este verano —dijo Silas—. Está en otras.

Lo dijo sin énfasis, mirando el fuego. Vane lo miró con curiosidad, sin entender del todo, y Silas no se lo aclaró. Nueve. El número le vino a la cabeza con la nitidez de siempre, la de una entrada de libro mayor: nueve nombres, en tres años, a los que su firma había puesto término, en Boston y en las plazas menores donde lo habían mandado a hacer lo que se le daba bien. Los recordaba todos. No porque lo atormentaran —no lo atormentaban, o no de un modo que él reconociera por las noches—, sino porque los había escrito de su puño, y un hombre recuerda lo que escribe de su puño. Era minucioso. La minuciosidad era su virtud y su oficio. Contaba las cosas: los días de un plazo, las libras de una deuda, los muertos de una firma. Otro hombre habría llamado a eso una herida. Él lo llamaba método.

—Bien —dijo Vane, que había decidido tomarlo como una prueba de temple—. Entonces sabéis lo que es esto. No es un asunto para estómagos delicados. —Se levantó, fue a un arca junto a la pared y volvió con un legajo grueso atado con un cordel encerado, que dejó sobre la mesa con un golpe seco—. Aquí lo tenéis. Todo. Las declaraciones, los exámenes, los nombres de los que quedan. Podéis empezar cuando gustéis. Yo diría que cuanto antes.

Silas puso la mano sobre el legajo. Estaba frío, como todo en aquella casa, como las paredes y el vaso y la mano del propio Vane.

—Empezaré esta noche —dijo.

—Un hombre de Boston —repitió Vane, satisfecho, y por primera vez sonrió de verdad, y a Silas no le gustó la sonrisa, aunque tampoco habría sabido decir por qué.

La criada lo llevó a un cuarto de la planta alta, angosto y limpio, con un jergón, una mesa, una silla y un candil de sebo que ella encendió con una astilla del fuego de abajo antes de dejarlo solo. Por la ventana, sin cristal, tapada con un postigo mal ajustado, entraba el frío en una lámina fina y constante. Silas acercó la mesa a la pared para huir de esa corriente, puso el candil a un lado, deshizo el cordel encerado y abrió el expediente.