El último en salir del Portal 7 Capítulo 9 El último en salir
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Capítulo 9 El último en salir

El último en salir

Aranda llamó cuando Pilar estaba guardando las últimas tazas.

Berta había sido detenida por la muerte de Aurelio.

Clara escuchó la noticia detrás de la barra, con una mano apoyada junto a la caja.

Aranda le dijo que volverían a hablar al día siguiente.

Cuando colgó, Pilar dejó de colocar la vajilla.

—¿Era él?

Clara guardó el teléfono.

—Han detenido a Berta.

Ramiro, que estaba doblando un paño, lo dejó sobre la mesa.

Ninguno hizo otra pregunta enseguida. Clara sintió alivio después de tantos días esperando noticias.

Pensó en Aurelio y en la voz de Berta cuando aseguró haberlo dejado vivo.

El alivio no bastó para apartar aquel recuerdo.

Pilar se sentó en el primer taburete. Ramiro recogió el paño.

—¿Cerramos?

Clara miró las mesas vacías.

—Sí.

* * *

Aranda pasó por el café a la mañana siguiente. Pilar acababa de servir dos desayunos. Clara dejó la cafetera preparada y se sentó con él a la mesa del fondo. Aranda dejó la libreta sobre la mesa.

—Berta ha reconocido la agresión en su declaración —dijo.

Clara sostuvo el vaso de agua entre las manos. Clara miró la puerta interior. Habían conseguido situar a Berta después de la despedida y relacionar el delantal con Aurelio. La admisión de la agresión confirmaba aquella reconstrucción.

—¿Con la mano del mortero?

—Sí.

Aranda esperó un momento antes de continuar.

Le contó lo que Berta había declarado. Admitía haber vuelto al patio para hablar con Aurelio y llevar de nuevo el delantal cuando Darío regresó por las dos sillas.

Esa parte coincidía con el testimonio que ya tenían.

Después de que Darío saliera, la conversación continuó.

Aurelio le exigió que llamara al día siguiente a la antigua clienta de Inés.

Quería que reconociera la falsedad de la acusación y explicara lo ocurrido.

—También admite que no vio a Inés llevarse ningún dinero. Dice que Aurelio respaldó la acusación y retiró la recomendación, pero ahora pretendía dejar toda la explicación en sus manos.

Clara recordó el mensaje de Aurelio. Su responsabilidad no desaparecía por exigir una corrección, y Berta tampoco podía borrar la suya señalándolo.

—¿Eso fue lo que discutieron?

—Es parte de lo que ha contado. También habla del miedo a perder el trabajo de esa casa y a que otras familias dejaran de confiar en ella.

Clara miró hacia la barra. Pilar entregaba una tostada. Llevaba un delantal limpio, sin hojas dobladas en los bolsillos. Berta había querido conservar el trabajo que consiguió después de perjudicar a Inés. La explicación que Aurelio exigía amenazaba también sus otros empleos.

—Cogió la mano del mortero de la encimera —continuó Aranda—. Reconoce que lo golpeó con ella.

Clara bajó la vista hacia el vaso. No pidió que describiera el golpe.

* * *

Aurelio había permanecido en la habitación de apoyo.

Aranda le explicó que el relato de Berta sobre lo que hizo después encajaba con los objetos encontrados.

Había guardado la mano del mortero entre la vajilla de devolución y la había cubierto con el paño.

La caja estaba abierta y llevaba el nombre de Teresa, aunque varios habían guardado vajilla en ella.

—Dice que rompió un platillo al colocar el utensilio —añadió el inspector.

Clara recordó el fragmento encima del plato llano. Migas había desplazado el paño y lo había dejado a la vista. Aquella rotura la hizo fijarse en la caja antes de encontrar el cuerpo; después la policía revisó su contenido.

—¿Intentó llevársela?

—Cuenta que pensó en hacerlo, pero que pesaba demasiado. La dejó donde estaba.

Clara miró hacia el vestíbulo. Berta había acabado llevándose el bolso, la chaqueta y el delantal. La mano del mortero quedó entre los platos.

—Después fregó la fuente del pisto —dijo Aranda.

Clara levantó la cabeza.

—Después de la agresión.

—Así lo ha declarado. La fuente ya estaba vacía. Teresa había repartido la comida delante de Pilar.

El inspector le dio tiempo para ordenar aquel tramo.

Berta había limpiado parte de la encimera y fregado la fuente.

Según había declarado, quiso dejar el trabajo como si Aurelio hubiera cumplido su promesa y borrar las señales de su paso por la habitación.

Después se llevó el delantal y salió del edificio.

Clara encontró la fuente limpia a la mañana siguiente.

—Cuando habló de haberla fregado con Inés, estaba contando una tarea real —murmuró Clara.

—Colocada en otro momento y con otra persona.

Clara recordó a Berta junto a la barra: Inés fregaba y ella secaba. La colaboración con los vasos era real; el lavado de la fuente pertenecía a otro momento.

—Y cuando dejamos de aceptar ese orden, cambió la explicación —dijo Clara—. Primero otra fuente. Después que se había quedado a hablar.

Aranda apoyó una mano junto al vaso.

—Los cambios se comprobaron con los testimonios y los objetos. Su declaración de ahora coincide en puntos importantes con lo que ya teníamos.

Clara miró el escurridor del café. Los testimonios habían situado el lavado después de la despedida. Berta admitía ahora que lo hizo también después de la agresión.

* * *

Durante un rato hablaron de los detalles que aún requerían trámites.

El caso seguiría su curso en el juzgado.

Algunas cosas prestadas podrían devolverse cuando les avisaran; el utensilio utilizado en la agresión y las prendas examinadas seguían siendo parte de la causa.

Clara escuchó mientras Aranda guardaba una anotación.

—Os comunicarán qué podéis retirar del patio.

—Ramiro tiene preparada la lista.

El inspector miró hacia la barra, donde Ramiro estaba comprobando si una bolsa contenía pan o servilletas.

—Eso no me sorprende.

Clara sonrió por primera vez desde que se había sentado. Pilar se acercó para preguntar si necesitaban algo. Aranda pidió café. Ella fue a prepararlo. Clara miró al inspector.

—La noche parecía acabada cuando entré aquí.

—Para vosotros, sí.

—Lo dejé recogiendo y oí platos después. Pensé que era él.

Aranda la dejó terminar. Clara podía recordar que se había sentado junto a Migas sin atribuirse lo que Berta había hecho después.

Había confiado en una promesa de ayuda. Pilar puso el café sobre la mesa.

Aranda lo tomó mientras Clara guardaba el vaso vacío.

Hablaron un poco más de las devoluciones y de a quién debían avisar.

Cuando se marchó, Clara lo acompañó hasta la puerta.

El inspector cruzó el vestíbulo y salió a la calle. Ella volvió a la barra.

* * *

Inés llegó aquella mañana para terminar de resolver el trabajo de la cena. Pilar había preparado un sobre con el importe acordado. Lo tenía guardado junto a la libreta, no entre los papeles de la vajilla. Invitó a Inés a sentarse. Clara llevó agua y se quedó cerca, dejando que Pilar hablara.

—Esto es lo que acordamos.

Inés abrió el sobre y comprobó el dinero antes de guardarlo en el bolso. Pilar esperó.

—Y quería pedirte disculpas. Aurelio me dijo que venías a ayudarnos y yo no te pregunté a ti qué habíais hablado. Tampoco dejé claro cuándo terminabas ni cómo íbamos a pagarte.

Inés cerró el bolso.

—Cuando llegué pensé que lo sabías.

—No lo sabía. Pero tenía que haberlo preguntado.

—Tendría que haberlo aclarado esa misma noche —añadió Pilar—. Lo siento.

Inés la miró unos segundos.

—Gracias por decirlo así.

Pilar dejó la libreta cerrada sobre la mesa. Pilar le ofreció café. Esta vez Inés aceptó. Mientras Pilar preparaba el café, Inés colocó el sobre en otro compartimento del bolso. Después se quitó la chaqueta. Clara acercó una silla para sentarse con ellas.

* * *

Aranda ya le había comunicado lo sucedido con Berta. Inés sostuvo la taza sin beber al principio.

—Me cuesta pensar en ella ahí dentro con Aurelio.

Pilar permaneció sentada enfrente.

—Hace unos días todavía hablaba con vosotras —añadió Inés—. Yo pensaba en lo de la casa. En lo que me había hecho.

Miró el café.

—No quería que Aurelio muriera. Quería que hablara.

Clara recordó cuánto había esperado Inés para que Aurelio explicara la acusación.

—La señora me ha llamado —continuó Inés—. Me pidió disculpas.

Pilar levantó la vista.

—¿Pudiste hablar con ella?

—Sí. Me dijo que no debió apartarme de aquella manera. Que tendría que haberme explicado lo que le habían contado y haberlo comprobado.

Inés bebió un sorbo.

—Le pedí que, si alguien le preguntaba por mí, lo dijera igual de claro.

Clara dejó que Inés siguiera hablando.

—¿Te ha ofrecido volver? —preguntó Pilar.

—Hemos quedado en hablar de lo que necesita. Ahora tengo otras cosas organizadas. Tendría que ver los días y las condiciones.

Inés volvió a coger la taza. Aún tenía que decidir si le convenía aquel trabajo. Pilar miró la libreta.

—Si necesitamos contratarte para otra cosa, te llamaremos nosotras. Con todo claro.

Inés apoyó la taza.

—Me llamáis y os digo si puedo.

Clara recogió el vaso vacío. Pilar esperó a que Inés dijera si quería otro café.

* * *

Las primeras devoluciones comenzaron unos días después.

Ramiro llegó al café con la carpeta bajo el brazo y una bolsa de etiquetas nuevas.

Pilar le abrió la puerta interior mientras Clara terminaba de atender.

El patio seguía conservando algo de la cena: las mesas reunidas, una silla apartada y el hueco donde habían estado las negras de Darío.

La habitación de apoyo permanecía cerrada mientras completaban lo necesario para devolverle su uso habitual.

Les habían indicado qué cajas podían retirar.

Ramiro comprobó cada una antes de marcar la lista. Teresa llegó poco después.

No llevaba la bolsa pequeña con la que había pensado recogerlo todo la primera mañana. Traía otras más resistentes y espacio para separar las piezas.

—Los platos con flores van por su lado —dijo.

Pilar se dispuso a coger una caja. Teresa la detuvo con una mano.

—Entre las dos.

La levantaron juntas. Clara se acercó para retirar de la mesa unas cosas que estorbaban y encontró la fuente blanca con el borde verde entre la vajilla que podían devolver.

Clara se detuvo ante la fuente. Había seguido allí durante toda la investigación.

Teresa la cogió y la envolvió con cuidado.

No comentó lo que Clara debía de estar pensando.

Se limitó a hacer sitio dentro de una bolsa y comprobar que no rozara otra pieza. Ramiro marcó la devolución.

* * *

El destornillador también pudo volver a Teresa. Darío apareció cuando estaban terminando de separar las últimas cosas. Se detuvo junto a la puerta del patio y miró la herramienta sobre la mesa.

—Ese es.

Teresa lo cogió. Comprobó el mango y lo guardó en su caja de utensilios. Darío permaneció de pie.

—No debí cogerlo sin preguntarte. Ni dejarlo después como si te lo hubiera devuelto a ti.

Teresa cerró la caja.

—Podías habérmelo dicho.

—Sí.

Darío miró hacia la habitación de apoyo.

—Y podía haber contado la vuelta desde el principio.

Nadie intentó quitarle importancia. Darío había rectificado su declaración. Clara lo vio esperar frente a Teresa sin volver a explicar la vergüenza que le había dado la herramienta. Teresa lo observó unos segundos.

—La próxima vez, preguntas.

Darío asintió.

—Lo haré.

Ella señaló una de las bolsas.

—Ahora puedes ayudarme con esa. Pesa.

Darío se agachó y la levantó. Teresa cogió la otra. Salieron al vestíbulo, cada uno con una bolsa. Clara los vio detenerse junto a la puerta para decidir por dónde seguir. Después regresó al patio. Ramiro terminó de marcar la página. Le quedaban devoluciones pendientes.

* * *

Doña Amparo bajó cuando la mayor parte de las cajas estaba fuera. Miró el patio, las mesas y la lista de Ramiro.

—Se parece más al nuestro.

Pilar estaba doblando un mantel.

—Lo sigue siendo.

Amparo apoyó una mano en el respaldo de una silla.

Clara miró la mesa que habían dejado contra la pared.

Durante días el patio había pertenecido a las preguntas y a los objetos que no podían tocar.

Volver a utilizarlo le resultaba todavía extraño.

Clara, Pilar y Ramiro separaron las mesas.

Pilar guardó el mantel. Ramiro comprobó de quién era la silla que seguía junto a la pared y la colocó con las otras del edificio. Amparo se sentó un momento.

—Para el próximo encuentro, menos gente.

Pilar levantó la cabeza. Clara la miró antes de que respondiera.

—Primero terminamos este —dijo.

Pilar dejó el mantel dentro de la bolsa.

—Sí.

Pilar siguió guardando el mantel. No buscó otra fecha en la libreta.

* * *

Por la tarde, el café volvió a llenarse durante un rato.

Teresa se había llevado sus cosas y Darío había vuelto a la tienda.

Ramiro guardó la carpeta con una parte de las devoluciones marcada y otra pendiente.

Clara sirvió cafés y cortó pan. Migas ocupaba su silla bajo Marea baja en Valleverde .

Una caja vacía descansaba cerca, fuera del paso y lejos de las superficies donde preparaban comida.

El gato la miró. Luego se acomodó mejor en el cojín.

Cuando se marcharon los últimos clientes, Pilar empezó a retirar las mesas.

Ramiro recogió dos vasos y los llevó a la barra.

Clara apagó la cafetera. La última persona que había salido del Portal 7 aquella noche había sido Berta.

Aurelio quedó en la habitación de apoyo mientras ella terminaba una parte del trabajo que él había prometido hacer.

Ahora el fregadero del café se llenaba a la vista de Clara.

Pilar lavaba, Ramiro secaba y ella guardaba los vasos preparados.

Al acabar, Clara dejó encendida la luz de la barra y se sentó junto a la ventana. Pilar apareció con dos tazas.

—He dejado dos cafés preparados.

Clara apartó una silla para ella. Migas abrió un ojo cuando las oyó acercarse. Después volvió a dormir. El patio estaba en silencio. Dentro del Aurora, Pilar dejó las tazas sobre la mesa y se sentó también.