Capítulo 5 La fuente del pisto
La fuente del pisto
Pilar había conseguido lavar el recipiente de las lentejas, secarlo y dejarlo preparado para Teresa. Lo que no había conseguido era ponerle la tapa. Clara la observó desde la cafetera.
—¿Es la suya?
—Teresa dijo que sí.
—La tapa.
Pilar dejó de presionar una esquina.
—Eso no lo especificó.
Había tres tapas sobre la barra: una demasiado pequeña, otra con una pestaña partida y una tercera que parecía encajar hasta que intentaban cerrar el lado opuesto. Clara cogió la que Pilar acababa de descartar, la giró y la colocó.
—No quiero hablar de esto —dijo Pilar.
Clara lo dejó junto a la bolsa que Teresa había olvidado en el café.
Ramiro la había guardado detrás de la barra con una etiqueta, aunque ninguna de las dos habría tenido dificultades para recordar de quién era.
La mañana transcurría con cierta calma. Dos clientes desayunaban junto a la ventana.
Migas ocupaba una silla bajo la reproducción de Marea baja en Valleverde y seguía con los ojos el movimiento de una sombra en el suelo.
El patio permanecía cerrado. Clara empezaba a acostumbrarse a pasar ante la puerta interior sin abrirla.
Cuando Teresa entró, Pilar alzó el recipiente con una satisfacción desproporcionada.
—Limpio, seco y cerrado.
—Estupendo. Me habría servido también abierto.
Lo guardó en la bolsa. Después miró a Pilar.
—A propósito de recipientes. ¿Los que sacamos para el pisto eran todos de Darío?
Pilar se quedó pensativa.
—Creo que sí.
—Él trajo unos, pero no sé si usamos solo esos. Cuando podamos devolver las cosas, habrá que distinguirlos.
Clara apartó una taza del borde de la barra.
—¿Los que estaban aquí?
—Los que Pilar fue a buscar —respondió Teresa.
Pilar se volvió hacia el armario bajo.
—Darío los había dejado en la barra. Los aparté porque estorbaban.
—Pues serían suyos.
Teresa acomodó el asa de la bolsa. Clara iba a volver a la cafetera cuando Pilar añadió:
—Tuve que venir dos veces. La primera me olvidé de llevármelos.
Teresa frunció el ceño.
—Yo te llamé dos veces. Viniste una.
Pilar levantó la mano, aceptando la corrección.
—Eso. Me llamaste, entré con Clara y dejé la bandeja. Luego me volviste a llamar y cogí los recipientes.
Clara recordó a Migas adelantándose para entrar. Berta estaba con ellas y llevaba el delantal doblado con la chaqueta sobre el brazo. Clara miró a Teresa.
—¿Todavía quedaba pisto cuando la llamaste?
Teresa dejó la bolsa sobre un taburete.
—Bastante.
* * *
Los dos clientes terminaron de desayunar mientras Pilar recordaba aquella llamada. Clara cobró, retiró los platos y volvió junto a ellas. Esperó a que Pilar continuara.
—Estábamos en el vestíbulo —dijo al fin—. Clara llevaba la panera y yo la bandeja. Berta nos dio las buenas noches.
Teresa escuchaba.
—Tú me llamaste desde el patio. Yo dije que ahora iba. Entré aquí para dejar las cosas y luego me llamaste otra vez.
—Porque necesitaba los recipientes —dijo Teresa—. No podía dejar el pisto en la fuente toda la noche.
Pilar asintió.
—Los cogí de la barra.
Clara recordó aquel gesto. Pilar había sacado dos recipientes de entre unas cosas que ella quería terminar de guardar y se había marchado al patio.
—¿Y lo repartisteis entonces?
—Sí —respondió Teresa.
Se acomodó en el taburete. Pilar permanecía de pie, con una mano apoyada en el respaldo.
—Yo iba llenándolos —continuó Teresa—. Pilar me sujetó uno, porque la mesa estaba llena y no encontraba un sitio cómodo para apoyarlo.
Pilar miró la barra.
—Me cayó salsa en el dedo.
Se frotó el pulgar con el índice, como si aún tuviera allí la mancha.
—Y me dijiste que no intentara poner la tapa hasta que limpiaras el borde.
Teresa hizo un pequeño gesto de aprobación.
—Si queda comida en el borde, no cierra bien.
Clara miró el recipiente de las lentejas dentro de la bolsa.
—¿Dónde estaba la fuente?
—En la mesa —dijo Teresa—. Donde la habíamos dejado para servir.
—¿La blanca con el borde verde?
—Esa.
Teresa la había llenado durante la preparación y Berta la había llevado al patio. Clara recordaba el rastro de salsa del borde. Lo había visto al pasar con la panera, después de que Berta anunciara que se marchaba. Clara apoyó ambas manos sobre la barra.
—La vi cuando vine hacia aquí.
Pilar la miró.
—¿La fuente?
—Todavía tenía comida. Pasé junto a la mesa. Berta venía hacia el vestíbulo con nosotras.
Teresa se quedó callada. Clara recuperó aquel momento: el borde verde, la salsa, la panera contra el costado y Teresa diciendo que primero había que repartir las sobras. Cuando entró en el café, la fuente aún no estaba vacía. Pilar apartó la mano del respaldo.
—Berta dijo que la habían lavado antes de irse.
—Con Inés —añadió Clara.
Teresa miró de una a otra.
—Esa fuente no estaba lavada. Yo saqué el pisto de ella.
Señaló hacia el patio, sin levantarse.
—Y cuando terminé la dejé para fregar.
Clara recordó la fuente limpia en el escurridor la mañana del hallazgo. Había pensado que Aurelio la había fregado, pero nadie la había visto hacerlo.
—¿La llevaste tú al fregadero? —preguntó.
Teresa pensó un momento.
—La aparté de la mesa. No te sabría asegurar si la dejé en la encimera o si Aurelio la cogió. Estaba llevando cosas.
—¿Lo viste lavarla?
—No.
Clara dejó aquella parte pendiente. Pilar se sentó al lado de Teresa.
—Pero estaba sucia cuando acabamos de repartir.
—Claro.
—Y eso fue después de que Berta nos diera las buenas noches.
Teresa miró a Pilar.
—Yo no vi cuándo se despidió en el vestíbulo. Te vi volver con los recipientes. Sé cuándo vacié la fuente porque estaba haciéndolo.
Clara comparó los recuerdos: ella había visto la fuente con comida; Pilar había vuelto con los recipientes; Teresa había repartido el pisto. La secuencia era compatible y ninguna necesitaba recordar lo que había hecho otra.
* * *
Teresa sacó el teléfono.
—Si hace falta, se lo explico al inspector.
—Se lo voy a decir ahora —respondió Clara.
Antes de llamar, anotó en una hoja lo que había visto ella: la fuente todavía con pisto al pasar hacia el café; Berta caminando con ellas; las buenas noches en el vestíbulo.
En otro espacio escribió que Pilar había regresado al patio con los recipientes.
Dejó a Teresa contar por sí misma la división de la comida.
—Yo sostuve un recipiente —dijo Pilar, inclinándose sobre la hoja.
—Cuéntaselo tú.
Pilar se enderezó. Clara marcó el número de Aranda.
Le explicó la contradicción. Berta decía haber lavado y secado la fuente con Inés antes de despedirse, pero el pisto se había repartido después.
Aranda le pidió que precisara qué había visto.
Clara leyó sus propias líneas y apartó el resto. El inspector escuchó hasta el final.
—Hablaré con Pilar y Teresa por separado —dijo.
—Están aquí.
—Me pondré en contacto con ellas. ¿Has hablado con Inés sobre esa fuente?
—Todavía no.
—Nos ha descrito parte de lo que fregó. Tengo que aclarar con ella ese objeto en concreto.
Clara miró hacia el patio.
—Berta lo repitió más de una vez. La del pisto.
—Lo tendremos en cuenta.
Después de colgar, Clara dejó el teléfono junto a la hoja. Teresa cogió la bolsa.
—Voy a seguir con lo que tenía que hacer. Que me llame cuando necesite.
Pilar la acompañó hasta la puerta. Clara permaneció detrás de la barra. A unos pasos de allí, Migas se había desperezado y olfateaba el taburete donde Teresa había apoyado la comida.
—Las lentejas se han ido —le dijo.
El gato perdió el interés. Clara miró sus anotaciones. La fuente no podía estar lavada mientras Teresa todavía servía pisto de ella.
* * *
La conversación con Inés tuvo lugar a primera hora de la tarde.
Fue ella quien llamó al café. Acababa de hablar con Aranda y quería saber si Pilar estaba.
Clara le pasó el teléfono. Mientras atendía a un cliente, oyó a Pilar acordar cuándo podría acercarse a recoger el sobre. Después le tendió el aparato.
—Quiere preguntarte una cosa.
Clara lo cogió.
—Dime.
La voz de Inés sonaba más firme que en su última visita.
—El inspector me ha preguntado por una fuente. La blanca donde servisteis el pisto.
—Sí.
—Yo no la fregué.
Clara apoyó la mano libre sobre la barra.
—¿Qué lavaste antes de irte?
—Vasos. Los platos de la tarta. Algunas cucharillas que iban trayendo con ellos. Antes había fregado cosas de la preparación.
Hizo una breve pausa.
—La fuente del pisto no vino al fregadero mientras yo estaba con lo de la sobremesa.
Clara miró la hoja donde había escrito sus recuerdos.
—¿Berta estuvo secando contigo?
—Un rato. Secó vasos y llevó unos platos. Eso sí.
Clara había visto a Berta secar vasos junto a Inés. Al oír después su versión, había extendido aquella colaboración a la fuente.
—¿Te acuerdas de alguna fuente grande?
—Durante la preparación hubo recipientes que quedaron libres. Los fui limpiando. Pero la del pisto estaba en el patio.
Inés respiró al otro lado.
—Al inspector se lo he dicho así. No quiero que parezca que estoy diciendo que Berta no ayudó.
—Ha quedado claro.
—Ayudó. La fuente no la lavamos juntas.
Clara miró de nuevo su hoja. Inés negaba una tarea concreta, sin negar la ayuda que sí había recibido.
—Gracias por explicarlo.
Inés guardó silencio unos segundos.
—¿Es importante?
—Aclara qué parte de la recogida quedaba pendiente cuando te fuiste —respondió Clara.
—Bueno. Lo de después yo no lo vi.
—Lo sé.
Inés le pidió que volviera a pasarle a Pilar. Clara lo hizo.
* * *
Ramiro entró cuando Pilar estaba guardando la libreta. Traía una carpeta y una bolsa con pan. Dejó ambas cosas sobre la barra, a prudente distancia.
—He hablado con Darío. Está pendiente de lo que le digan de las sillas.
Pilar cogió la bolsa.
—Gracias.
Ramiro vio las anotaciones de Clara.
—¿Otra lista?
—Un recuerdo.
Él no tocó la hoja. Clara le explicó que estaban aclarando cuándo se había vaciado la fuente del pisto. No añadió lo que imaginaba que podía significar. Ramiro escuchó. Ramiro miró hacia el vestíbulo.
—Vi las mesas despejadas y pensé que la recogida estaba terminando.
—Yo también —dijo Pilar.
Él abrió la carpeta.