Capítulo 6 Quien volvió a por las sillas
Quien volvió a por las sillas
El destornillador no figuraba en ninguna lista. Teresa lo había comprobado dos veces antes de señalar el espacio entre las fuentes y los utensilios de cocina.
—También llevé uno.
Ramiro miró la hoja.
—No me lo dijiste.
—Porque lo llevaba en mi caja de cosas. No pensé que hubiera que apuntarlo.
Pilar estaba colocando tazas bajo la cafetera.
Clara dejó el paño junto al fregadero y se acercó.
La mañana había empezado con otra pregunta sobre las devoluciones.
Teresa aún recibía llamadas de quienes le habían prestado vajilla, y Ramiro distinguía en su lista lo que seguía en el patio de lo que había salido durante la cena. Aún no podían retirar las cajas.
—¿Para qué llevaste un destornillador? —preguntó Pilar.
Teresa se volvió hacia ella.
—Lo llevo con las cosas de servir. A veces se afloja el asa de una cesta, o hay una bisagra que se atasca. Si lo dejas en casa, alguien acaba pidiéndolo.
—Darío arregló una silla —dijo Clara.
Recordó que había apretado un tornillo durante la preparación. No se había fijado lo suficiente en la herramienta para identificarla ahora. Teresa asintió.
—Usó el mío. Me enteré después.
Ramiro levantó la vista.
—¿Te lo devolvió?
—Dice que sí. Que lo dejó con mis cosas antes de marcharse.
Teresa apoyó un dedo sobre la lista.
—Pero yo no lo tengo. Y la policía me ha preguntado por uno que estaba en la habitación de apoyo.
Clara miró hacia la puerta interior.
—¿Lo han encontrado allí?
—Me han pedido que lo describa. Plano y con mango rojo. Lo tengo desde hace años; creo que es el mío.
Ramiro cogió el bolígrafo.
—Lo añado.
Teresa retiró la mano del papel.
—También quiero saber por qué Darío dice que lo devolvió si lo dejó en una habitación de la que yo ya me había ido.
Clara se acercó.
—¿Qué te ha dicho exactamente?
—Que volvió a dejarlo con mis cosas. Esta mañana, cuando le pregunté.
Ramiro dejó de escribir. Clara miró a Teresa.
—¿Volvió?
* * *
Darío contestó desde la tienda. Clara oyó un ruido de metal al otro lado y, después, su voz.
—Dime.
—Teresa está aquí. Estamos aclarando lo del destornillador.
Hubo una pausa breve.
—Lo dejé en la encimera.
—Le has dicho que volviste a devolverlo —dijo Clara.
El ruido de metal cesó.
—Sí.
Clara esperó, pero Darío no siguió.
—¿Volviste desde dónde?
—Desde la tienda.
Pilar, que estaba al otro extremo de la barra, levantó la cabeza al oír la pregunta. Clara se apartó hacia la ventana.
—Pensaba que te habías llevado las sillas y te habías ido.
—Me llevé unas primero. Quedaban dos.
Su tono había cambiado. Ya no parecía estar resolviendo una consulta sobre una herramienta.
—Volví por ellas y para dejar el destornillador.
Clara miró a Teresa. Ella seguía junto a la lista, con el bolso colgado del brazo.
—¿Después de llevar las otras a la tienda?
—Sí.
—Eso tiene que saberlo Aranda —dijo Clara.
—Ya.
Darío respiró antes de continuar.
—Hay otra cosa.
Desde la barra, Pilar preguntó a un cliente si quería leche fría. Clara esperó con el teléfono contra la oreja.
—¿Puedes venir un momento? —dijo Darío—. No quiero explicarlo así.
Clara miró hacia Pilar. Ramiro seguía allí y Pilar podía atender el café unos minutos.
—Voy a avisar a Aranda de que volviste.
—Hazlo.
Darío tardó un instante antes de añadir:
—Y dile que vi a Aurelio.
Clara sintió que se le tensaban los dedos alrededor del teléfono.
—¿Cuando regresaste?
—Sí. Estaba con Berta.
* * *
Clara llamó al inspector antes de salir del café.
Le contó que Darío reconocía haber llevado seis sillas a la tienda y regresado por las dos restantes y para devolver una herramienta.
Decía haber visto juntos a Aurelio y Berta.
Aranda le pidió que no intentaran reconstruir la noche entre todos.
Hablaría con Darío y con Teresa por separado.
—Voy a verlo —dijo Clara—. Me ha pedido que me acerque.
—Hablaré con él enseguida. Si te cuenta algo antes, escúchalo sin sugerirle respuestas.
Clara guardó el teléfono. Teresa estaba sentada junto a Ramiro. Pilar había dejado de colocar tazas.
—Volvió por las dos últimas sillas —les dijo Clara—. Aranda va a hablar con él.
Teresa miró hacia la puerta.
—Yo lo esperé fuera.
Clara se detuvo.
—¿Cuando volvió a entrar?
—Sí. Luego fui con él hasta la tienda.
Pilar se apoyó en la barra. Ramiro cerró la carpeta sin hacer ninguna anotación. Clara miró a Teresa.
—Explícaselo al inspector cuando te llame.
Ella asintió. Teresa parecía haber dado por hecho que los demás conocían la vuelta de Darío. Clara cogió el bolso. Clara había entendido la recogida de las ocho sillas como el final de la estancia de Darío. Ahora él reconocía un regreso.
* * *
En la tienda había dos cajas abiertas sobre el mostrador y una hilera de escobas junto a la puerta. Las sillas negras estaban apiladas al fondo. Clara reconoció las sillas negras que habían usado en la cena. Darío cerró la puerta cuando ella entró y giró el cartel.
—Tengo que cerrar un rato de todas formas. Me ha llamado Aranda.
Clara permaneció junto al mostrador. Él apartó una caja de bombillas y dejó espacio para apoyar las manos.
—Primero me llevé seis —dijo—. Las dejé dentro de la tienda. Había gente todavía en el patio cuando empecé a sacarlas.
—¿Y las otras dos?
—Seguían junto a la pared. Las había apartado porque aún había cosas debajo de la mesa y no quería ponerme a mover todo.
Clara recordaba aquellas dos sillas junto a la pared antes de entrar en el café. Darío miró hacia el fondo de la tienda.
—Cuando llegué aquí, llevaba el destornillador en el bolsillo. Lo había cogido de las cosas de Teresa para apretar el tornillo. No se lo pedí.
Se pasó una mano por la frente.
—Pensé que lo devolvería enseguida. Luego se me quedó ahí.
—¿Y por eso volviste?
—Tenía que volver por las sillas. También quería dejarlo antes de que ella se marchara.
Clara escuchó sin interrumpir. Darío rodeó el mostrador y apoyó la espalda contra él.
—Me encontré a Teresa en la calle, cerca del portal. Le dije que iba por las dos que faltaban. Me esperó.
—¿Le dijiste lo de la herramienta?
Darío bajó la mirada.
—No. Me dio vergüenza decirle que lo había cogido sin permiso. Pensé que podía dejarlo entre sus cosas y contárselo después.
Darío soltó una breve risa sin alegría.
—Lo de después me ha salido bastante mal.
Clara miró hacia las sillas. La herramienta podía haberse resuelto con una disculpa; la vuelta al edificio ya era otra cosa.
—¿Qué viste cuando entraste? —preguntó.
Darío levantó la cabeza.
—Berta estaba en la habitación de apoyo. Aurelio también.
Clara sintió frío bajo la chaqueta.
—¿Los dos allí?
—Sí. La luz estaba encendida. Yo iba a dejar el destornillador en la encimera.
Darío hizo un gesto hacia un punto del mostrador, como si necesitara situar la entrada de aquella habitación.
—Berta estaba más cerca del fregadero. Aurelio, al otro lado. Tenía un vaso en la mano.
—¿Te vieron?
—Sí. Aurelio me preguntó si quedaban solo dos sillas. Le dije que sí.
Clara lo escuchó con atención. Darío había hablado con Aurelio; no estaba describiendo a alguien entrevisto desde el patio.
—Berta miró hacia la puerta —continuó Darío—. Yo dejé el destornillador y dije que venía por las últimas sillas. Después salí al patio.
Clara recordó a Berta en el vestíbulo, el bolso ajustado al hombro, el delantal doblado con la chaqueta. Darío añadió:
—Llevaba el delantal.
Clara levantó la vista.
—¿Berta?
—El claro. El que llevaba durante la preparación.
—¿Puesto?
Darío asintió.
—Sí.
Clara apoyó el bolso en el mostrador. Ella había visto aquel delantal doblado sobre el brazo de Berta al despedirse.
* * *
Darío miró la puerta de la tienda.
—Cuando me dijisteis que Aurelio había muerto, pensé en esa escena. Era lo último que yo había visto.
—¿Por qué no lo contaste?
Él volvió a mirarla. Esta vez no respondió enseguida.
—Me preguntaron por la recogida y dije que había llevado las sillas a la tienda. Lo conté todo seguido, sin explicar los viajes.
Clara mantuvo la mirada.
—No dijiste que habías regresado.
—Lo sé.
Darío se apartó del mostrador.
—Y después, cuando siguieron preguntando, ya había dejado fuera esa parte. Me preocupaba que pareciera que había entrado a llevarme cosas. Suena estúpido.
Clara recordaba lo que Inés había perdido cuando se instaló una sospecha en una casa. Podía entender el miedo de Darío, pero él había visto a Aurelio vivo y había callado.
—Aranda necesitaba saberlo.
Darío bajó la cabeza.
—Ya lo sé.
—Y que había otra persona con él.
—También.
Fue hasta una silla detrás del mostrador y se sentó. Clara permaneció de pie.
—Luego me preguntaron si había discutido con él —dijo Darío—. Tenía lo del dinero. Lo del destornillador. La vuelta. Todo me parecía una explicación para parecer sospechoso.
Se quedó mirando las manos.
—No pensé en lo que estaba quitando del relato. Pensé en cómo sonaría si lo ponía.
Un coche pasó por la calle. La tienda estaba a pocos minutos del Portal 7: Darío había dejado seis sillas, regresado por dos y encontrado a Berta con Aurelio. La sencillez del recorrido hacía más difícil aceptar que lo hubiera ocultado.
—Cuéntaselo así —dijo Clara.
Darío asintió. Sacó el teléfono y comprobó la hora.
—Tengo que ir ahora.
Se levantó, cogió las llaves y miró una vez más el montón de sillas.
—¿Crees que van a decir que pude confundirla?
—Tendrás que explicar cómo la viste —respondió Clara.
Darío apretó las llaves dentro de la mano.
—No la confundí. Habíamos estado toda la tarde allí. La vi de frente. Me miró cuando entré.
—Entonces cuenta eso.
Él cogió la chaqueta. Cuando salieron, cerró la tienda con cuidado y comprobó la puerta una segunda vez. Clara lo vio alejarse hacia su cita con Aranda.
* * *
Pilar estaba sirviendo cafés cuando Clara regresó. Esperó a que terminara y dejó el bolso detrás de la barra.
—Darío está con Aranda.
Pilar bajó la voz.
—¿Qué te ha dicho?
Clara le contó la vuelta y la escena en la habitación de apoyo. Procuró repetir las palabras de Darío, sin convertirlas en una visión propia. Pilar dejó de mover una taza.
—Pero Berta se había despedido.