El último en salir del Portal 7 Capítulo 7 La despedida que no fue una salida
75%

Capítulo 7 La despedida que no fue una salida

La despedida que no fue una salida

—Quiero revisar contigo lo del vestíbulo.

Clara dejó los platos en una mesa y se secó las manos.

Pilar se hizo cargo de la cafetera. El vestíbulo había recuperado su aspecto de siempre: la escalera, la salida a la calle y el pasillo del patio.

Junto al primer peldaño alguien había dejado una bolsa de compra para subirla después.

Durante la cena apenas habían tenido espacio para detenerse allí.

El inspector se detuvo cerca de la puerta del café.

—El primer día me dijiste que Berta os había dado las buenas noches aquí. También me dijiste que no la habías visto cruzar la puerta de la calle.

Clara asintió. Había expresado aquel límite desde el principio, pero le había costado incorporarlo a su recuerdo de la noche.

—Quiero fijar qué estabais haciendo cada una —continuó Aranda—. Desde que salisteis del patio.

Clara miró hacia el pasillo.

—Yo llevaba la panera. Pilar, una bandeja. Berta venía con nosotras. Tenía el bolso, la chaqueta y el delantal doblado.

—¿Dónde os detuvisteis?

Clara señaló un punto próximo a la puerta interior.

—Aquí. Teresa llamó a Pilar desde el patio.

Aranda abrió la libreta.

—¿Qué hizo Pilar?

—Entró conmigo para dejar la bandeja. Después volvió con los recipientes.

—¿Y tú?

Clara puso una mano sobre el picaporte.

—Abrí. Migas entró antes que yo. Dejé la panera en la barra.

Recordó el cesto contra el costado y a Berta ajustándose el bolso mientras ella y Pilar entraban. Había respondido a las buenas noches sin volverse hacia la calle.

—¿Miraste hacia la puerta de la calle? —preguntó Aranda.

—No.

Desde allí podía ver la salida con solo girarse. Aquella noche se había ocupado de Migas, de la puerta interior y de lo que llevaba entre las manos.

—Después entraste en el café.

—Sí.

—¿Permaneciste junto a la puerta?

—Fui a la barra.

El inspector anotó algo. Clara miró el pasillo del patio. Berta podía haber vuelto por allí mientras ella guardaba las cosas en la barra.

—Supuse que se marchaba.

Aranda anotó la frase.

* * *

Pilar explicó su parte después. Clara regresó a la barra mientras el inspector hablaba con ella. No oyó toda la conversación. Preparó cafés, cobró una tostada y buscó una servilleta que se había caído detrás de la caja. Al volver, Pilar tenía las manos metidas en los bolsillos del delantal.

—Yo tampoco la vi salir a la calle —dijo.

Clara siguió preparando el café mientras Pilar se lo explicaba al inspector.

—Entré aquí. Dejé la bandeja. Teresa volvió a llamarme y fui por los recipientes.

Pilar miró la puerta interior.

—Recuerdo haber pensado que Berta ya se había ido. Hasta me dio un poco de rabia que quedaran cosas por hacer.

Clara sintió una punzada de reconocimiento. Pilar se quitó las manos de los bolsillos.

—Aurelio había dicho que terminaba él, así que lo dejé.

Aranda le preguntó qué había llevado al café después de repartir el pisto.

Clara siguió atendiendo mientras Pilar contestaba.

Cuando terminaron, Aranda pidió hablar con doña Amparo.

Pilar fue a avisarla y él se quedó esperando junto a la escalera.

Migas apareció en la puerta del café y avanzó hacia el pasillo.

Clara lo cogió. Aranda le sostuvo la puerta para que pudiera volver a entrar con el gato.

* * *

Doña Amparo bajó con la rebeca bien abrochada y una bolsa vacía doblada bajo el brazo. Al ver a Aranda, la guardó en el bolso. Hablaron en el vestíbulo. Clara permaneció dentro del café, ocupada con la barra. Amparo entró después y eligió una mesa sin preguntar si estaba libre. Pilar le llevó agua.

—¿Quieres café?

—Sí. Pero déjame beber esto primero.

Clara se acercó cuando terminó de atender. Amparo se frotó las manos sobre las rodillas.

—He corregido una cosa.

—¿Lo de Berta? —preguntó Clara.

—Dije que la había visto irse. La vi despedirse en el patio. Luego subí a casa.

Clara se sentó enfrente. Amparo miró hacia la puerta interior.

—Recuerdo que llevaba la chaqueta y que estábamos hablando. Recuerdo lo que dije yo, que siempre ayuda. Pero no la acompañé hasta la calle.

Pilar dejó el café sobre la mesa.

—Nosotras tampoco.

Amparo tomó la taza que Pilar había dejado sobre la mesa.

—Pues hemos usado todos la misma palabra con demasiada facilidad.

Bebió un sorbo.

—También le he dicho que oí a Aurelio ofrecerse a terminar. Eso sí lo oí. No tengo que quitar de mi memoria lo que está bien puesto.

La observación hizo sonreír a Pilar. Amparo apoyó la taza.

—Y no estuve en la ventana después. Si alguien quiere saber quién cruzó la puerta a última hora, tendrá que buscar otra persona.

Clara conocía el gusto de Amparo por saber qué ocurría en el edificio y la facilidad con que los demás lo convertían en una vigilancia permanente.

—Se lo has explicado. Eso ayuda.

Amparo miró el bolso.

—Ahora me acuerdo de menos, pero creo que lo cuento mejor.

* * *

Aranda pidió a Clara que se sentara con él antes de marcharse. Eligieron la mesa del fondo. Pilar seguía en la barra y Amparo había vuelto a casa. El inspector dejó la libreta cerrada entre ambos.

—Hemos hablado con la antigua clienta de Inés.

Clara sintió que la conversación cambiaba de peso.

—¿La señora de la casa donde trabajaba?

—Sí. Ha explicado por qué dejó de llamarla y quién le habló del supuesto robo.

Clara esperó.

—Fue Berta.

Clara oyó el roce de una silla en el suelo. Berta había estado en el café preguntando si habían arreglado el trabajo de Inés. Había reconocido que ella había fregado más. Había hablado de lo difícil que resultaba conseguir que una familia confiara en ti.

—¿Se lo dijo a Aurelio? —preguntó Clara.

—Se lo dijo a la señora. Aurelio conoció la acusación y retiró la recomendación. Eso contribuyó a que la señora la creyera.

Clara miró la libreta.

—Inés le pidió que explicara qué dinero faltaba.

—La señora echaba en falta un sobre de efectivo. Berta conocía esa preocupación y aseguró que había visto a Inés guardárselo durante una visita. La señora admite que prefirió apartarla sin darle ocasión de responder.

Aranda hizo una pausa.

—Hace poco, al ordenar una carpeta de recibos, encontró el mismo sobre intacto. Lo había guardado ella. Inés no se lo había llevado.

Clara apoyó las manos sobre la mesa. El sobre había seguido entre los papeles de la señora mientras Inés buscaba cómo sustituir las dos mañanas de trabajo fijo.

—¿Aurelio lo sabía?

—Se lo comunicó unos días antes de la cena y le pidió que hablara con Inés.

Clara recordó lo que Inés le había contado: Aurelio había respondido que había que dejar pasar ciertas cosas y que él también la había ayudado mucho.

—Pero no lo hizo.

—No llegó a hacer esa corrección con ella.

Aranda abrió la libreta por otra página.

—Y Berta pasó a realizar ese trabajo después de que prescindieran de Inés.

Clara levantó la cabeza. Aquella información daba una forma concreta a la historia. Dos mañanas por semana. Una cantidad con la que se podía contar. El mismo lugar, ocupado por otra persona.

—¿La señora la contrató entonces?

—Sí.

Clara miró hacia la barra. Pilar había terminado de atender y estaba guardando unos platos.

No sabía lo que estaban hablando. Berta había dicho que dependían de que alguien las presentara como personas de confianza.

Había conseguido uno de esos trabajos después de convertir a Inés en alguien que ya no lo era.

—¿Ella reconoce haber contado la acusación? —preguntó Clara.

—Reconoce que habló con la señora y que aceptó después ese trabajo. Ahora dice que solo expresó una sospecha; la señora mantiene que lo contó como algo que había visto. Lo estamos contrastando.

Clara volvió a mirar la libreta. Aún estaban comprobando lo que Berta había dicho, pero la pérdida del trabajo y la persona que lo ocupó ya tenían una explicación.

* * *

Aranda le explicó los contactos recientes de Aurelio que guardaban relación con la conversación del postre. No le entregó mensajes ni el teléfono para que los examinara por su cuenta.

—Aurelio le pidió a Berta que aclarara lo de Inés con la antigua clienta. Quería que lo hiciera al día siguiente de la cena.

Clara recordó la palabra «luego».

—¿Lo había hablado con ella antes?

—Hay un mensaje reciente en el que le exige que dé esa explicación. También le dice que no piensa seguir respondiendo por lo que contó.

Clara se quedó mirando el borde de la mesa. Aurelio había retirado su recomendación. Ahora pretendía que Berta corrigiera la acusación que él había respaldado.

—Quería apartarse de lo que había hecho él —dijo.

Aranda no respondió de inmediato.

—Los contactos muestran que quería que Berta asumiera la explicación. Todavía tenemos que establecer qué se dijeron allí.

Clara no había oído aquella discusión. Darío solo había visto a los dos en la habitación de apoyo.

—Inés pensó que la llamada para la cena podía ser una manera de arreglarlo —murmuró.

—Nos lo ha explicado.

Clara miró la barra. Habían recibido a Inés como una ayuda que Aurelio había conseguido y a Berta como otra invitada dispuesta a colaborar. La cena había reunido a las dos sin que Pilar ni ella conocieran lo ocurrido. Aranda cerró la libreta.

—Berta ya reconoce que no salió inmediatamente después de despedirse.

Clara levantó la vista.

—¿Se quedó en el edificio?

—Dice que Aurelio quería hablar con ella y que regresó al patio.

Clara recordó el final de la llamada de Berta: «Yo me despedí y me fui». Ahora admitía una vuelta al patio.

—¿Qué cuenta de la conversación? —preguntó Clara.

—Que discutieron sobre lo de Inés. Que él le exigió dar explicaciones y que ella se enfadó. Después, según dice, se marchó y lo dejó vivo.

Clara sostuvo la mirada del inspector. Berta aceptaba su presencia posterior, pero aún decía haber salido antes de la muerte.

—¿Y el delantal?

—Darío mantiene que lo llevaba puesto. Ella se lo había llevado a casa y lo entregó al comienzo de la investigación.

Clara recordó la tela color arena en manos del agente.

—Seguimos esperando el análisis —añadió Aranda—. Tenemos que valorar los resultados junto con lo que sabemos de su uso aquella noche.