Capítulo 7 La despedida que no fue una salida #2
Aranda se levantó.
—Seguiremos comprobando los movimientos después de esa conversación.
Ella lo acompañó hasta la puerta. Se detuvieron en el vestíbulo. La salida a la calle quedaba enfrente; Berta reconocía ahora que no la había cruzado cuando se despidió.
* * *
Inés llamó a primera hora de la tarde. Pilar contestó. Clara estaba colocando las tazas limpias, y vio que su compañera se sentaba en el taburete antes de responder.
—Sí. Estoy aquí.
Escuchó un rato. Después preguntó si podía pasarle el teléfono a Clara. La voz de Inés llegó baja, distinta de la de sus últimas visitas.
—El inspector me ha contado lo que dijo la señora.
—He hablado con él.
Inés guardó silencio. Clara esperó. Desde una mesa, un cliente abrió una bolsa de papel y sacó el pan que había comprado fuera. Pilar fue a atenderlo.
—Berta —dijo Inés al fin.
Clara miró la ventana.
—Sí.
—Yo pensaba que alguien le había contado algo a Aurelio y él lo había creído.
Al otro lado se oyó un roce.
—Y ella estaba allí el otro día. Secando a mi lado.
Clara sostuvo el teléfono.
—Lo siento, Inés.
—Ya.
Inés respiró despacio.
—No sé qué voy a decirle a aquella señora si me llama. El inspector me ha dicho que quiere hablar conmigo.
—Puedes escucharla y decidir después —respondió Clara.
Inés tardó un instante en responder.
—Eso haré.
Luego pidió hablar otra vez con Pilar. Clara le devolvió el teléfono y siguió colocando las tazas. Las dejó boca abajo, alineadas junto a la cafetera. Necesitaba ocuparse de algo que no exigiera interpretar la intención de nadie. Pilar terminó la llamada unos minutos después.
—No he sabido qué decirle —murmuró.
Clara miró las tazas.
—Yo tampoco demasiado.
Pilar guardó el teléfono.
* * *
Berta entró en el café a última hora de la tarde. Había dos mesas ocupadas. Berta esperó a que Clara terminara de cobrar y se acercó a la barra. Esta vez no llevaba nada para dejar en el café.
—¿Podemos hablar un momento?
Pilar levantó la cabeza. Clara dejó el cambio dentro de la caja.
—Aquí.
Berta miró las mesas y después el pequeño espacio junto al extremo de la barra. Se quedó allí, con el bolso sujeto por la correa.
—Aranda ha vuelto a preguntarme por la salida.
Clara asintió. Berta pasó el pulgar por el borde de la correa.
—No me fui enseguida. Aurelio quería hablar conmigo.
Clara la escuchó. Era la versión que Berta acababa de dar a Aranda.
—Nosotras entramos aquí —respondió.
—Lo sé. Y yo volví al patio.
Pilar dejó la taza que tenía en la mano. Berta la miró.
—No pensé que hubiera que contar cada movimiento. Luego pasó lo de Aurelio y me dio miedo que pareciera otra cosa.
Darío también había hablado de miedo. Pero Berta no se había limitado a omitir una vuelta: había afirmado que se marchó después de despedirse.
—Cuando llamaste, dijiste que te habías despedido y te habías ido —dijo Clara.
Berta bajó la mirada.
—Me fui después.
Clara esperó. Pilar se apartó de la cafetera y Berta la siguió con los ojos.
—Discutimos. Ya se lo he contado al inspector. Aurelio quería que hablara con la señora por lo de Inés.
Berta apretó la correa del bolso.
—Él había hablado también. Había quitado su recomendación. Ahora parecía que todo tenía que explicarlo yo.
En la mesa de la ventana cayó una cucharilla sobre un platillo. Clara dejó hablar a Berta. Aurelio había respaldado la acusación; aquello seguía siendo cierto.
—Inés perdió el trabajo —dijo Pilar.
Berta la miró. Durante un momento no respondió.
—Lo sé.
Pilar apoyó las manos sobre la barra.
—Y trabajaste tú en esa casa.
Berta movió la cabeza ligeramente, pero no lo negó.
—La señora me lo ofreció.
Pilar iba a continuar, pero Clara puso una mano sobre la libreta entre ambas. Había clientes a pocos pasos y Aranda ya estaba tomando declaración a Berta. Berta respiró.
—Me enfadé con Aurelio. Me enfadé por cómo lo estaba planteando. Pero cuando me fui estaba vivo.
Clara sostuvo su mirada.
—Tienes que explicárselo a él.
—Se lo he explicado.
Berta se frotó la mejilla y dejó caer la mano. Clara esperó a que terminara.
—Solo quería que lo supierais por mí —añadió Berta.
Clara no respondió. Berta se despidió. Pilar respondió en voz baja. Clara la vio ir hacia la puerta de la calle. Esta vez la observó cruzarla.
* * *
Durante unos minutos, ninguna de las dos habló. Clara cobró a la mesa de la ventana. Pilar retiró las tazas de la otra y llevó la bandeja al fregadero. Cuando el café quedó vacío, apoyó las manos en la barra.
—Estaba aquí con Inés.
Clara asintió.
—Inés fregaba y Berta le pasaba platos. Yo no tenía ni idea.
—Luego le agradecí a Berta que ayudara —añadió Pilar.
Clara sabía adónde llevaba aquel repaso de los gestos amables.
—No conocíamos lo que había pasado.
Pilar respiró despacio. Clara cogió el teléfono y llamó a Aranda.
Le contó que Berta había pasado por el café y que había repetido la discusión seguida de una salida.
También le dijo qué preguntas habían hecho ellas y en qué punto habían detenido la conversación.
El inspector le pidió que anotara las frases que recordaba.
Clara lo hizo al terminar la llamada. Pilar se sentó junto a la ventana.
Migas saltó a la silla de al lado y apoyó una pata en el borde de su delantal. Ella le acarició la cabeza.
El gato cerró los ojos. Clara guardó las notas en el cajón.
Berta reconocía la vuelta al patio y la discusión.
Para lo que había hecho después, solo ofrecía una frase: Aurelio estaba vivo cuando se marchó.
Clara fue hasta la puerta interior. En el pasillo seguían las cajas y, más allá, la habitación donde había encontrado la fuente limpia.
Berta aún no había explicado quién terminó aquella recogida. Clara cerró la puerta del café.