El último en salir del Portal 7 Capítulo 4 Los favores mal repartidos #2
50%

Capítulo 4 Los favores mal repartidos #2

Pilar soltó una risa breve. Fue la primera que Clara le oyó aquella mañana.

Teresa colocó la hoja junto al recipiente.

Había preparado una relación de las cosas que había llevado, con los nombres y teléfonos de quienes le habían prestado vajilla.

Clara le indicó que la información debía llegar también a Aranda.

—Ya le he mandado lo que me pidió —respondió Teresa—. Esta copia es para Ramiro.

Se sentó a un extremo de la barra. Pilar repasó la hoja.

—Me sigue pareciendo increíble todo lo que trajiste.

—No cociné todo.

—El pisto, los pimientos, la tarta…

—La tarta era mía. Las tortillas las hicieron otras personas. Y el pan no lo amasé antes de venir.

Pilar sonrió otra vez, aunque esta vez con cierta vergüenza.

—Te presenté como si hubieras preparado la cena entera.

Teresa se acomodó en el taburete.

—Y yo no te corregí con demasiado entusiasmo.

Clara guardó el recipiente. Clara guardó el recipiente. Teresa había aceptado aquel elogio por toda la cena, pero ahora lo corregía sin dificultad. Después miró hacia la puerta interior.

—Pero tampoco era para que Aurelio preguntara si había comprado el pisto hecho.

Pilar dejó la hoja.

—Te sentó mal.

—Claro que me sentó mal. Llevaba toda la tarde cortando verduras y cocinando.

Teresa apoyó las manos en el regazo.

—No fue solo eso. Ya había tenido problemas con él por prometer mi trabajo.

Clara se volvió hacia ella.

—¿Qué prometió?

—Una comida para un cumpleaños. Dijo que yo me encargaba. Sin preguntarme si podía, ni cuánto cobraría. La persona me llamó agradeciéndomelo antes de que yo supiera de qué me estaba hablando.

—¿Y lo hiciste?

—Lo hice. Ya habían invitado a la gente y comprado parte de los ingredientes. Pero tuve que explicarles que mi trabajo también se pagaba.

Teresa se alisó la manga.

—Aurelio lo contó como si me hubiera conseguido un encargo estupendo. Y puede que lo fuera, si me hubiera dejado decidirlo.

Clara vio que Pilar miraba de nuevo la libreta.

—¿Hablasteis de eso durante la cena? —preguntó.

Teresa asintió.

—Le dije que no volviera a hablar en mi nombre.

—¿Después de lo del pisto?

—Sí. Él respondió que yo estaba muy susceptible.

Se quedó callada y luego añadió:

—Le dije también que, si le parecía tan sencillo, la próxima comida la preparara él.

Clara recordó la sonrisa de Aurelio mientras le pedía a Darío que no se pusiera así. La cordialidad del hombre obligaba a los demás a insistir hasta parecer desagradables.

—Se lo contaré al inspector —dijo Teresa—. Ayer me preguntó si habíamos discutido y respondí que nos habíamos cruzado unas palabras.

Teresa se quedó mirando a Clara.

—Discutimos, pero elegí contarlo como si no hubiera sido nada.

Pilar acercó el recipiente de lentejas.

—Esto lo vamos a devolver limpio.

Teresa levantó una ceja.

—Y cuando podáis. Ese sí es mío.

* * *

Por la tarde, el café tuvo un rato de movimiento que obligó a Clara a dejar de pensar en la cena.

Sirvió cafés, buscó una bebida que estaba detrás de otras seis y explicó a un cliente que la mesa junto a la ventana no estaba reservada: Migas se había dormido en una de las sillas.

El hombre miró al gato y eligió otra mesa.

Cuando se marchó, doña Amparo entró con el periódico bajo el brazo. Lo dejó cerrado.

—Hoy no tengo ganas de leerlo.

Pilar le preparó café. Amparo miró hacia el patio, aunque desde allí solo se veía la puerta interior.

—Anoche me acordé de Aurelio sujetándole una caja a Teresa antes de sentarnos a cenar. Era pesada.

Clara levantó la vista.

—¿La de los platos?

—Sí. Él estaba allí y la cogió. Luego lo oí contar que había conseguido toda la vajilla.

Pilar dejó la taza delante de ella. Amparo hizo un gesto con la mano.

—Las dos cosas pasaron. Por eso es tan incómodo hablar ahora de él.

Clara miró la puerta interior. Recordar aquel gesto de ayuda no le permitía olvidar lo que Inés acababa de contar. Berta llegó mientras Amparo tomaba el café. Traía un paquete de servilletas que había comprado para la cena y no había utilizado. Lo dejó en la barra.

—Me lo encontré esta mañana en casa.

Pilar miró el paquete.

—Podías quedártelo.

—Aquí lo gastaréis antes.

Clara lo guardó en un estante. Berta pidió agua. Se quedó de pie, mirando la libreta que Pilar había abierto junto a la caja.

—¿Has hablado con Inés?

—Esta mañana.

—¿Habéis aclarado lo del trabajo?

—Sí. Hemos acordado el importe y cómo se lo daremos.

Berta asintió.

—Aurelio decía las cosas de una forma que parecía que ya estaban acordadas.

Clara cerró el armario.

—Teresa nos ha contado algo parecido.

Berta dejó el vaso.

—Lo hacía bastante. También conmigo. Te llamaba para ver si podías acompañar a alguien y, cuando preguntabas qué necesitaban, ya había dicho que ibas a ir.

—¿Y aceptabas? —preguntó Pilar.

—A veces. Si es trabajo y puedes hacerlo, aceptas. Lo que molesta es que te presenten como si fueras una prolongación de su agenda.

Berta hablaba con una irritación que parecía anterior a la cena.

—Pero también encontraba trabajos. No voy a decir que todo lo que hizo fue malo.

—Darío nos ha dicho lo mismo —respondió Clara.

Berta recogió el vaso y bebió otro sorbo.

—Hay personas que trabajan en casas donde entraron porque él habló bien de ellas. Eso cuesta mucho conseguirlo por tu cuenta.

Doña Amparo la escuchaba sin intervenir.

—Entonces dependíais de que siguiera hablando bien —dijo Clara.

Berta tardó un instante en responder.

—Dependes de muchas cosas cuando trabajas así.

Miró hacia la calle.

—De que no cambien los horarios. De que no venga otra persona que cobre menos. De que alguien diga que eres de confianza.

Clara recordó las palabras de Inés: «Aurelio ya no podía responder por mí». Pilar ofreció café a Berta, pero ella lo rechazó y salió. Clara la vio alejarse por la acera. Conseguir trabajos a través de Aurelio también significaba depender de lo que dijera después.

* * *

Clara llamó a Aranda cuando quedó un hueco entre dos clientes. Le dijo que había hablado con Inés y que había recordado una conversación de la noche de la cena. El inspector estaba cerca y se pasó por el café un rato después. Pilar les dejó la mesa del fondo. Clara esperó a que se sentara.

—Aurelio le dijo algo a Berta durante el postre.

Aranda sacó la libreta.

—¿Qué le dijo?

—«Luego tenemos que hablar de Inés».

El inspector escribió la frase.

—¿Estabas cerca?

—Estaba recogiendo una servilleta junto a mi silla, cerca de la puerta de la habitación de apoyo. Los oí. Berta respondió: «Ahora no». Y él dijo: «Por eso he dicho luego».

Aranda levantó la vista.

—¿Escuchaste algo más?

—No.

—¿Sabes qué estaban haciendo?

Clara repasó la escena.

—Berta estaba en la entrada con un paño. Después volvió al fregadero. Aurelio se sentó.

El inspector anotó algo más. Clara apoyó las manos sobre la mesa.

—Esta mañana Inés nos ha contado lo de la recomendación que Aurelio retiró. Pensé en esa frase entonces.

—Nos está explicando esa situación.

—¿Habéis hablado con su antigua clienta?

—Estamos haciendo las comprobaciones.

Clara no insistió.

—Inés pensó que quizá Aurelio quería arreglarlo —añadió—. Por eso aceptó el trabajo de la cena.

Aranda la miró.

—¿Se lo dijo él?

—No. Fue lo que ella pensó.

—Bien. Lo distinguiremos.

Clara respiró despacio. Dejó que el inspector terminara de escribir antes de continuar.

—Darío me ha contado lo que le debía. Dice que ya os lo ha explicado. Teresa también ha hablado de una comida que Aurelio prometió en su nombre.

—Seguiremos hablando con ellos.

—Hasta ahora me parecían pequeños roces de la cena. No sabía lo que había detrás —dijo Clara.

El inspector cerró la libreta.

—Por eso hacemos más de una pregunta.

Clara miró hacia la barra. Pilar servía una tostada y apartaba un paquete de azúcar del borde del plato. El café había vuelto a funcionar, pero las conversaciones de aquella mañana le habían cambiado el sentido a muchas cosas.

—Aurelio podía conseguirte trabajo —dijo—. Y luego hacerte sentir que no tenías derecho a reclamar nada.

Aranda siguió su mirada.

—Eso nos ayuda a entender las relaciones. Todavía tenemos que establecer qué pasó después de la cena.

Clara asintió. Él abrió de nuevo la libreta por la página donde había escrito la frase.

—¿Recuerdas si Aurelio pidió hablar con alguien más?

Clara pensó en Darío, en las tazas, en Inés marchándose.

—A Darío le dijo que lo hablarían mañana. A Inés, que la llamaría. Pero a Berta le dijo «luego».

Aranda anotó aquella diferencia. Clara volvió a oír aquella palabra: «luego». Aurelio había anunciado una conversación para esa misma noche.

—Si recuerdas más palabras de esa conversación, llámame —dijo el inspector.

Se levantó y guardó la libreta. Clara lo acompañó a la puerta. Pilar preguntó si necesitaba llevarse alguna lista.

—Las tenemos —respondió Aranda.

* * *

Después de que Aranda se marchara, Pilar calentó las lentejas.

Comieron por turnos, detrás de la barra.

Clara descubrió que tenía hambre al probar la primera cucharada.

En la libreta nueva, Pilar había anotado el importe acordado con Inés.

No había subrayados. Clara terminó de comer y llevó su plato al fregadero del café.

Al abrir el grifo, Clara recordó la frase de Aurelio.

Aquella noche había oído tantas peticiones de agua, cucharas y recipientes que la conversación con Berta le había parecido una más.

Ahora sabía lo que Inés había perdido. Cerró el grifo y dejó el plato a escurrir.

Aurelio había querido hablar al acabar la cena; Berta había intentado aplazarlo.