El Último Juicio de Salem 13 El giro del año #2
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13 El giro del año #2

No venía como magistrado. Venía sin la coraza, con las ojeras hundidas hasta la mitad de la cara y una prisa mal disimulada, y despachó al carcelero con una moneda y una excusa como quien aparta una cortina. Se paró delante de los barrotes de ella —no la sacó esta vez; no había tiempo ni ánimo para eso— y se quedó un momento sin hablar, buscándole la cara en la penumbra como el que va a pedir algo que le cuesta pedir. Temperance no le facilitó las cosas. Lo dejó estar ahí, con su prisa y su miedo, y esperó.

—Ha muerto un chico —dijo él por fin—. El simple. Ezra. Lo he visto. —Tragó saliva—. Lo he visto meterse en el bosque descalzo, con un frío que mata, contento, diciendo que lo llamaban y que allí no hacía frío. Y he sentido… —Se paró. Un hombre que ha construido su vida entera sobre no decir según qué cosas no las suelta a la primera—. He sentido lo mismo que en la casa de reunión la noche del solsticio, pero cien veces peor. Salía del bosque. Del hueco entre los árboles. —La miró, y en aquella mirada no quedaba nada del juez que la había interrogado en octubre; quedaba un hombre con miedo pidiéndole a la única persona que parecía saber algo que le dijera qué era—. Vos sabéis qué es. Lo supisteis desde el principio. Decídmelo.

Y Temperance, mientras él hablaba, había sentido la otra cosa. La había sentido en el momento exacto en que él dijo «se metió en el bosque»: un tirón. Un pequeño desgarro en algún lugar que ella llevaba dentro sin saber muy bien dónde, como cuando cede un punto de una costura vieja y la tela entera se afloja un poco. Lo conocía. Lo había sentido, más leve, la noche que colgaron a Remember, y otra vez, apenas, en el solsticio. Era la guarda cediendo un palmo. Era la cosa del bosque, un poco más fuerte que ayer, alimentada. Cada muerte no llorada la engordaba, se lo había dicho su abuela, y acababan de darle de comer un alma dulce y mansa que nadie iba a echar de menos, y ella lo había notado en el cuerpo desde una celda a media legua, como se nota bajar la marea.

Podía mentirle. Era lo prudente. Un magistrado asustado seguía siendo un magistrado, y lo que ella supiera podía volverse, en la sala equivocada, la cuerda que la ahorcara. Pero lo miró —las ojeras, el temblor mal escondido de las manos, el hombre que había quemado sabía Dios qué por ella sin que ella se lo pidiera— y decidió darle una pieza. Una sola. La verdadera, pero pequeña; la forma, no las tuercas.

—No fueron las brujas —dijo—. Eso ya lo sabéis, o no estaríais aquí. Y no fue el Diablo, aunque el Diablo es un nombre cómodo y a este pueblo le encanta. —Se acercó un paso a los barrotes, y bajó la voz, porque aquello no era para el corredor—. Hay algo. Al otro lado de ciertos sitios, en los bordes, en los lugares delgados. Algo viejo, más viejo que esta colonia y que la vieja Inglaterra y que los nombres que le ponéis. No es de aquí y quiere entrar, y llevaría dentro hace mucho si no hubiera habido siempre, en cada generación, alguien encargado de que no entrara. Mujeres, casi siempre. Familias enteras dedicadas a una sola cosa: a sostenerlo fuera. A contenerlo. Mi familia es una de ellas. Era. —La palabra le salió más dura de lo que quería—. Eso es lo que visteis en la finca. Eso es lo que se llevó al chico. Y no lo alimentan las brujas. Lo alimentáis vosotros, cada vez que colgáis a una inocente y nadie la llora.

Vio a Silas encajarlo, o intentarlo. Vio la cabeza de jurista pelear por meter aquello en algún cajón conocido y no encontrar el cajón. Abrió la boca para preguntar lo evidente —cómo, desde cuándo, qué es exactamente, cómo se contiene, qué tiene que ver una muerte de frío con veinte mujeres en la horca— y Temperance levantó una mano y lo paró, porque sabía que si empezaba a contestar preguntas ya no iba a parar, y había cosas que no eran suyas para contar, o que no se contaban con la boca, o que sencillamente no le iba a entregar todavía a un hombre en cuya buena fe apostaba su cuello por primera vez.

—Pero ¿cómo se contiene? —preguntó él, y le salió casi con rabia, la rabia del que ha vivido creyendo que todo problema tiene un procedimiento—. Si eso es real, si lleva ahí siglos, ¿qué se hace? ¿Se mata? ¿Se encierra? ¿Se…?

—Se paga —dijo Temperance, y algo en cómo lo dijo le hizo cerrar la boca. No añadió con qué. No pensaba añadirlo. Había cosas que ni ella sabía del todo, y otras que sabía demasiado bien y que no eran para decírselas a un hombre que aún no había digerido lo primero.

—Eso es todo lo que os voy a decir hoy —dijo—. Es más de lo que le he dicho a nadie vivo, y ya es imprudente. Lo demás tendréis que ganároslo, o verlo con vuestros propios ojos, que me temo que es lo que va a pasar. —Sostuvo su mirada—. Y mientras tanto, seguid haciendo vuestro trabajo torcido. Seguid tachando hojas y quemando declaraciones y salvando a la Fell del norte de la soga que le tejen. Porque cada mujer que salvéis de esa horca es una boca menos que le dais de comer a lo que se llevó al chico. No lo hacéis por la ley. Hacedlo por eso.

Silas no dijo nada durante un buen rato. La miraba como se mira un mapa de un país del que uno acaba de descubrir que existe y en el que ya está perdido. No lo había entendido todo, ni de lejos; Temperance lo veía en su cara, las cien preguntas atascadas, el suelo moviéndosele bajo los pies. Y algo más, que a Temperance no se le escapó porque era su oficio no dejar escapar nada: que la miraba distinto. Hasta aquella noche, para Silas ella había sido un problema —una injusticia que corregir, una mujer que salvar, una compulsión de la que avergonzarse—. Ahora era otra cosa: la única puerta que tenía a un cuarto en el que acababa de descubrir que llevaba viviendo toda la vida sin saberlo. La necesitaba. Y necesitar a la acusada a la que debía juzgar era, comprendió Temperance viéndoselo en la cara, una trampa mucho más honda que cualquiera de las que le había tendido el pueblo. Pero había entendido lo suficiente para que se le acabara, aquella noche, la última esquina donde aún guardaba la esperanza de que todo tuviera una explicación sensata. Y cuando por fin se dio la vuelta para irse, sin darle las gracias —ella no las quería, y él lo supo—, se paró un segundo en la puerta del corredor, de espaldas, y dijo una cosa que a Temperance le duró en el pecho mucho después de que sus pasos se perdieran en la calle:

—Faltan cuatro semanas para las causas. —Una pausa—. ¿Cuánto falta para lo que de verdad importa?

Y se fue sin esperar respuesta, que fue una suerte, porque Temperance no la tenía. Solo tenía la cuenta que llevaba en la sangre, y la cuenta decía un mes, y decía la Candelaria, y decía, en algún sitio hondo donde una guardiana sabe lo que no puede probar, que aquel giro del año no iba a ser como los otros.