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Epílogo Después del café

Epílogo

Después del café

Tres semanas después, Pilar organizó una comida para siete personas.

Clara comprobó el número antes de sacar los platos.

—¿Siete contando a quienes traen cosas?

—Siete contando a todos.

Pilar le enseñó la libreta. Había nombres, dos platos previstos y una hora para empezar. En la página siguiente figuraba lo que había acordado con Inés: el trabajo, el importe y la hora de terminar. Clara pasó un dedo por el margen.

—¿Y esto está hablado con ella?

—Con ella. Directamente.

Pilar recuperó la libreta y salió al patio para comprobar las sillas.

Clara la siguió. Habían sacado dos mesas y las habían colocado cerca de la pared, donde llegaba la sombra a media tarde.

La tercera permanecía guardada. Sobre una silla descansaba un mantel pequeño.

La habitación de apoyo había recuperado su uso.

Habían limpiado, ordenado y vuelto a colocar las cosas que pertenecían al edificio.

Durante los primeros días a Clara le había costado entrar sin mirar hacia el rincón de la encimera.

Todavía lo recordaba. Ahora podía coger una jarra o buscar una bandeja sin quedarse detenida en la puerta.

Pilar extendió el mantel y Clara sujetó el otro extremo.

Les quedó torcido. Lo corrigieron entre las dos.

* * *

Inés llegó a la hora acordada. Dejó el bolso dentro del café, se puso el delantal y preguntó por dónde empezaban.

Pilar le explicó lo que habían preparado y lo que faltaba.

La conversación duró menos que cualquiera de las discusiones sobre las servilletas de la primera cena.

Clara cortó pan mientras ellas organizaban los platos.

Inés apartaba lo que estorbaba y dejaba sitio para los platos que Clara acercaba.

Pilar trabajaba a su lado. Cuando Inés llevó una bandeja al patio, ella se quedó fregando los recipientes de la preparación.

Teresa apareció con una tortilla envuelta y una bolsa de tomates.

—La tortilla la he hecho yo —anunció al entrar.

Pilar levantó la vista.

—Nos habría servido igualmente.

—Ya, pero hoy vengo con la autoría bien aclarada.

Clara sonrió y cogió la bolsa. Teresa dejó la tortilla sobre la mesa y fue a buscar un cuchillo para los tomates.

Antes de abrir un cajón, preguntó dónde lo guardaban.

Inés se lo indicó. La tortilla llegó entera a la mesa.

El pan perdió un extremo cuando Clara comprobó si estaba tan crujiente como parecía. Pilar la vio.

—Cuenta como preparación —dijo Clara.

—Lo apuntaré.

* * *

Darío trajo dos sillas negras. Las apoyó junto a la puerta del patio y esperó a que Ramiro terminara de apartar una maceta. Ramiro miró una silla de madera que ya estaba junto a la mesa.

—¿Esta de quién es?

Pilar se detuvo con una pila de platos.

—Creo que del café.

—¿Seguro?

Clara reconoció el pequeño arañazo de un respaldo que había visto muchas veces desde el café.

—Esa es nuestra.

Ramiro la colocó sin sacar una hoja. Las dos negras quedaron en el extremo de la mesa. Darío comprobó que se abrieran bien y después las dejó.

—Me las llevo al terminar —dijo.

—Yo te ayudo —respondió Ramiro.

Teresa, que estaba cortando tomates, levantó la cabeza.

—Y mi bolsa va conmigo.

—Eso ya lo sabemos todos —dijo Pilar.

Teresa sonrió. El destornillador de Teresa ya estaba en su caja de utensilios. La mano del mortero seguía conservada para la causa. Clara dejó la ensalada junto a la tortilla. Había sitio para apoyar la ensalada sin desplazar ningún vaso. Clara no tuvo que buscar dónde ponerla.

* * *

Doña Amparo llegó con un bizcocho. Lo llevaba en una caja de cartón que entregó a Pilar antes de sentarse.

—Me lo han dado para compartir.

Pilar abrió la tapa. El bizcocho tenía una superficie dorada y una grieta en el centro.

—¿Quién lo ha hecho?

Amparo se quitó la rebeca.

—No lo sé.

Darío levantó la vista y Ramiro dejó de mover una silla. Amparo los miró.

—Podéis seguir con lo que estabais haciendo. No es una emergencia.

Clara se rio.

—¿No has preguntado?

—La persona que me lo dio también lo había recibido. Hemos llegado hasta ahí. Si os gusta mucho, preguntaré mejor.

Pilar cogió un cuchillo.

—Primero lo probamos.

Amparo se acomodó en la silla. La conversación pasó a los tomates, después al pan y finalmente a si una tortilla podía considerarse poco hecha cuando Teresa acababa de cortarla delante de todos.

Migas apareció en la entrada del patio. Olfateó el aire y avanzó hacia las sillas, con el interés práctico que reservaba a los lugares donde alguien acababa de colocar algo nuevo.

Clara apartó a Migas de una bolsa de comida y lo llevó hasta su cuenco, dentro del café. El gato la siguió.

* * *

Comieron sin juntar otra mesa. Hubo una cesta de pan al alcance de todos, una jarra de agua que Darío fue a rellenar y platos que pasaron de mano en mano.

Pilar se sentó antes de que se enfriara la tortilla.

Clara la vio hacerlo y no comentó nada. Inés comió con ellas.

Aquel descanso estaba previsto en la tarde que había acordado con Pilar, además del pago de su trabajo.

Cuando hablaron de trabajo, fue ella quien explicó lo que había decidido.

Volvería una mañana a la casa de su antigua clienta. Habían hablado de horarios, de tareas y de lo que cobraría. La otra mañana que antes reservaba allí ya estaba ocupada.

—Así no tengo que desmontar lo que he organizado estos meses —dijo.

Pilar le acercó el pan.

—¿Has podido mantener lo otro?

—Sí. Algunas cosas son fijas. Otras dependen de la semana.

Clara escuchó. Habían pasado meses desde que Inés perdió aquel trabajo; ahora era ella quien elegía qué podía encajar con los demás encargos. Teresa le preguntó por un arreglo de ropa.

—Te lo enseño otro día y me dices —añadió.

Inés aceptó. La conversación siguió con una cremallera que se atascaba y un bajo que Teresa había intentado resolver por su cuenta.

—Lo has pegado, ¿verdad? —preguntó Inés.

Teresa miró su plato. Las risas llegaron antes de que respondiera.

* * *

Al servir el bizcocho, Pilar comprobó la hora. Terminó de llevar los platos y guardó los utensilios de servir antes de salir al patio.

—Hasta aquí lo que acordamos, Inés.

Le entregó el pago. Inés lo guardó después de comprobarlo y se quitó el delantal.

—Me quedo al café, si os parece.

Pilar apartó una silla para ella.

—Claro.

Clara recogió una jarra vacía. Teresa llevó su cuchillo al fregadero y Darío apartó la cesta del pan para hacer sitio a las tazas.

Pilar se quedó en el fregadero. Inés había terminado su jornada y seguía sentada con Amparo, ya sin delantal.

Dentro del café, la luz de la tarde alcanzaba el marco de Marea baja en Valleverde .

Clara dejó la jarra en la barra y puso tazas sobre una bandeja.

Oyó llamar a la puerta de la calle. Era Aranda.

* * *

Aranda entró sin sacar la libreta. Clara abrió un poco más la puerta.

—Estamos terminando de comer.

Aranda miró las tazas.

—¿Te viene mal?

—No. Estamos preparando café.

Pilar apareció detrás de ella.

—Tenemos bizcocho. No sabemos quién lo hizo, pero ya está probado.

Aranda aceptó una porción. Clara llenó las tazas mientras Pilar buscaba otra cucharilla. Cuando fue a levantar la bandeja, el inspector se acercó.

—¿La llevamos entre los dos?

Clara miró lo que había colocado. Clara repartió las ocho tazas entre dos bandejas pequeñas. Aranda cogió una y la siguió al patio. Pilar les abrió la puerta para que no tuvieran que equilibrarlas al pasar. Amparo vio llegar al inspector y acercó una silla. Ramiro la detuvo un instante.

—Espera, que aún está plegada.

—Pues despliega.

Aranda lo hizo él mismo. Se sentó entre Ramiro y Darío, y Pilar le puso el bizcocho delante. Hablaron de la tarde y de una persiana de la tienda que llevaba días dando problemas. Darío explicó la reparación que tenía pendiente. Clara bebió un sorbo. Aranda la miró desde el otro lado de la mesa.

—El café está bueno.

—Se nota cuando me dejan prepararlo.

Él sonrió. Pilar, que la había oído, acercó la cesta del pan.

—Mañana me encargo yo, a ver si notas la diferencia.

* * *

Después, la recogida avanzó alrededor de la conversación. Ramiro ayudó a Darío con las sillas. Teresa reunió sus cosas en la bolsa. Inés permaneció sentada con Amparo mientras terminaban el café. Clara cogió unos platos. Pilar le quitó dos de las manos.

—Esos los llevo yo.

Clara estuvo a punto de levantarse para ir al fregadero.

Aún había tazas y una bandeja que podía secar en pocos minutos.

Pilar ya las estaba recogiendo, Teresa guardaba su recipiente y Ramiro buscaba sitio para dejar una jarra.

Clara volvió a sentarse y cogió la taza, que todavía conservaba algo de café.

Migas salió del Aurora con el paso lento de quien acababa de comer.

Inspeccionó una silla que Ramiro había colocado recta junto a la pared y decidió no utilizarla.

Clara había dejado cerca una caja vacía, limpia y apartada de la comida. Migas entró, dio una vuelta y se acomodó. El cartón crujió un poco.

Esta vez, Clara no se levantó.

Pilar regresó con el paño sobre el hombro.

—¿Quieres otro?

Clara levantó la taza.

—Un poco.

Pilar fue a buscarlo. Desde su sitio, Clara oyó el agua del fregadero, una bolsa cerrándose y la voz de Teresa explicándole a Ramiro qué plato no debía poner debajo de la jarra.

Aranda apartó los platos de Pilar y le acercó la silla para cuando volviera.

Migas apoyó la barbilla en el borde de la caja y cerró los ojos.

Clara dejó la taza sobre la mesa. El agua seguía corriendo dentro.

Por una vez, no tenía prisa por levantarse.